Su apodo lo explica casi todo. En 1975 comenzó a estudiar las orcas siendo guardafauna de Punta Norte en Península Valdés. Fue pionero en casi todo lo que emprendió, naturalista, divulgador, apasionado por la naturaleza.

(Por Daniela Zamit) – Transcurría el último año del siglo XX cuando Juan Carlos López recibió el llamado de la Editorial Sudamericana, una de las más prestigiosas del país, para convocarlo a escribir un libro sobre su experiencia personal como guardafauna y pionero en la investigación de orcas en el sur del continente.

Nueve meses después, los 5000 ejemplares de “Orcas. Entre el mito y la realidad” llegaron a manos de los lectores. A través de sus relatos, pudimos conocer a Mel, Bernardo, Des y resto del grupo de orcas que habitan el área de Punta Norte en Península Valdés, Chubut. El aire de mar de la península llega en cada página llena de las aventuras propias de quien emprende un camino por primera vez.

Veinte años después de aquel libro y cuarentena mediante, Juan Carlos trabaja en una nueva edición, con datos actualizados y en formato digital para que sea  accesible a la mayor cantidad de personas posibles. El motor de sus historias es el mismo: un amor y respeto profundo hacia la naturaleza, una curiosidad y determinación inquebrantables.

Con poco más de 17 años llegó a Puerto Madryn solo pensando en bucear, pero el mar y su comunidad de animales y humanos se convirtió en su familia y su futuro. Su recorrido de vida es increíble. Fue uno de los primeros en identificar a todos los miembros de un grupo social de orcas a través de la forma de su aleta dorsal y sus manchas. Reconoció y describió por primera vez el método de varamiento intencional que utilizan para cazar, casi único en el mundo. Fue pionero en estudiar qué hacían las orcas, analizar sus lazos sociales y familiares; también el primero en bucear con ellas para un documental. Escribió el primer paper científico sobre esta especie en la Argentina  sin ser biólogo.

Hoy se cumplen 46 años desde que Juan Carlos se convirtió oficialmente en guardafauna auxiliar de esa extensión bellísima de península que ingresa al mar en forma de flecha. Se mudó a una pequeña casa con su esposa y su hija de apenas un año. Según sus cuentas lleva 28.600 horas mirando el mar buscando orcas. En la actualidad es guardaparque municipal del Área Progegida El Doradillo. Por más de una década fue el guardián de la naturaleza del lugar e intérprete entre ella y sus visitantes. Este trabajo cambió su vida, pero también la nuestra y, por suerte, la de las orcas.

-Uno de los objetivos de la primera edición de tu libro era destronar el mito de que las orcas son “ballenas asesinas”, 20 años después ¿pensás que el mito fue derribado?

-En lengua inglesa le siguen llamando “orca asesina” (Killer whale). Me duele mucho cuando hablan de animales asesinos. Sigo viendo en los documentales, por ejemplo cuando cuentan que un tigre va a cazar, y hablan de “el asesino” ¿por qué asesino? El animal mata por comida, por necesidad de comer, no por placer. Cuando en 1975 empecé a estudiar a las orcas se las consideraba la ballenas asesinas. Era tal el temor que se les tenía desde el gobierno que me pedían que no trabaje con orcas porque si yo divulgaba que había orcas la gente no iba a querer venir. Puerto Madryn es la capital nacional del buceo en la Argentina, yo era buzo profesional, entonces les decía que como buzo no me importa si hay tiburones u orcas, porque en definitiva uno entra al medio del animal, al agua, sin ser dueño del mar. Yo siempre pensé que si a mí un animal marino me mata, tiene todo el derecho de hacerlo.

-¿Cuándo comenzó a cambiar la visión de la orca como “ballena asesina”?

-Empecé a identificar a las orcas de manera individual para saber cuántas había, sino no podía identificar si la que pasaba era la misma que ya había contado o era otra. Tardé un poco más de tres meses en lograr el método de identificación que era a partir de las diferentes formas de la aleta dorsal y la montura-la mancha blanca o gris que tienen detrás de la aleta dorsal- y la mancha blanca que tienen por encima del ojo, que es la mancha postocular. En los animales, como en nosotros, no se repiten diseños por lo tanto, todos somos diferentes de alguna manera. Comencé a ponerles nombre y en 1975 hice el primer catálogo con las orcas más representativas.

