Volver a girar la rueda en el pueblo del molino

Volver a girar la rueda en el pueblo del molino

Nunca dejaron de producir harina, pero ahora el Museo del Molino Nant Fach ubicado a 22 kilómetros de Trevelin, proyecta aumentar su producción. Asolados por la escasez de turistas como consecuencia de la pandemia, Mervyn Evans busca un escape a la crisis y renueva sus esperanzas de futuro en una tarea llena de historia. El objetivo es campear la tormenta para retomar la actividad turística cuando sea posible.

(Por Por Marcelo Melo) – Desde Trevelin nos llega la historia del emprendimiento turístico Molino Nant Fach, que teje relatos de la inmigración galesa en la provincia, la producción harinera y el desarrollo turístico. A falta de viajes reales, emprendemos uno imaginario en un recorrido de homenaje a las raíces y transformación de cara al futuro; nos adentramos en la historia del emprendimiento de Mervyn Evans. Su familia arraiga en la cultura de los inmigrantes galeses que arribaron a las costas chubutenses a fines del siglo XIX en el famoso barco Vesta, en el que se cargó lo que años después constituiría el Ferrocarril Central Chubut, la línea Puerto Madryn/Trelew.

Instalado en Trevelin, que en galés significa “pueblo del molino”, en el kilómetro 56 la Ruta 259, Mervyn está al frente de una factoría turística: el emprendimiento que descendió del molino harinero que fundó su bisabuelo, el pionero en estas tierras Thomas Dalar Evans pero, que además, es un museo con todas las pertenencias que se conservan desde aquella época primigenia.

Muy cerca del límite con Chile, el Molino Nant Fach da vueltas y vueltas. Muchas más que en el pasado reciente porque desde que se desató la pandemia y el virus circula entre nosotros, dejó de ser una atracción de visitantes, para retomar su rol original. El Covid-19 golpeó y modificó la vida de todos y uno de los sectores productivos más castigados es, sin lugar a duda, el turismo.

A 26 kilómetros de Esquel, la bella Trevelin, es un verdadero paraíso terrenal enclavado en la cordillera chubutense. Los turistas permanecerán en gateras por el momento, esperando transitar la zona en la que se encuentra el molino, conocida popularmente como Ruta Galesa, cercana a las bellezas naturales de las áreas naturales protegidas de Nant y Fall, y del Lago Baggilt. A las que suman atractivo los viñedos, con muy buena producción vitivinícola y una estación de piscicultura donde se crían las apetecibles truchas.

Mervyn Evans cuenta que debió trabajar muy duro para poner en forma el molino como los que en el pasado rompían los granos de uno de los trigos de mayor calidad del mundo, ganador de múltiples premios. Una historia productiva que quedó plasmada incluso en el escudo provincial. Con su noria impulsada por aguas cristalinas que bajan de la cordillera, este emblema de la cultura galesa fue construido de manera artesanal. Hoy, esas piezas denominadas muelas ya no son de madera, sino que fueron reemplazadas por otras de metal debido a su deterioro. En el exterior antiguos tractores -de los primeros en rodar en estas tierras-, pianos, cocinas a leñas y su consiguiente mobiliario, traen al presente al bisabuelo Thomas Dalar Evans.

Volver a girar la rueda en el pueblo del molino

En tiempos prepandemia la visita guiada al espacio tenía una duración de una hora en la Mervyn oficiaba de anfitrión, desgranando la historia de su familia y del cultivo de cereal clave del emprendimiento.

-¿Cómo afectó la pandemia a la empresa?

-Desde marzo no hemos tenido ingreso de turistas. Había ahorrado unos pesos para las vacaciones y ya les dije adiós a las mismas. Analizando las herramientas que me quedaban, compré trigo y empecé a moler nuevamente con mayor intensidad. Tengo una amiga, que eventualmente estuvo en mis pagos y me ayudó con la atención del molino. Hemos estado sobreviviendo con la venta de harinas. No más que eso.

Tuvimos una marcha en Esquel (por el 2 de septiembre), por el tema de la falta de ejercicio a nivel nacional y a tener reglas claras con respecto a cómo va a ser el panorama para el turismo de aquí al verano. Charlando con un prestador que tiene dos residenciales con 100 camas, me contó que están tan afectados que ya debe 600.000 pesos, entre luz y gas, sin poder pagarlos.

