Fibra y calidad

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En USMA, integró el plantel que terminó como campeón de Primera “A” en 1994.

Adrián del Valle Silvera es el “Cata”. Así se lo identificó desde que en 1983 se fichó para Próspero Palazzo y realizó un recorrido por más de 15 años en el fútbol comodorense. La particularidad de Silvera es haber sido parte de dos planteles con un marcado paso por el Torneo del Interior: Próspero Palazzo 1989 y Petroquímica 1991.

Los partidos en el refrigerio de la empresa petrolera eran tremendos. Después del almuerzo rápido, era atarse las mangas del mameluco a la cintura, ubicar dos piedras para cada arco y que pique la pelota. Con los botines de punta de acero, la pelota no duraba mucho, es verdad, pero aguantaba lo suficiente como para que cada mes se vaya reponiendo con una nueva.

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Llegó desde Catamarca en 1983.

El recordado José Karamarko ya era entrenador de Próspero Palazzo y era parte de la empresa de servicios petroleros. Por allí participaba algunos minutos de los partidos, pero los muchachos no regalaban nada y una patadita con la punta de acero dolía bastante.

A Karamarko le llamaba mucho la atención la manera de jugar de un morochito al que costaba sacársela. Era Adrián del Valle Silvera, quien ya era conocido como “El Cata” en ámbito laboral. Hacía tres años había llegado de su Tinogasta natal y la tonada se mantenía firme en sus 24 años. Aún hoy, ese distintivo se mantiene en la personalidad de un tipo que se ganó el respeto en el fútbol comodorense.

El técnico de Palazzo lo invitó a sumarse al plantel y Silvera aceptó. Hubo que pedir el pase a Santa Rosa, de la Liga Tinogasteña, club en el que debutó en primera división a los 14 años. En la tierra colorada con algo de pasto de Catamarca jugaba de delantero, pero Karamarko quería utilizarlo de marcador central. “José me pidió jugar de ‘2’ y le dije que sí. Para mí, jugar al fútbol era estar adentro de la cancha y hacer lo mejor que pueda en cualquier posición. Así que no hubo problemas. Y no me fue mal, porque era muy tiempista, los compañeros de la defensa ayudaban mucho y yo podía hasta salir jugando”.

La epopeya de Próspero Palazzo en 1989 dejó una huella imborrable en la memoria colectiva del fútbol comodorense. Con un equipo bien barrial, el Aguilucho voló muy alto, hasta llegar a un Octogonal en el que quedó eliminado frente Villa Mercedes de San Luis.
“José (por Karamarko) te convencía que eras el mejor antes de cualquier partido. Te hablaba con una fuerza anímica que después se notaba adentro de la cancha. Ese equipo tenía mucha fortaleza a partir de eso que te transmitía José. Después, nosotros tratábamos de responderle con todo lo que teníamos”, recuerda Silvera.

“Palazzo tenía todo el barrio atrás. Lo familiar siempre se hizo notar, desde que llegué al club y más todavía cuando se hizo la campaña en el Torneo del Interior. Fue algo muy bueno e inolvidable”, agregó.

Las referencias de Silvera en el fútbol comodorense se hicieron notorias, tanto, que cuando Víctor Doria asumió en Petroquímica, también lo adoptó como uno de los referentes para el armado del equipo que primero ganó el bicampeonato de 1990 y luego participó en el Torneo del Interior 1991.

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El “verdolaga” llegó hasta la misma instancia que lo había hecho Palazzo dos años antes. Con una tarea singular en la que Silvera, como en el Aguilucho, aportó desde varios lugares de la cancha. Le tocó jugar de marcador central, volante por la derecha, volante central, “Víctor (por Doria) fue otro de los que también te daba un mensaje muy claro. Los jugadores nos dábamos cuenta que lo que él nos decía antes de los partidos, después pasaba adentro de la cancha. Como con Palazzo, creo que podíamos haber llegado un poquito más, pero el fútbol es así, a veces te quita cuando menos lo merecés”.

Jugó también en USMA, equipo con el salió campeón del Torneo local en 1994, además de un paso por Universitario, logrando el ascenso de 1996.

“Son lindos recuerdos que te entrega el fútbol. En USMA había enormes jugadores y muchos chicos para salir campeón. En Universitario nos juntamos con varios de experiencia y conseguimos el ascenso. Pero también pocos saben o se acuerdan que jugué un torneo Regional para Newbery. Fue por el 85, me parece, fui a préstamo por ese torneo”, manifestó Adrián Silvera.

De aquel changuito que en Tinogasta se dedicaba a la zafra de uva, a cortar alfalfa y levantar paredes de adobe como ayudante de albañil, queda el invalorable sentido de pertenencia. “Cuando voy a Tinogasta, más precisamente a Santa Rosa, me junto con mis amigos de juventud y juego torneos de veteranos. La pelota le dio muchísimo a mi vida. Lo principal, los amigos. En Tinogasta, en Petroquímica, en Palazzo, en USMA, Newbery, Universitario, ahora en Veteranos, en todo el fútbol de la ciudad, uno cosecha amigos, que en definitiva es lo que te queda”.

Cambio de botines

En diciembre de 1990 la pretemporada de Petroquímica era bravísima. El “profe” Anastasio Nicolau exigía muchísimo a los integrantes de un plantel que luego cumplió una tarea muy buena en el Torneo del Interior 1991.

Adrián del Valle Silvera trabajaba en el apogeo de la producción petrolera. La camioneta de turno lo pasaba a buscar a las 5.30 a su casa de las 1311, de allí a alguno de las locaciones en Manantiales Behr, Escalante o dónde el trabajo reclamara.

El retorno a la ciudad era a partir de las 17.00, pero no daban los tiempos como para retornar a casa y salir a los entrenamientos en Km. 8. Entonces, la única manera era cargar dos bolsos, el del trabajo y el de fútbol.

A las 17.30, el “Cata” Silvera se bajaba de la camioneta en el portón de la cancha de Petroquímica. Como las tardes de diciembre eran bien templadas, colocaba el bolso en un costado del banco de los suplentes, se sacaba los botines con punta de acero y se acomodaba para dormir una siesta de una hora y media.

A eso de las 19.00 empezaban a llegar los compañeros de equipo. Se desperezaba, pantalón corto, vendas, botines con tapones y a salir a trotar alrededor de la cancha.
Final del entrenamiento a eso de las 21.30, charla con entrenador y vuelta en el auto de Víctor Doria al barrio. Llegar a casa pasadas las 22.30, la cena, un poco de TV hasta que se cerraban los ojos.

Antes de la medianoche, el “Cata” Silvera ya estaba descansando para encarar otro día de trabajo y pasión por el fútbol.

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