Patricio Fuleston, de cerca

Tal vez, el personaje popular con más reconocimiento en nuestra ciudad. Patricio Fuleston desnuda que la calle, la que transita los siete días de la semana, lo trata mal. Aún así, rescata la protección de una conocida familia de La Loma.

(Por Marcelo Melo) Todos los días, las calles comodorenses lo tienen como su protagonista principal. Sobre todo, la céntrica San Martín, merodear zona del puerto, esperar en las puertas de supermercados a alguien que contribuya a saciar necesidades. Y su infaltable vuelta diaria por La Loma de “Petrocity”, en los alrededores de la escuela de Dorrego y Alem. Muy cerca de la residencia de quienes considera “mi familia adoptiva, los Cambareri, ellos siempre me tienden una mano”.

Aún así y todo, Patricio Fuleston –para los comodorenses: “El Loco”- considera que la orfandad, la soledad, siempre se han transformado en temas centrales de la novela que es su vida, aunque siente la calidez de muchos que le dan bienvenida a sus ocurrencias. Algunos estoicos consideraban la locura como una condena, callejón sin salida de la demencia, sino como una forma de inocencia. Los que, según ellos, tenían la cabeza vacía, la tenían limpia como para que el pneuma (espíritu) entrara en ella y pudiera expresarse con toda libertad. La psiquiatría moderna, guiada por criterios empíricos, ha hecho parcialmente suyo aquel antiguo principio.

Lo curioso del fenómeno es que estas personas creen que cuanto más “naturales”, más auténticas y más sinceras. Añádase, incluso, que la espontaneidad puede ser un aspecto visible del bien, de ser alguien bueno, por no tener filtro alguno, con lo cual no importa el arrebato, sino la honestidad del mismo. Patricio actúa con sinceridad “in extremis”, como un ser auténtico. Si en un extremo lo protocolario aparenta rigidez y fingimiento, en el otro se encuentra la arrogancia de lo espontáneo como signo de naturalidad, aquí van a encontrar a este personaje que deambula sin parar en esta geografía. Cuanta más exhibición de lo propio, más autenticidad para este crooner que nos pone frente a un espejo.

“La gente me discrimina, porque soy ‘El loco’, el tarado de la ciudad, pero nadie sabe la memoria que tengo. Me atacan y no sé por qué. Se imaginan más de la cuenta, soy personaje de esta ciudad, la viví, me crié solo. Hasta Los Tres Pinos conozco, todo lo hice caminando. En las buenas estamos todos, en las malas no te quiere ni el loro” escupe al viento, sin que la desorientación le arrebate el destino.

¿Cómo se conforma tu familia?

Hoy, no tengo a nadie. Estoy con mi hermano Martín Eduardo Fuleston, que vive en planta baja, donde residimos hace más de 10 años, en Francia 822, en el pasaje céntrico. Y completa, mi hermano médico, Ramiro Luis Fuleston, que está casado, en familia, con Silvia, la hija del gremialista Jorge Triaca. Nunca tiene tiempo para mí, siempre está ocupado, está en quirófano, cesárea, jamás hay tiempo para mi, ni para mi cumpleaños que es el 14 de abril (nació en 1959), tengo 62 años, la calle es mi casa. Normalmente, me manejo solo todo el tiempo.

Comodoro ¿qué significa para ti?

Es una casa, son mis calles, si vamos a hablar de Comodoro, yo les pregunto que había en las calles, en los años 60, me conozco y recuerdo todo. Hoy, me sacás a caminar por la céntrica calle San Martín y recuerdo uno a uno los locales que fueron sucediéndose, desde esa época a esta actualidad. Nadie como yo, para reconstruir cada época de la San Martín, porque la vengo caminando cada día desde hace más de 40 años.

Hablanos de tus padres, que fueron reconocidos profesionales de la medicina que se practicó en esta ciudad…

Mis viejos vinieron en el año 1939, desde Buenos Aires, llegaron en la bodega de un barco. Era de madera. Mi vieja era instrumentista quirúrgica, y mi viejo fue ginecólogo. Nací en el hospital Alvear en el 1959, con todas camas de fierro y elástico. Al año siguiente nos fuimos a vivir a calle San Martín, entre España e Italia, me acuerdo que había un pelotero en la esquina. Mi viejo ya ejercía.