Con las primeras orcas a las que fui poniéndoles nombre -Bernardo, Des, Mel-, fue cambiando la idea de la gente. Los guías de turismo inicialmente bajaban a la playa diciendo: “ahí están las orcas asesinas atacando lobos”. Pero después pasaron a decir: “ahí están Bernardo, Mel, Des, Blanca…”, comenzaron a llamarlas por el nombre y la gente quedaba sorprendida. Haberlas identificado integró a las orcas dentro de la ciudad de Puerto Madryn, ellas pasaron a ser parte. Que tuvieran un nombre hizo que cambiara mucho la mentalidad a punto tal que ahora venís a Madryn y lo principal para el turismo son las ballenas y las orcas.

-Contás una anécdota muy tierna sobre cómo tus hijas te avisaban en Punta Norte que estaban las orcas llamándolas por sus nombres.

-¡Sí! (risas) Ellas abrían la puerta de casa y decían: “¡papá, están Bernardo y Mel!”. La gente me preguntaba si tenía visitas y entonces yo les explicaba que eran los nombres de las orcas. Deben haber pensado “éste está loco, le hace mal la soledad”. Ellas seguían jugando, para ellas era normal. Era muy lindo eso.

-¿Cuántos individuos tenía ese primer catálogo y cuántas están hoy identificadas?

-El primer catálogo tuvo pocos individuos, unos 7 u 8. El total eran unas 18 orcas que se desplazaban en la zona, no más. Inclusive en la actualidad no hay más de esa cantidad, la población se mantuvo, si bien algunos individuos murieron o desaparecieron, otros nacieron. Lo importante es que la población se ha mantenido bastante estable en número y las poblaciones de las que se alimentan ellas aumentan constantemente. Esto demuestra que no es un animal que esté dañando a las poblaciones de las que se alimenta como se creía, por el contrario las poblaciones de lobos y elefantes se mantienen bien.

-Durante tus años de investigación mantuviste relación con científicos de todo el mundo, algunos considerados “estrellas” en sus áreas.

-El primero fue Roger Payne, que es uno de los más grandes investigadores del mundo en ballenas. Él  fue el primero que empezó a hacer los trabajos en ballenas francas en el gofo San José y como era un área que yo debía controlar como guardafauna, me hice muy amigo suyo al punto que él es el padrino de mi hija mayor. Roger fue el que me impulsó, él me dijo “vos tenés que empezar a registrar datos de las orcas, te gustan tanto”. Yo le decía que no era biólogo, que cómo me iba a poner a recolectar datos; él decía que eso no era importante, probablemente que en la Argentina lo fuera pero me explicaba que en Estados Unidos tenían grandes investigadores muy famosos que son naturalistas no biólogos, que tienen una enorme capacidad de trabajo entonces dirigen investigaciones.

Bernardo Würsig, fue otro de los investigadores. Él y su mujer (Melany) trabajaron dos años aquí estudiando delfines. Antes de llegar, Roger les habló de mí, cuando vino Bernardo empecé a ver cómo podía identificar a los animales. La relación con Michael Bigg fue interesante porque cuando se va Bernardo de la Argentina viaja a Noruega a un congreso internacional donde Bigg presenta su trabajo inédito de cómo identificaba las orcas y era lo mismo que yo estaba haciendo acá sin conocernos. Entonces Bernardo le cuenta sobre mi trabajo y este investigador se entusiasma tanto que, sin conocerme, me envía el manuscrito de su trabajo que todavía no estaba publicado por correo para que lo vea.

-Una de las historias más emocionantes que contás a menudo es cómo llegaste en 1979 a participar de la Tercera Conferencia Bienal sobre Biología de Mamíferos Marinos.

-¡Fui temblando! (risas) porque pensaba… ¿cómo viajo? Te imaginás que con un sueldo de guardafaunas yo no podía llegar ni a Chascomús. El resultado fue que desde una sociedad de Estados Unidos me envían los pasajes, yo les pregunté si les parecía conveniente que viajara y ellos directamente me enviaron los pasajes de avión, así que fui. Me llevé la gran sorpresa cuando Bernardo leyó mi trabajo en inglés al congreso de más de 180 investigadores de todo el mundo entre los que se encontraba Michael Bigg, el monstruo sagrado de orcas de Canadá, y John Ford, quien había identificado los dialectos de cada grupo de orcas.

