Te saco la lengua (acerca del No). En defensa de los padres

Aún recuerdo la primera vez en que vi a mi hija “sacarle la lengua” a alguien. Tendría alrededor de los dos años, estábamos en el club Huergo observando un entrenamiento de básquet. Ella se había apoderado de una de las pelotas para jugar, hasta que uno de los jugadores la necesitó y se la sacó. La respuesta de la nena fue sacarle la lengua. Un gesto que interpreté como “sos malo, me das asco, no te quiero, te escupo”. Su  primer “no”.

Algo de este gesto atávico se nos representa cada vez que, como padres, tenemos que decirle “no” a nuestros hijos y entonces nos sentimos mal. ¿Cómo a ese hijo amado lo vamos a tratar así?

Ante sus caprichos nos enojamos pero a la vez nos sentimos malos por no tenerles paciencia. Puede que sin darnos cuenta de un modo consciente, recordemos los retos que recibimos de niños, aquel enojo y aquel dolor. Aquel sentimiento de injusticia que nos dejaba resentidos.

Puestos en el lugar que otrora ocuparan nuestros padres, no queremos ser como ellos y mucho menos que nuestros hijos nos recuerden  de aquel modo.  Los psicólogos y médicos nos hablan de la importancia de los límites, nos dicen que la familia no es una institución democrática y que nuestra función no es que nos quieran sino educar. Una parte nuestra (la más racional) está de acuerdo, mientras que otra desea consentirlos, evitarles todo sufrimiento, protegerlos de los dolores de la vida. Adentro nuestro luchan el niño que fuimos (el que deseaba que no lo reten y le den todos los permisos) y el adulto que somos. Dura batalla.

Una batalla que todo padre debe enfrentar para poder educar. Decirles que no, no es fácil, duele y es trabajoso. El trabajo es un proceso que implica poder perdonar a aquellos padres que nos retaron y castigaron, a veces injustamente y otras con razón. Tal vez con métodos equivocados o un rigor excesivo, como pudieron o supieron. No queremos repetir esos patrones y sin darnos cuenta nos vamos al otro extremo, el “dejar hacer”, ya la vida les enseñará cuando crezcan. Queremos que se sientan libres, que sean felices y disfruten de la infancia. Si del colegio nos llaman porque no estudia o tiene problemas de conducta, nos enfurecemos. ¿Qué saben las maestras?

Las maestras no saben, nuestros padres no supieron…¿quién enseña cómo educar a un hijo?

Los padres de hoy en día se sienten solos y asustados frente a una tarea difícil, en la que los llenan de recetas y críticas, de culpas por no poner límites y la solución que encuentran es “seguir la corriente” de lo que otros padres (tan desorientados como ellos), intentan hacer. “Si todos tienen celular cómo le voy a decir que no al mío?. Va a quedar marginado…

Mucho se habla de los derechos de los niños, de la línea telefónica  que pueden usar para quejarse de los castigos que les imponen los padres, etc. Los padres son los grandes censurados, desde la idea del autoritarismo. Por un lado les dicen que tienen que educar y poner límites. Por el otro les cuestionan hasta un chirlo. La sociedad los pone en la mira y pum!…dispara. De los derechos de los padres nadie habla.

Asisten a charlas educativas, (qué interesante, cuánta razón tienen¡), pero en “la cancha” están solos con sus inseguridades y sus miedos. Les sale un grito y se sienten culpables, y no digamos si fue un sacudón.

Crecí en una época en que ser padres era sencillo, nadie los iba a censurar por un bofetón bien puesto o cuatro gritos, la sociedad estaba de acuerdo con el método.  Esta realidad ha dado un giro de ciento ochenta grados, poniendo aquel estilo educativo en el microscopio y dejando a los padres desinstrumentados. Aquello, parece, estaba muy mal…y entonces?.

Es un tiempo de cambio y búsqueda de alternativas, tiempo en que los padres están desorientados y hacen lo que pueden.

Siéntanse con permiso para equivocarse.

Siéntanse con permiso para aportar ideas, para reunirse a reflexionar y compartir experiencias.

Siéntanse con permiso para no sentirse culpables.

Lic. Diana Ponce

M.P. 0040

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