Luis Majul: “Alberto Fernández y Cristina Kirchner están por chocar de frente”

A pesar del feriado extra largo, en el Gobierno hay una suerte de estado de alerta. Fuentes cercanas al Presidente y la vice no descartan un choque frontal entre ambos, antes de las fiestas de fin de año.

Hace cincuenta días que no hablan cara a cara. Pero desde la semana pasada se la pasan enviándose mensajes “envenenados”. Gestos que preanuncian una guerra abierta. Ella susurra, puertas adentro, lo que otros dirigentes dicen en voz alta.

Desde el ideólogo de la dictadura en Venezuela, Diosdado Cabello, hasta el ministro de Desarrollo Social de la provincia, Andrés Larroque. Desde el exvicepresidente con condena firme, Amado Boudou, hasta la responsable del PAMI, Luana Volnovich. Ellos sugieren, palabra más, palabra menos, que Alberto es un tibio y un mentiroso. Que le prometió a Cristina garantizar su impunidad y su reivindicación pública. Que no está cumpliendo ni con una cosa ni con la otra.

También dice Cristina, siempre en voz baja: Que la gestión de Alberto es un desastre. Que se parece demasiado a la de Macri. Que no va a permitir que le carguen el costo del ajuste. Que tendría que delegar más.

Sus incondicionales ponen como ejemplo el video del megáfono: para responder al video del megáfono, los hombres leales al Presidente, dicen, también en voz baja, que Alberto se vio obligado a hacerlo después de que alguien mandó a cerrar las puertas de la Casa Rosada solo para que Cristina se sacara la foto al lado del cajón de Diego.

Los amigos de Alberto piden a los periodistas que mejor se detengan en el video del secretario de Derechos Humanos, Horacio Pietragalla, trepándose a las rejas que rodean la casa de gobierno, como si fuera un barra brava más. Y además dicen, para defender a Alberto, que en vez de ocuparse de si delega o no delega, Cristina tendría que ponerle un límite al ministro de Seguridad de la provincia, Sergio Berni.

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También, aportan imágenes para justificarlo. Son sorprendentes. Corresponden, de nuevo, al día del adiós a Diego. Fue otro gran papelón. Quienes debían llevar el cuerpo al cementerio se equivocaron de salida. Se produjeron serios incidentes. Todo estuvo a punto de convertirse en una tragedia. Había mil efectivos custodiando el féretro. Algunas personas se abalanzaron y casi las atropellan. Berni bajó de un helicóptero. Se lo puede ver tratando de ordenar el tránsito, como si fuera un policía especializado en la materia.

Es una postal tragicómica, igual que la del megáfono del Presidente. Sostienen, quienes conocen a Cristina, que ella está fuera de sí. Que la decisión de la sala de la Casación, dando por válidos los testimonios de los 31 arrepentidos en la causa de los Cuadernos, y el fallo unánime de la Corte, transformando en condena firme al castigo contra Boudou, es un ataque directo- y premeditado- contra la vicepresidenta.

Una jugada que no pudo haber sorprendido ni al Presidente ni a su ministra de Justicia, Marcela Losardo. Cristina quiere a Losardo fuera del Gabinete. No alcanzó que Alberto la mandara a decir que para él y para la ministra, lo de la Corte, también fue una sorpresa.

No alcanzaron los contradictorios tuits de Santiago Cafiero pidiendo primero que Mauricio Macri no presionara a la Corte y de inmediato presionando a la Corte después del fallo contra Boudou.

Durante la semana que pasó, algunos amigos de Alberto lo conminaron a sacarse de encima la mochila de Cristina. Por primera vez, el Presidente dijo que lo pensaría. También les dijo que había límites que no estaba dispuesto a cruzar.

Uno era la reivindicación pública de Boudou. ¿Cómo hacerlo, después de haber escrito, el 30 de mayo de 2014, en LA NACION, aquella recordada nota titulada “Game over”. Lo único que le faltó a Fernández fue usar, para Boudou, la palabra chorro. Y para Cristina, el término cómplice.

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Pero hay dos breves párrafos lapidarios: “Boudou ya no tiene coartadas. Los argentinos saben cuánto ha mentido en su alocada carrera por escapar de los hechos que se le atribuyen”; y “tratando de preservarlo, Cristina no dudó en involucrar al parlamento argentino en el más grave encubrimiento que se recuerda: la expropiación de Ciccone”.

Al jefe de Estado tampoco le cayó muy bien, más allá de sus declaraciones públicas, que Cristina le cambiara, en el transcurso de una mañana, la propuesta de ajuste de la fórmula jubilatoria que Guzmán ya le había anticipado al Fondo Monetario Internacional (FMI). Por eso, en vez de confrontarla, el jueves eligió, con escaso sentido de la oportunidad, adjudicarse un logro que sería refutado horas después por las estadísticas: el supuesto hambre cero. Esa misma noche, en Mirá, Agustín Salvia, director del Observatorio Social de la UCA, lo corrigió.

El Presidente dijo a sus cercanos que él no iba a terminar ni como Daniel Sciolini como Fernando De la Rúa. Y que, para él también, la paciencia tiene un límite. Pero muchos de esos amigos, después de un año de gobierno, ya no le creen.

El Presidente ya lo sabe: Cristina, a veces, no frena, antes de chocar de frente. Néstor sí. Él, en general, también. Parece que ella cuenta con eso. Lo que no espera Cristina, ni nadie, es que un día de estos, Alberto, hastiado como está, tampoco evite el choque frontal. Fuente: La Nación.

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