La sorpresa fue que con la charla se revolucionó el salón. Yo mostraba cómo realizaban los varamientos las orcas de Punta Norte y cómo las madres les enseñaban a los cachorros, para mí era normal. Ellos me dijeron que jamás habían visto esto y me pidieron que publique un trabajo científico. Volvimos a lo mismo, que yo no soy biólogo, que cómo voy a publicar un trabajo científico… Finalmente ése fue el primer trabajo científico que muestra el  varamiento de las orcas a nivel mundial y es el primero de  los 6 ó 7 trabajos sobre orcas que hay en la Argentina y el primer trabajo en Sudamérica. Abrí el camino para la investigación de orcas con el catálogo y estas investigaciones, desde ese momento quedamos en contacto con todos los investigadores. No existía la tecnología actual así que todo era por carta, por correspondencia; era escribir y esperar que llegue.

En ese congreso conocí personalmente a Michael Bigg. Yo le decía que había tardado tres meses buscando un método de identificación que ya existía, que si lo hubiera conocido podría haberlas identificado antes. Michael me dijo: “vos certificás lo que yo hice, y yo certifico lo tuyo; a partir de ahora este es el único método de identificación de orcas a nivel mundial”, y así fue.

-También te dedicaste a la tarea de divulgación por muchos años.

-Para mí fue una lucha de algunos años en los que la Embajada de Canadá me ayudó mucho. Ellos tienen un sector de películas, así que que me contacté para poder difundirlas; ofrecieron enviarme los documentales que tenían e incluso traducirlos al castellano. En el cine de Madryn, que siempre me ofrecieron su capacidad para lo que quisiera, empezamos a proyectar las películas. Así comencé a dar charlas, conferencias y cursos hasta que dejé de ser guardafauna. Por supuesto que en la reserva hablábamos con toda la gente que ingresaba. En especial si había orcas juntábamos a la gente para explicarles lo que estaba pasando y porqué las orcas eran importantes. Si una persona se convence de lo que estás diciendo lo va a transmitir a 5 ó 10 personas más y así hacés una cadena.

-Cuando comenzaste a estudiar orcas dijiste que la información sobre ellas era como un rompecabezas al que le faltaban muchas piezas ¿qué sentís cuando mirás hacia atrás y ves todas las piezas que ayudaste a encontrar y ubicar?

-Siento un placer enorme, para mí es un honor, no por ego personal, sino por haber hecho un camino y haber quitado por lo menos en la Argentina esa fama que lamentablemente la mantienen los acuarios cuando presentan el show de la “ballena asesina”. Los acuarios me odian a nivel mundial, yo lucho contra ellos constantemente, pero me parece fantástico el hecho de que haya cambiado todo. Ver los colectivos de turismo que tienen fotos de lobos y orcas. Ése es mi placer, haber cambiado esa mentalidad. Eso es lo que en definitiva logré con años de trabajo y también con los alumnos del Club de Ciencia municipal donde trabajé 18 años cuando dejé Punta Norte y me mudé a Madryn. Muchos de esos nenes de 8 ó 12 años son biólogos hoy y dos de mis ex alumnas son profesoras del club. Es es para mí otro placer: yo les conté cosas que los entusiasmaron y ellos ahora cuentan cosas a sus alumnos, eso es lindísimo.

El placer enorme que tengo no es por el hecho de ser el primero, eso cualquiera lo puede hacer. Cuando empecé a estudiar orcas en la Argentina no había nada. Yo quería que fuera mi propia mente la que determinara qué estaba pasando. Lo primero que leí no fue sobre orcas, fue un trabajo de George Schaller sobre gorilas, que fue quien manejó el tema de Dian Fossey (cuya vida retrata la película Gorilas en la niebla). Lo que yo hablaba sobre orcas era lo que yo pensaba sobre las orcas.

-Decís siempre que las orcas te encontraron a vos y no vos a ellas.

-Cuando vi por primera vez orcas, se aparecieron esas 7 u 8, me quedé paralizado. Ahora veo las caras de emoción de la gente cuando ve orcas, me dedico a eso desde que entraron a casa a robar y se llevaron mis equipos de fotografía; entonces decidí no comprar nada más y mirar las caras de las personas cómo cambian completamente cuando ven una orca. Y cuando los veo, veo mi cara cuando vi orcas por primera vez. Me quedé paralizado pensando ¡qué es eso!

Juan Carlos se despide,  envía un “abrazorca”; es que él es Orcaman.

Comentar
- Publicidad -