Y bueno, esa es la realidad de un hotelero, pero estamos todos en el mismo contexto, estamos en bancarrota. Hay que imaginar que esta persona no puede apagar la calefacción porque cae una helada y le rompe las cañerías; tiene gente a cargo, sueldos que no esperan, un desastre total. Mi pregunta al mismo tiempo es ¿de dónde va a recaudar el Estado, para pagar al sector público, si todos los privados van a estar fundidos?

-¿Cómo era la situación pre-Covid19?

-Siempre el tema fue turístico. La producción de harinas era un mínimo total. Ahora nos volcamos totalmente a ella, porque no existe el turismo, nadie circula con ese afán.

-Ponete en el lugar de alguien que ni imagina la zona, que la desconoce totalmente. ¿Cómo describirías el entorno?

-El visitante llega a un valle totalmente verde, rodeado de altas montañas, con sus cumbres nevadas. Ahí se lo recibe. Se lo hace ingresar, previo paso por un puente y llegamos al molino donde lo recibimos y damos la bienvenida. Preguntamos de dónde llegan ya que llevamos una estadística sobre las procedencias de los turistas. Yo empiezo diciéndoles: “bienvenidos a la historia no oficial, la que no cuentan y ustedes no conocen”.

Les relato sobre los surgimientos de los molinos, con las llegadas de los galeses, su auge y declinación posterior como industria, el colapso total de la misma y cese de funcionamiento de todo este montaje familiar de la zona. Hay mucha historia para relatar. Aquí coexisten dos atractivos muy fuertes: por un lado, el molino, y por el otro, el museo de colonos galeses.

Al museo le puse el nombre en memoria de mi abuelo:Thomas Dalar Evans, que hoy es un galpón en construcción. Está en una primera etapa de tres. Es un lugar cubierto de 600 metros cuadrados con seis edificios dentro, de los que funcionan dos.

-¿Cómo imaginás el desenlace de la pandemia?, ¿volvemos a la “normalidad”?

-Primero no voy a aceptar la vacuna bajo ninguna medida, sabiendo quiénes la hacen y los peligros que ella encierra. Acá, en Trevelin, tenemos la suerte de tener un joven con mucha iniciativa y voluntad en la Dirección de Turismo, Juan Manuel Peralta, el de Esquel renunció hace unos días. Él tiene mucha voluntad, pero el tema es que no acompañan ni gobierno provincial ni Nación. Está moviendo muchas alternativas para ver por dónde se zafa, pero está muy dificultoso el tema.

Les cuento que el año pasado en mi espacio se realizó el único acto cívico en memoria a los 44 mártires del Ara San Juan. Tomaron parte instituciones, la escuela rural de Los Cipreses, banderas de ceremonias, vino un muchacho del regimiento que tocó la trompeta, se cantó el Himno Nacional. Un acto muy solemne, quedó un afiche y una placa con todos los participantes.

-La harina que se fabricaba a gran escala –y hoy han vuelto a producir- fue considerada la mejor del país…

-Sí, por la calidad del trigo. En Chubut, cuando los galeses lograron la primera cosecha, se contrató un barco -el Irene- que llevó la carga al puerto de Buenos Aires y se vendió enseguida, dada su calidad ya a la vista, y así fue sucesivamente. En la exposición de París de 1889, Centenario de la Revolución, debutaba la electricidad, la Argentina tenía un pabellón impresionante y el trigo de Chubut sacó el primer premio.

Luego en 1893 y 1918 gana premios en Chicago (Estados Unidos), como el mejor y allí se cotizaba a nivel mundial, así que imaginen la calidad que teníamos. ¿Y porque se daba esto? Chubut tiene una condición muy importante, que no se da en el resto del país. Eso me lo afirmó el ingeniero agrónomo Hugo Chidichimo, especialista en este cereal, es master en este cultivo. El trigo es originario de zonas frías, como la meseta asiática. Ucrania es uno de los lugares donde tiene mayor importancia, por eso su bandera representa el cielo y el trigo, una de las praderas más grandes.

-¿Cuáles fueron los motivos de la decadencia de la producción?

-En la Argentina, solo los escudos provinciales de Chubut y La Pampa tienen una espiga de trigo, que están en honor a esos tres primeros premios internacionales. La decadencia de los molinos comenzó con el tendido del ferrocarril desde el Norte que fue acercando las harinas de los monopolios Molinos Río de la Plata y Bunge y Born, entre otros, que fueron haciendo mella en nuestros emprendimientos.

