El zapatero de La Saladita

A medida que transcurren los años y cambian las épocas, hay ciertos trabajos u oficios que se modifican y otros que se van perdiendo. Este es el caso de los zapateros. Quizás porque el calzado que se vende en la actualidad está pensado para ser descartado pronto, ya sea porque sus materiales no admiten reparación o simplemente porque cambian rápidamente las modas. Lo cierto es que cada vez hay menos zapateros, y los que continúan con el oficio son en su mayoría adultos mayores.

 

Uno de ellos es Javier Condori, quien aprendió el oficio en los talleres clandestinos de Bolivia y actualmente ofrece sus servicios en la feria La Saladita.

Un poco de todo

Hace quince años vive en Argentina y hace diez se mudó a Comodoro Rivadavia, donde vive junto a su hija y sus tres hijos. Trabaja haciendo de todo un poco y en los últimos meses empezó a dedicarse a la zapatería. “Unos meses antes de la pandemia salí a La Saladita porque no había trabajo” cuenta Javier desde su casa en el barrio San Cayetano. Comenta que trabaja de albañil, soldador, chapista, pintor, pero dice que como tiene 63 años ya nadie lo contrata así que vio en la zapatería una salida laboral.

“En ningún lugar me dan opción a trabajar, primero lo que me preguntan es la edad. Entonces opté por hacer arreglos de zapatos. Antes yo fabricaba calzado, entonces me hice la idea de que acá puedo arreglar, ¿por qué no?”. Relata que aprendió el oficio de zapatero en la década del 80 en Bolivia, cuando trabajó en talleres clandestinos de calzado. Ahora improvisó un pequeño taller detrás de su vivienda en donde realiza los arreglos de calzado y de ropa.

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Venta en la feria

“Opté por salir a la feria con la máquina, tengo un poco de trabajo pero no gano mucho tampoco” cuenta, y muestra una máquina especial para reparar calzado que compró en Buenos Aires, ya que la que trajo de su país natal se rompió y no consiguió los repuestos.

Cuando comenzó el aislamiento social debido al Covid-19, como muchos otros trabajadores, Javier se quedó sin un sustento. Ante esta situación, su hija compartió una foto en redes sociales ofreciendo los servicios de zapatero y así fue como consiguió algunos trabajos durante la cuarentena.

“Ahora un par de clientes me trajeron zapatos por lo que publiqué en Facebook. También me llaman para hacer cambios de camperas. Así lo paso, trabajando. Ahora con la pandemia actual, con el Covid-19 no se puede, está prohibido y por eso estoy como cortado por las manos y no tengo ninguna entrada tampoco” lamenta.

Javier es uno de los tantos trabajadores que se la rebuscan a diario para mantener a su familia en un contexto difícil y a través de un oficio que al pasar los años va quedando en el olvido.

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