Gil Pereg: empresas, dinero, pasaportes, misterio y fantasía

Preso y acusado por haber asesinado a su mamá y a su tía, su pasado y la documentación encontrada muestran datos llamativos. ¿Qué hacía con tantas empresas?

Por: Jorge Hirschbrand
Diario El Sol de Mendoza
jorgeh@elsol.com.ar
@Jorge_Hirsch

Nicolás Gil Pereg, Gilad Sarussi o Floda Reltih son la misma persona. En teoría, esas son sus tres identidades hasta ahora conocidas. La primera, con el nombre que se puso en Argentina cuando tramitó la ciudadanía. La segunda, la que aparecía en el pasaporte israelí con que entró al país el 15 de diciembre de 2007. La tercera, un anagrama de Adolf Hitler con que se hacía llamar cuando vivía en San Martín y con el cual tuvo una denuncia en contra por abuso sexual simple que quedó en la nada.

En la zona este lo conocían como vikingo. Se presentaba como ciudadano noruego y para ratificarlo mostraba un pasaporte de esa nacionalidad. Era raro. Siempre fue raro. Sus problemas con la higiene no son nuevos. Y era uno de los motivos por los cuales no pasaba desapercibido. El otro, su altura. Los casi dos metros trascienden en cualquier lado. Grandote y desaliñado. Ese combo lo hacía más que reconocible para todos.

Tenía un poder firmado por su mamá para hacer todo tipo de operaciones financieras en Mendoza. Administró unas canchas de pádel en San Martín, aprendió el negocio e intentó -sin suerte- armar un mega complejo deportivo en Guaymallén, en el terreno comprado en la calle Roca, frente al Cementerio. El mismo que se convertiría en la escena de los crímenes de su madre y de su tía.

Allí tuvo un par de desengaños. Primero, en el armado de la estructura del complejo. Era un estudioso del tema, conocía los secretos de la iluminación y de la importancia de contar con buenos materiales. Invirtió una importante suma de dinero. Todo en efectivo. Pero los planes se diluyeron por un pequeño detalle: jamás logró las autorizaciones municipales para abrirlo.

Pereg optó por incursionar en otro rubro. La venta de empresas. Encontró allí una opción más que rentable. Por eso, su nombre y el de su mamá se repiten más de veinte veces en el Boletín Oficial de Mendoza. El negocio, a simple vista, parece engorroso, aunque deja de serlo si se cuenta con un estudio contable especializado en el tema.

El israelí pagaba muy bien. Tan bien, que los titulares de esos estudios, incluso, prestaban su nombre para la constitución del directorio de esas firmas fantasma que nunca llegaron a tener operaciones concretas; al menos no con Pereg como titular.

La transacción es simple: armar formalmente una empresa no es un trámite sencillo; cuesta dinero y, sobre todo, tiempo. Si el mecanismo está aceitado, la burocracia se reduce sensiblemente. Constituir una empresa en la actualidad tiene un costo cercano en honorarios a los 20 mil pesos. Venderla cuatro meses más tarde puede implicar una ganancia del 400 por ciento. Y ahí está el chiste. Es una maniobra netamente especulativa. Alguien necesita una empresa para realizar sus actividades y otro tiene ese fondo de comercio disponible. Oferta y demanda.

Pereg aprendió a hacerlo y lo convirtió en una actividad lucrativa. Incluso así, su imagen nunca cambió. Le pedían por favor que se bañara, que mejorara su aspecto y su vestimenta. Era normal verlo por la calle en pleno invierno con remera y bermudas. En alguna ocasión se acercó a la Sociedad Israelita de Beneficencia a pedir comida. Y en su casa había un arsenal de pastillas de todos los colores.

No tenía, al parecer, problemas de dinero. Compraba armas, municiones, constituía empresas, cambiaba dólares y euros en las cuevas de la galería. La Dirección de Inteligencia Criminal había sido advertida de esta situación. Estaba claro que tenía cierta patología vinculada con su aspecto personal; que vivía en condiciones lindantes con la indigencia y que nadie entendía -aunque tampoco se lo investigó- cómo había obtenido la Cédula de Legítimo Usuario de armas de fuego. Nunca pensaron que se convertiría en el autor de uno de los hechos más macabros de los últimos tiempos; no solo por haber asesinado a su mamá y a su tía, sino por la posterior profanación de los cadáveres. Reclamo de dinero, deudas, pase de facturas, conflictos personales… El móvil del doble crimen ronda por ese lado, con una alta cuota de sadismo y perversidad.

Argentino, israelí, noruego y algo más. En los allanamientos en el domicilio de calle Roca secuestraron varios documentos; entre ellos, pasaportes de varios países. Lo que resta determinar es si eran originales o falsificados.

Este es uno de los puntos por los cuales Pereg ha despertado ciertas fantasías en los amantes de la ficción. El otro, tiene que ver más que nada con los prejuicios propios del desconocimiento. Es presentado como un ex militar o ex miembro de las Fuerzas de Israel. La realidad indica que sólo hizo el servicio militar obligatorio; algo que también ocurría en Argentina hasta la década del ‘90. Básicamente, la colimba. No más que eso.

Tampoco es un agente del recontraespionaje. A pesar de que afirman que posee un coeficiente intelectual por encima de la media y un título de ingeniero electromecánico que no ha sido acreditado, Pereg hizo todo mal a la hora de armar una estrategia para ocultar las muertes de su madre y de su tía.

Presentó la denuncia inicial por averiguación de paradero. Para los investigadores es lógico. Si desde Israel los familiares de Pirhya y Lily advertían sus ausencias, se convertiría en sospechoso automáticamente. De esta manera, ganó apenas unos días.

Después, torpeza extrema. Las cámaras de seguridad de la zona mostraron que su versión de los hechos era mentira. Las mujeres nunca pasaron por donde él había indicado. Su ropa tenía manchas de sangre de una de las víctimas y algunas bolsas de cemento en su casa también. Sus rastros estaban por todos lados. Bastante improvisado para un perfecto asesino.

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