¿Has oído sobre la felicidad tóxica?

¿Has oído sobre la felicidad tóxica?

Recibí por whatsapp una presentación de la cátedra de Psicología Preventiva Uca con un título que llamó mi atención: “Has oído sobre la felicidad tóxica”?.

Buen título para algo que se viene promocionando desde frases motivadoras y libros de autoayuda. Recuerdo haber leído “Nacimos para ser felices”, por ej., como si el sufrimiento no fuera tan parte de la vida como la muerte.

La presentación alude a un trabajo del dr. Jamie Long (The psychology Group) en el que define a esta “felicidad tóxica” como “La sobre generalización del estado optimista que resulta en la negación, minimización e invalidación de la auténtica experiencia emocional humana”. Coincido ampliamente con esta definición.

Presenta algunos ejemplos como:

“Solo hay que pensar en positivo”, “Si yo pude hacerlo, vos también”, “No te preocupes, sé feliz”.

Todos nacemos con las mismas disposiciones genéticas afectivas, o sea, con la capacidad de sentir una extensa variedad de emociones, que incluyen tanto las positivas, como las negativas. Así como podemos sentir amor, también somos capaces de odiar, celar, envidiar, sufrir. Experimentar emociones variadas es parte de nuestra humanidad, y nos hace dueños de una riqueza afectiva la que, como si de un “set” emocional se tratase, podemos emplear para expresar aquello que viviendo, nos conmueve. Reír hasta que nos duela la panza, llorar hasta quedarnos sin lágrimas, las emociones colman nuestras vivencias, las que no siempre serán alegres o felices. Y sin embargo, “sentirnos Vivos” es poder experimentarlas a todas en plenitud.

El dolor y el sufrimiento son parte de nuestra vida y nos ayudan a atravesar situaciones difíciles. A veces es bueno llorar, alivia, por ej. cuando perdemos a un ser querido, o nos quedamos sin trabajo, o tenemos que “quedarnos en casa” porque estamos viviendo una pandemia. En estos casos no alivia que alguien te diga “ya va a pasar”, porque son procesos que llevan tiempo y trabajo de duelo, de despedirse de lo perdido, de llorarlo hasta que la herida cicatrice. El mejor consuelo suele ser un abrazo y la aceptación de que estar triste es un derecho y es respetable. Para que una emoción “pase”, es necesario sentirla, experimentarla hasta que se agote. Ya sea la tristeza, la rabia, el miedo, o la angustia. No se trata de “hacer algo con ella”, sino de vivirla, con el cuerpo y con el ama, de tolerar que nos convulsione y conmueva, de llorarla, gritarla y dejar que nos envuelva hasta que la tormenta se calme. Sabiendo que, solo entonces llegará el alivio.

Negar las emociones desagradables enferma. Pretender que estamos bien y contentos cuando no es así, aunque a veces lo hagamos con la excusa de “no preocupar a los demás”, nos daña. Por el contrario, compartir lo que nos ocurre, hablar acerca de eso traumático que sentimos, es el modo de exorcizar ese dolor que nos carcome. Que el silencio enferma se hace evidente en casos de abuso y violencia familiar, o bullying, eso que se calla por temor y carcome por dentro dando lugar a síntomas como fobias, enfermedades psicosomáticas y hasta suicidio.

No estamos obligados a ser felices ni a pretender que lo somos. Estamos viviendo una situación angustiante, una pandemia que nos mantiene aislados, encerrados, el futuro es incierto, sentimos enojo, miedo, angustia. Sentimientos que todos, en mayor o menor medida, estamos experimentando. Es bueno poder compartirlos, hablarlos, aceptar que no es una experiencia feliz y que aunque no podamos reunirnos, podemos expresarnos a través de los medios con los que contamos. Nuestro sistema inmunitario tiene que estar fuerte, libre de toxinas y de sentimientos tóxicos. Sacarlos afuera nos fortalece, ocultarlos nos debilita.

En esto, no estamos solos.

Por la Licenciada Diana Ponce MP0040.

 

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