En tiempos del aislamiento

Estamos viviendo una situación inusual, en la que, como en las guerras, nuestra vida y costumbres tienen que cambiar para adecuarse a las nuevas reglas de juego.

En tiempos de guerra las personas esperaban atemorizadas el sonido de la sirena anunciando el bombardeo y debían correr a los refugios antes de la llegada de los aviones.

Hoy no hay bombas, el peligro es invisible y el único refugio posible hasta el momento es el aislamiento.

Como toda situación nueva, esta genera incertidumbre, no sabemos cómo enfrentarla ni qué hacer con los sentimientos que se nos despiertan. Algunos prefieren minimizar el problema “no es para tanto, es una gripe más, exageran”. Otros, por el contrario, la magnifican y se encierran asustados de que el mínimo contacto los contagie y les cause la muerte.

Por primera vez también, los tan mentados “derechos humanos”, el derecho a ejercer nuestra libertad de decisión, se ha visto postergado en pos del bien común. Es el Estado el que (como cuando éramos chicos), decide qué nos está permitido y qué prohibido. Es un cambio ante el que muchos optan por rebelarse y desobedecer las consignas impuestas. Como adolescentes a quien los padres les restringen salidas y horarios.

Las situaciones nuevas despiertan confusión y lleva tiempo ubicarse y adecuarse. Resignar libertades a las que estábamos acostumbrados en pos del bien común, ceder en nuestros deseos egoístas porque es más importante el bienestar de nuestro país o de nuestro mundo, no es una tarea para la que hayamos sido educados. Somos, en muchos aspectos “nenes malcriados”, habituados a reclamar derechos más que a asumir responsabilidades.

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Lamentablemente, la vida esta vez no nos va a consentir, nos demanda que aprendamos a cuidarnos para cuidar. Si no lo hacemos, muchos van a morir. No el de la noticia en los diarios, sino los que queremos, los que tenemos cerca o nosotros mismos. No hay tiempo para jugar al “a mí no me va a tocar”. Esta vez le va a tocar a cualquiera.

De nosotros depende la suerte de nuestro vecino, de nuestra familia, de nuestro país.

Si negamos el riesgo, no evitamos lo que pueda pasar. Si permitimos que el miedo nos paralice, tampoco. Asumir la responsabilidad que nos toca es la única acción posible.

Si hubo personas que tuvieron que pasar años ocultos y aislados para sobrevivir, como los judíos en la segunda guerra, o prisioneros en campos de concentración, no podemos soportar un aislamiento de un mes o lo que sea, con todas las comodidades de la vida actual? Un aislamiento paliado por la posibilidad de comunicarnos mediante la tecnología, de tener por internet todo tipo de ofertas culturales, de entretenimientos y clases virtuales de cuanto necesitemos.

Ocurre también, que mientras la humanidad sufre, el planeta se limpia y revive. Las aguas de Venecia recuperan por primera vez su transparencia, cisnes y patos han vuelto a nadar en ellas. En China, se puede mirar el cielo porque la polución ha desaparecido. El planeta ha vuelto a respirar.

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Sería importante que pensemos que, mientras tememos que un virus acabe con nuestra raza, para nuestro planeta, el virus somos nosotros.

De toda experiencia es posible aprender algo y si lo logramos saldremos de esta siendo mejores personas, menos egoístas, más solidarios, más unidos.

Si les parece que vale la pena, obremos con responsabilidad!

Por la Lic. Diana Ponce. Psicóloga – MP 0040

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