Cuando el tren llegó a Esquel en 1945, Bunge compra el Molino Weber y lo trabajan con trigo de provincia de Buenos Aires, hicieron mella económicamente en los productores locales del cereal. Y dos años después: toman la decisión de cerrar sus molinos, vaciarlos y dejarlos como un depósito hasta el fin del mandato de Menem. Recordemos que le bancaron la campaña electoral y le pusieron un ministro de Economía, (Néstor Mario) Rapanelli, quien estuvo en el molino de Esquel, que ellos habían comprado. La esposa de éste, incluso, trabajó como maestra en una escuela de Esquel.

En un momento me visitó un jubilado, que me escuchó relatar la historia a los visitantes y les dijo “todo lo que está diciendo es verdad”. Al instante surgió quién era y resultó ser Armando Lucio Damiani, el gerente que mandó Bunge y Born a Esquel a hacerse cargo del molino que le compraron a Weber, relató: “trabajé y me tocó sacarles las máquinas y enviarlas a Buenos Aires por ferrocarril, reemplacé a Rapanelli”.

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La historia familiar en primera persona

Mi bisabuelo Tomas vino desde Gales en el segundo barco que trajo inmigrantes desde allí, el vapor Vesta. Llegó un 28 de julio, como el famoso Mimosa, pero 20 años después: en 1867, con otros 300 compatriotas y un ferrocarril para ser armado. El que después constituiría la línea Puerto Madryn/Trelew, el Ferrocarril Central Chubut.

Él era uno de los tantos galeses solteros, que arribó en esa embarcación y se desempeñó como director de coros en el valle inferior del Río Chubut, fue maestro de escuela y se integró a la comisión de los canales de riego. Más allá de eso, también ejerció como diácono de la Iglesia Metodista en la zona, hoy conocida como 28 de Julio.

Por otro lado, otra familia de inmigrantes galeses que vivía en el sur de Brasil, en Dos Patos, los Williams, decidió venir a asentarse en esta misma zona. Con ella llegaría Esther Williams, que luego se transformaría en mi bisabuela. Tuvieron muchos hijos y en 1894 decidieron venir a vivir a esta zona de los Andes. Los recibió un amigo, Percy Wharton, quien les prestó una cabaña, en el pie de la cordillera. En el libro de Eliner Morgan, “Hacia los Andes”, dice que llega a la casa de mis bisabuelos y que los hijos cantan en coros, y le extraña la presencia de un arpa.

Años después, Percy vende el campo y mi bisabuelo se afinca en el lote 106, que sería una cabaña de troncos, la cual -por un derrame de grasa- se prende fuego en 1914. Perdieron todas sus pertenencias, su esposa ya había fallecido a causa de la difteria en el Valle Inferior, cuestión que mi abuelo se enteró un mes después, que es lo que se demoraba en venir a caballo desde esa zona. Luego, en 1902, vuelve a ocurrir otra tragedia: Madryn, el hijo más pequeño fue devorado por un puma, cerca de la casa, con ocho años de edad.

Ese lugar, que mi abuelo denominó Lugar de Claridad, reflejaba lo que era su propia vida. Estaba a 300 metros de donde hoy nosotros vivimos, si bien la casa se encuentra algo abandonada, no deja de ser un santuario familiar. Las veces que voy a caminar por ahí, siento las presencias de sus almas. Yo tengo personalmente un tema para resolver, no sé si es por un cuento familiar u otro tema, soy perseguido por un puma, acosado por la fiera.

En el museo que dirijo y he armado, hay una fotografía de este niño, relatando su historia, breve, su trágica muerte. Mi bisabuelo pudo abatir a la puma. Mató una oveja, la envenenó y unos dos días después, este animal salvaje la consumió. Encontró muerta a la fiera. La abrieron y se encontraron con los pelitos rubios de la cabeza del niñito. Os relato una historia terrible, pero cargo con ello sobre mi espalda.

En general, su historia se mueve en base al eje de la producción triguera y los molinos, empezaron como pequeños productores, que se podían traer sobre el lomo de un caballo, ya que los carros llegaron después y así comenzó la producción de la harina, para hacer el pan de cada día.

En la medida en que el camino se mejoró un poco, tapando zanjones y rompiendo barrancos, para que los carruajes pudieran atravesar esa ruta desde el Valle Inferior hasta la cordillera, se empezaron a traer los molinos y demás máquinas.