Describinos un día común en la vida de Patricio Fuleston…

Mirá, es toda una aventura, vivo de hacer changas, y pateo y pateo, todos los santos días. Camino cerca de 70 cuadras, siete kilómetros por día y me las rebusco, hago mandados, corto los yuyos de los patios, el trabajo, la changa que me ofrezcan, la agarro y nos ponemos de acuerdo en el cobro y listo. Simple. Pero hay muchos días que, pateo y pateo, no encuentro nadie que me dé una mano. Hay que bajarse del caballo, hoy hay que decirlo y quién mejor que yo, que a la calle la conozco como la palma de mi mano, en Comodoro escasea el trabajo, ese al que llamamos changa. Tiene sus épocas, las hay con mucho trabajo, las hay en que no sobra y como en la actualidad, que camino y camino y me cuesta mucho encontrar una mano tendida.


Hoy ¿cómo está la calle?, tu hábitat natural.

Yo vivo tranquilo, pero está muy dura, no hay movimiento, pero esto se viene acarreando, es una situación que se fue estancando poco a poco en los últimos años. Lo veo, porque pateo la calle y veo como abre y cierran negocios, todos los días. Y todo eso, son menos fuentes de trabajo. Veo que, en siete años más, si esto sigue así, Comodoro será como un pueblo fantasma. Todos los días veo como cae todo. Yo me sentí contenido hasta el ‘91, año en que falleció mi madre.

Pero otra historia viviste con tu padre, ¿no?

Mi viejo era un médico que nunca me dio bola, porque según él: yo quemaba el estatus, era el tarado/mogólico de la familia. Para él, fui, lo que comúnmente se llama una bosta. De todos modos, adoré a mis padres, aún estando separados, los adoré a ambos hasta que fallecieron. Más no pude quererlos, como dice en la Biblia, “honrarás a tu padre y madre…”.

Eras consciente de ese trato por parte de tu padre, pero no hizo mella en tu retribución de cariño hacia ellos…

Habrá cometido mil errores, como ser humano. En el día de mañana, si me caso y tengo hijos, seguramente repetiré muchos de esos errores. Ya está. Como médico, como profesional, fue excelente, un ginecólogo de primera. Podía atender a una piba de 18, a otra mujer de más de 50 años y no les cobraba la consulta. Sólo Dios sabe de qué vivió. No era más ni menos rico, éramos una familia de clase media.

Volvamos a tu hogar de pavimento…

Empecé a ‘callejear’ a los 10 años, el colectivo pasaba frente a casa, en Rawson casi Alem.

Un día en mi vida es buscar y buscar, caminar y caminar, todos los días salgo a patear desde mi rancho en calle Francia, a mí me gustaría que la sociedad, las autoridades, vean dónde y cómo vivo. Tienen una visión equivocada, hasta tienen un expediente mío, pero creen que soy bacán, que llevo una vida acomodada. Y ahí, en ese escrito tienen todo descrito, cómo la casa se me viene abajo. Todo el mundo me promete, llega la época de las elecciones y vuelan las promesas. Tienen fotografías, cómo están las paredes. Piensan que tengo un pasar que no tengo, se me vienen las paredes abajo.

Las changas están todas paradas, de todos modos, si me lo ofrecen, vaciar bateas es lo que no hago más, ya no cargo ni descargo, no puedo más, por la espalda. Lo que sí hago, es limpiar patios, arrancar yuyos, limpiar la mugre. Pero hoy, puedo decir que no hay trabajo, escasea. Y eso es muy grave, yo vivo en base a las changas. No le pido regalado nada a nadie. Trato de no molestar y que no me molesten. Vivo en un mundo que nadie conoce, que no tiene maldad, nadie imagina. Jamás me van a echar en cara que me robé algo, porque jamás lo hice. Si quiero algo, lo pido. Ojo, soy consciente que soy un personaje de la ciudad. Pero no tengo subsidio alguno, nada oficial, sí un ingreso que me dejó mi padre.

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