Los chicos que cruzaban el cerro Vitteau para jugar fútbol en General Saavedra

Formación de 1989

A mediados de los ’80, después de una etapa en la que General Saavedra representó al fútbol comodorense en el Torneo Regional, apareció una generación que marcó un periodo importante en la historia del Parque: los chicos que cruzaban el cerro Vitteau para entrenar y los domingos para jugar en la Liga Oficial.

Era parte de la infancia y adolescencia

Subir los cerros lindantes al Barrio Pietrobelli se convertía después de jugar a la pelota en el pasatiempo preferido. A veces sumaban 4 y otras, hasta 7 integrantes. Era trepar y traspasar límites. Los pibitos de 14 y 15 años disfrutaban del aire en la cara y llegar cada vez más lejos.

Una tarde de sábado, salieron después del almuerzo. Caminaron mucho porque costaba encontrar calafate. Llegaron hasta cerca del Barrio Laprida y con las botellitas llenas de la fruta patagónica -además de la boca violeta-, pegaron la vuelta al Pietrobelli.

General Saavedra 1991

Desde lo más alto divisaron que en la cancha de Saavedra había un partido de inferiores. Bajaron como si fueran liebres, en un santiamén estaban pegados al alambrado. Miraban el partido comiendo calafate. Un dirigente de Saavedra se acerca al grupito y pregunta quien se anima a jugar el siguiente partido, el de quinta. Carlos Maripillán se anima y lo sigue otro par. Jugaron con carnets de otros pibes, pero por lo que rindieron en cancha, en la semana ya se hicieron los fichajes.

Era bravo el grupito, porque así como jugaban con toda la picardía, también eran de hacer travesuras. Les dieron una cartulina verde para llenar con los datos. Los llenaron entre ellos y simularon las firmas de los padres. Lo acercaron a la cancha y quedaron fichados.
Carlos Maripillán invitó a jugar los hermanos Luis y Víctor Soto, también a Juan Carlos, José y Miguel Loncón, se arrimó el Pampa Alvarado, Daniel Salamanca, Pedro Aguilar.

El campeón de 1987

En el inicio, a algunos dirigentes no les gustaba mucho la invasión desde el otro lado del cerro. Porque además sabían que los chicos eran muy contestadores, que dos por tres andaban a las piñas, que saltaban cercos para “conseguir” fruta.

Pero al final, todo cerró de la mejor manera. “Pocholo” Castro y “Pomelo” García, legendarios dirigentes del Parque, los respaldaron con la condición que cambien hábitos. Y así fue. Entonces, daba gusto ver a la quinta del Saavedra, jugaban ese fútbol bien de potrero. Los chicos se sintieron contenidos, protegidos y hasta mimados no sólo por los dirigentes de Saavedra, sino también por los jugadores que en aquel tiempo ya estaban en Primera División, como el Flaco Ingani, Luis Pizarro, Surubí Benítez, la “Chancha” Páez, el “Bocha” Barrionuevo.

Muchos de los grandes iban los sábados a ver las inferiores para ver a los “Pitufos” del Parque. Eran chicos en edad y físico, pero adentro de la cancha mostraban un temperamento especial, bien de potrero.

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Así, una vez pasado el Regional, el “Chueco” Saavedra se anima y promociona a casi todos de Quinta a Primera para mezclarlos con los más grandes. Ahí ya se suma también

Mauricio Maripillán, quien dejó el fútbol barrial y fue directamente a Primera División, más allá de jugar algunos partidos de Quinta porque tenía solo 18 años.

Cuando les consultaban por qué jugaban en General Saavedra y no en Huracán, -todos eran hinchas del Globo-, contestaban que en ese tiempo, era difícil ocupar un lugar en un equipo que tenía muchas figuras.

Desde las inferiores hasta aún jugando en Primera, el rito era reunirse a eso de las seis de la tarde en la planiza y encarar para cruzar uno de los cerros más altos de la ciudad. No importaba si era verano o invierno, si el viento se hacía sentir fuerte en la cúspide o si la greda estaba resbaladiza por alguna lluvia. Había que trepar, bajar del otro lado, pasar el Parque y asomarse a la cancha de General Saavedra.

Entrenaban y después, casi siempre de noche. Había que volver otra vez por el cerro. Pero el camino ya estaba marcado, los senderos bien conocidos y más allá de algún susto, la noche también era otra aventura. Volvían al Pietrobelli a las 11 de la noche.

Se sentían libres porque lo eran. Pero a ese potrero del “Pietro” había que agregarle algo más para salir de la Categoría “B”. Jorge “Surubí” Benítez los reúne a los “Pitufos” y les dice que había que ascender. Que estaría lindo jugar frente a Huracán, Newbery…

Así lo juramentan y lo consiguen en el ’87. Fue la gloria. Gente grande del club se emocionó hasta las lágrimas con esos “carasucias” del Pietro, que les regalaron una de las alegrías más lindas de sus vidas.

Nueve en un Fiat 600

Una tarde, siete de los integrantes del equipo que llegaba desde el Pietrobelli llegan a la cancha y no estaba jugando la Cuarta División. Todos se preguntaron qué había pasado.

El partido era frente a Talleres. Se había cambiado la localía y estaban sobre la hora. No había quién los lleve. Apareció Juan Carlos Panasiuk con un Fiat 600 amarillo. Adentro los siete del “Pietro” y otro más que tampoco sabía del cambio.

Los bolsitos viajaron arriba del techo del Fiat, sostenido por las manos de quienes podían sacar los brazos.

Ya terminaba el partido de Cuarta División y la gente de Saavedra creía que perdían los puntos.

Apareció el Fiat, empezaron a bajar. Uno, dos, tres… nueve!. Se cambiaron rapidísimo y Saavedra terminó ganando el partido con otra lección de buen fútbol.

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