Alrededor de toda esa previa, nací en 1959 y para 1962 mi padre había comprado un campo en la cordillera a la Sucesión Roldán y nos mudamos allí, con la suerte que ya había un molino harinero, construido por Estabislao Grabauskas.

Mi lugar elegido para jugar siempre fue el molino. Pero en el 1978, mi padre vendió el lugar y siempre me quedó ese tema, esa herramienta para fabricar harinas. Algunos vecinos, una tía, que sus abuelos también los habían tenido. Creo que por todas esas razones, se me grabó esa información para siempre.

Con el tiempo me casé con una chica oriunda de Palena (provincia de Chile), con la que tuve dos hijos. En un viaje que hicimos a Puerto Montt, me encontré con dos o tres molinos viejos y regresé con mi imaginario copado, pensando que habíamos tenido y no había quedado ninguno en marcha en condiciones de ser visitado. Volví con el valor agregado de pensar qué lindo sería tener uno, para ir a visitarlo y que el que tenía que fabricarlo era yo.

Me puse en campaña y di con un hijo del constructor Grabauskas. Charlando con él, de los que había construido el padre en el mismo campo que compramos, me dijo que tenía muelas de un molino de esa época. Me las vendió, hice un plano el día de mi cumpleaños en 1994 y el 28 de enero de 1996 el molino se abrió al público, para visita y como museo: para presenciar cómo se fabricaba la harina un siglo atrás.

En la construcción me ayudaron dos mujeres, mi ex esposa y una vecina, un chileno, que con el carro y bueyes acercó piedras y maderas. En ese tiempo me dedicaba a un aserradero, así que en medio de los pedidos sacaba 4 ó 5 tirantes, un par de tablas y me las llevaba en el hombro cuadra y media al lugar de construcción. Y así lo hice todos los días. En un año y medio lo concluí y se abrió al público.

Hemos tenido encuentro de emprendedores en la zona y surgía la pregunta ¿cómo lo hiciste? Y daba la fórmula que tiene dos sostenes: la constancia y hacerlo con mucho amor. Y así no pueden salir mal las cosas.

El primer día que abrí, el 28 de enero de 1996, me acuerdo que los primeros visitantes fueron cuatro maestras de La Pampa, siempre pensé que lástima que no volvieron, porque tienen fotos de la inauguración. Una de ellas me preguntó: cómo lo hice y les mostré las fotos de la evolución de la construcción. Ahí vi la importancia de ese registro, así que armé un álbum con la secuencia de la construcción, álbum que ha sido visto miles de veces.

Una pariente que vino de Chile me trajo un libro de actas, me dijo: “primo, ojalá haya muchas firmas de los visitantes a través del tiempo”. Hoy deben haber 25 a 30 libros, llenos de mensajes de visitantes de muchas partes del mundo.

Y mi emprendimiento ha servido como fuente de inspiración, para muchos que han tenido una idea de hacer algo que no se animaban. Al verlo, mucho tiempo después me han dicho que se animaron a realizar eso que tenían como posibilidad y dieron el primer paso.

El tema de poner el molino en producción de la harina, lo hemos estado exigiendo entre 8 a 10 horas de marcha diarias. La rueda de madera es la segunda, la primera ya tenía 15 años, la madera se pudre, los clavos se aflojan y colapsó.

Así que hace poco más de un mes se construyó una rueda nueva, esta es metálica, funciona muy bien y es eterna. Me estaba ayudando una amiga de La Plata, Mora Ocampo, es modelo de Villa Elisa, quedó acá por todo este tema de la pandemia y en estos días está volviendo, una amiga.

La producción

En alrededor de ocho horas diarias el molino produce un promedio de 80 kilos de harina por día. Los principales consumidores son los vecinos de la zona cordillerana que pueden acceder como hace muchos años, a una harina integral producida localmente, de trigo que no fue fumigado y no tiene químicos.  La harina está se vende en bolsas de 4 kilos.

Curiosidad histórica

“En Chubut, cuando los galeses lograron la primera cosecha, se contrató un barco -el Irene- que llevó la carga al puerto de Buenos Aires y se vendió enseguida, dada su calidad ya a la vista, y así fue sucesivamente. En la exposición de París de 1889, Centenario de la Revolución, debutaba la electricidad, la Argentina tenía un pabellón impresionante y el trigo de Chubut sacó el primer premio”.

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