Fotos mentales/montaje temporal sobre desierto. El collage como reescritura. La reescritura como movimiento del texto.

Capa uno: Bohemia y Desierto del Sahara.

Capa uno bis: Acá El desierto es un Bagdad-café, las vieiras rojas aplastadas por la ruta uno, la nada es Bustamante playa un reino vegetal con parvas  de algas y matas… las cosechadoras de Millet en espejismo.

Pero adentro, un desierto más desierto más aún más sed más más más allá. El paso por dar. Un deseo por abrir. Las pirámides en medio de la nada/ las pirámides en medio de la ciudad.

Antes de tener medianera la casa, el desierto empezaba a los ocho metros… el relato de que más allá era el campo del abuelo… y  antes de antes  al desierto solo lo interrumpía el edificio del hogar escuela. Lo conocido y lo misterioso. Lo conquistable tachado con perdón de la palabra  y lo trascendente. Desiertos.

Capa geológica 1968: Sobre la costanera, Puchi Peña con la toca y el cuatro ele en la puerta baila beat desenfrenado mientras manguerea el auto.

Capa geológica 2009: A cinco cuadras de la costa, sobre “la” Islas Malvinas, una desconocida con el cuatro ele en la puerta y  el rulero de la toca baila beat desenfrenado  mientras manguerea el auto. Acá, las capas geológicas se descubren hacia los cerros. No en profundidad sino hacia el oeste.

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Capa dos: las bicis miden el territorio.

Subir a una bici en el medio de la nada y desde entonces ser dueños del horizonte, de lo utópico. Igual que ellos- que los otros cuarenta encuestados- se aprende así una manera de aprender, la libertad como conquista con un otro que da un empujón, que la presta, presta bici y presta saber, que pasa su sabiduría y la subjetividad de un mundo que se va desenrollando a cada vuelta de rueda.

Capa tres: hacerse del desierto.

A los diecisiete –cuando se abría el mundo posible- empezó el París Dakar a desparramar adrenalina y a desempolvar al árabe Ahmed Ben Hassan y repimpompearlo por ese Sahara salvaje tajante “El árabe la llevaba sujeta e inmóvil”. Cafrune cantaba “y cautivo uno se siente si tus ojos son ardiente replandor” Y en Casablanca siempre tendremos París.

Los lugares comunes duelen por acá. La seda salvaje hecha un trapo.

Capa cuatro: el avión utópico

Volaba por este desierto con el padre en un pipper o en un cessna, siempre más allá- en la nada había sido el campo del abuelo- la meseta mostraba lo que no tenía límite ni marcas, salvo las matas. Esas desde cerca son zampas, machos y hembras, tienen floraciones de distintos tonos ocres rosados o amarillentos. Y años después volaba al lado de Robert Redford en una avioneta descachangada por el desierto otra vez, África de ocres lejanos. Culpa y gracia del cine. 

Capa cinco: el París- Dakar se muda.

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Capa seis: la ruta a Bustamante se lotea.

Capa siete: el territorio se amontona, se pliega, nacen todos los precipicios. 

Todos tomamos las bicis el mismo día.

Y Andrés no sabe por qué le pregunto.

De cerca se pixela/ De lejos no se ve

Ahora Alberto Passolini presenta “El cautivo y La matadora” en la calle Corrientes.

Ahora  el París /Dakar  sale del Tigre, va por Madryn a La Rural.

Y yo – hecha de curvas- yo creo que doblé antes.

Y hubiera sido la foto final pero

leo en el comienzo de Elena sabe:

Una construcción de cemento no es sino un castillo de naipes. Basta que llegue la ráfaga precisa.

(Thomas Berhnard, Tinieblas)

Las fotos caen.

Majó Abeijón.

Periodista/ poeta/ Secretaria de Cultura Rada Tilly

 

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