La Asociación Vecinal que resurgió del barro

La Comisión de la Asociación Vecinal de barrio Juan XXIII, hace un año, no era más que vecinos que tal vez se habían cruzado alguna vez, pero no se reconocían ni se saludaban. El 29 de marzo de 2017, sobre todo lo que ocurrió desde el 6 de abril, marcó sus vidas para siempre.

De un barrio con todos los servicios, con la totalidad de sus calles prolijamente asfaltadas, pasó a ser escenario de catástrofe. Todavía resuenan en sus calles los gritos de aquella madrugada del 7 de abril, cuando muchos vecinos gritaban desde sus techos para ser rescatados desde sus casas inundadas.

Los ojos de todo el país se volvieron entonces sobre el Juan XXIII, uno de los barrios más afectados por el temporal histórico. Llegaron cámaras, reflectores, cronistas porteños que se metían en el barro en busca de historias de vida conmovedoras.

Llegó el Ejército, se formaron cuadrillas de jóvenes y de mayores para sacar agua y barro, llegaron los funcionarios con sus promesas. Pero ahí mismo, en medio del lodo, surgió un grupo de vecinos que empezaron a ayudarse, a reconocerse como parte de una comunidad seriamente dañada.

“Bastante parecido, pero sin el barro”

“Fue de un día para otro, nos pasó por encima”, recuerda Jimena Cores Oller, presidenta de la Asociación Vecinal desde el 6 de noviembre último. Un año atrás, ni pensaba estar en ese lugar, como tampoco lo imaginaban el vicepresidente Carlos Estevao, la secretaria Natalia Santiago, el prosecretario Adrián Vallejos, el tesorero Víctor Bonzano, o los vocales Erica Quinteros, Miguel Sánchez y Luis Mansilla o la comisión Revisora de Cuentas que integran Alejandro Macharashvili, Andrea Sánchez y Verónica González.

Incluso, Cores arriesga que si no fuera por la tormenta, “ni nos hubiésemos conocido, o no estaríamos haciendo lo que hacemos ahora, porque todos teníamos otra vida”. Sin embargo, llegó la lluvia, la más terrible de la que se tenga registro en esta zona y cada uno por su lado salió a hacer algo por sí mismo y por el otro.

Primero, fueron vecinos autoconvocados, después empezó a tomar forma la idea de armar una Comisión para la Vecinal que por aquellos días se encontraba cerrada. “En realidad, lo que queríamos era ayudar en la necesidad básica que había que resolver de manera urgente porque veíamos que mandaban donaciones de todos lados y acá había gente que no tenía nada, ni para comer, porque no llegaban las donaciones”, comenta la actual presidenta de la Vecinal.

En una casa cedida por una vecina –que se había evacuado-, se juntaban los sábados para repartir lavandina, agua, alimentos, ropa, todo lo que hacía falta. Así, se fueron formando vínculos que traspasaron la urgencia y se consolidaron y, un día, a alguien se le ocurrió pensar en transformar ese grupo de trabajo en una lista para la Vecinal.

Hoy, desde ese lugar, la dirigente comenta que el barrio Juan XXIII “se encuentra bastante parecido a hace un año, pero sin el barro”.

Ya no están las montañas en medio de la calle, pero algunas arterias siguen intransitables. “La obra de asfalto y las veredas que se rompieron deberían comenzar en estos días, pero la verdad es que todavía estamos esperando”, indica Cores.

“No servía de nada quedarse en el lugar de quejarse”

Más allá de lo colectivo, la presidenta de la Vecinal dice que “algunas familias recibieron ayuda, otras no, hay gente que está arreglando su casa, pero otros no quieren volver aunque sean propietarios e incluso si ya la arreglaron”.

Calcula que en cada cuadra hay dos y tres casas sin habitar: “a la noche te das cuenta porque no hay luz, no hay gente, no hay movimiento. Por un lado, por lo económico pero por otro lado, hay gente que no tiene ganas de volver a pasar por lo mismo, que cada vez que llueve se ponen nerviosos porque ven que pasó el tiempo y no se hicieron muchas cosas y seguimos casi igual”, comenta la entrevistada.

Sin embargo, rescata que, en medio del barro, hubo un grupo grande de gente que se comprometió a “hacer algo para mejorar un poco lo que pasaba” y que muchos otros pasaban con un termo con café, una comida calentita, o manos y palas para sacar barro.

Y ellos, que tomaron la posta de todo lo vivido y lo transformaron en el compromiso asumido en noviembre último: “ante la emergencia, nos dimos cuenta de lo que podíamos hacer, de lo que faltaba y pensamos que no servía de nada quedarse en el lugar de quejarse en la redes sociales y no participar”, concluye.

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