Enzo Maqueira, entre cerros e infinitos

Cada verano -y cada vez que lo necesita-, uno de los nombres más destacados de la Nueva Literatura Argentina encuentra inspiración en el Sur. Comodoro es su refugio. Lo siente, lo escribe, lo dice. Su última novela “Hágase usted mismo” es aclamada en toda América Latina y se sitúa en Patagonia.

(Por Flor Nieto) “Verano de 1995. La casa de mis abuelos en Comodoro Rivadavia. Un patio soleado, el rumor de los frutales castigados por el viento, el agua de las mangueras chisporroteando arco iris. Todas las tardes, mientras los demás dormían la siesta, yo jugaba a que era hombre de campo, explorador, aventurero. Andaba de rama en rama, me inventaba hazañas en voz baja. A las cuatro, cuando todos despertaban, bajaba del árbol y entraba a la casa con los pies embarrados: en la cocina, mi abuelo sentado de cara a los rayos del sol; mi abuela parada junto a él, cebándole los mates. Hasta ese enero había presenciado cientos de veces la misma escena, durante diecisiete veranos en el mismo rincón en medio de una Patagonia polvorienta, la tierra prometida de un tiempo que entonces suponía eterno. También esa vez la calma de la tarde pueblerina se rompió cuando el abuelo saltó de su silla para avisarnos que un colibrí revoloteaba el bebedero. ¡Enzo!, gritó con un entusiasmo que rara vez demostraba, ¡Enzo!, ¡el colifrí!, ¡el colifrí! Y yo me quedé mirando esas plumas aceleradas, ese vuelo fugaz, ese zumbido en el aire” escribió Enzo en una carta de amor para Comodoro publicada el 23 de enero por Clarín. Cada verano Enzo vuelve buscando calma, inspiración, cerros e infinitos. Cada año, visita la calle Hermenegildo Bóscaro, nombrada en honor a su abuelo y sube el cerro Hermitte. En 2010 publicó su primera novela “Ruda macho”, después “El Impostor (2011), “Electrónica” (2014), “Hágase usted mismo” (2018).

-Diecisiete veranos en Patagonia, en Comodoro…

-Mi mamá es de Comodoro. Nacida y criada, como le gusta decir. Mis abuelos eran de Km.3, ahí yo pasé todos los veranos de mi infancia. Vivía en Buenos Aires pero íbamos todos los veranos hasta los 18 años. Primero murió mi abuelo y después mi abuela. Iba siempre y  tengo mucho apego. La casa de mis abuelos quedó para mi familia, así que cada verano vuelvo, no tanto tiempo como antes, pero sigo eligiendo el mismo lugar.

-¿Qué es lo que más te gusta?

-Primero es como una contraposición muy fuerte con respecto a Buenos Aires. Lo trabajo mucho en  mi último libro “Hágase usted mismo” en la persona que vive en Buenos Aires, encerrada, oprimida. Cuando era chico mi espacio de juego era un balcón en Avenida Corrientes, no veía más que autos y un montón de gente, las copas de los árboles y no mucho más que eso. Enrejado. Mientras que cuando venía a Comodoro y bajaba del aeropuerto tenía la inmensidad, la libertad. Hay poca gente con respecto a Buenos Aires, tenés el desierto, el mar, el viento, la naturaleza tan presente que te pega en la cara. Las manos ásperas. Para mí era el encuentro con la vida. Todos mis recuerdos de la infancia son de Comodoro, el único recuerdo que tengo de Buenos Aires es estar en el living al lado del ventanal mirando a la gente por la calle solo o como mucho leyendo pero no de estar corriendo, jugando, trepándome a un árbol. Eso es Comodoro para mí y cuando voy, voy a recuperar eso. Voy a la misma casa, a los mismos lugares, subo el mismo cerro, voy a Caleta Córdova a pescar, trato de hacer los mismos ritos porque son los que me hicieron feliz.

¿Qué te llevaste del patio de tus abuelos?

-Todo. Yo creo que me formé como escritor ahí. Por un lado estaba la figura de mi abuelo y fue una figura muy fuerte, aparece en “Hágase usted mismo”, que es el libro sobre mi vínculo con Comodoro. Mi abuelo fue una figura muy fuerte, muy enigmática, muy silenciosa. Vino acá de chiquito, a los 9 ó 10 años, después de que mataron a su padre en la Primera Guerra Mundial. Había quedado huérfano, vinieron en un barco con su hermano, había estado de seminarista en Rawson, a punto de ser cura, conoció a mi abuela, se enamoró y se vinieron a vivir a Comodoro. Mi abuela libanesa y mi abuelo italiano. Era un tipo que hablaba poco, que no contaba nada de su pasado, no había muchas palabras. Mi abuela hablaba mucho más pero con mi mamá. Yo estaba mucho tiempo solo, a la hora de la siesta todos se iban a dormir y yo me iba al patio y a diferencia de Buenos Aires que había un balcón, autos, estaba todo dado y no había mucho para imaginar, ahí de repente había pájaros, gorriones, jilgueros, venía el viento, me asomaba y se veía el cerro. Me imaginaba aventuras. Yo era un aventurero que subía al cerro, otras veces era un hacendado que paseaba por su campo, pescaba desde los árboles. Era todo imaginación. Gran parte de la formación de un escritor está ahí, en la imaginación. Y esa imaginación se forjó en ese patio de Comodoro. También el vínculo con los libros. Mi abuelo leía mucho y todo el tiempo. Volvía de trabajar, porque trabajó hasta los ochenta y pico, comía, dormía la siesta, tomaba mates con mi abuela y agarraba un libro, estaba horas y horas leyendo. En esos veranos yo también leía mucho. Me acuerdo que íbamos a la Real, a la librería, y la dueña me recomendaba libros. Tenía tiempo, tenía ganas, tenía energía, tenía imaginación. Mi formación como escritor, pero también como lector, empieza en Comodoro.

-En el 2010 publicaste tu primera novela ¿Cuándo empezaste a escribir?

-De toda la vida. Me enseñaron a combinar las letras y enseguida ya trataba de escribir poesía, todo muy malo, obvio -risas-. A los 11 años había leído un poema que me había gustado mucho en el diario de la escuela y después escribí un poema muy parecido que hablaba de lo mismo, creo sobre el campo y rezar, iba a colegio católico. Ya escribía de muy chico y en mi familia había una suerte de mandato pero mandato en el buen sentido. Quería ser escritor, más allá de que como toda persona tuviera mis dudas. Es algo que me acompaña de muy chico y siempre supe que iba a ser así. Para mí es muy loco verme ahora a los 42 años y darme cuenta de que soy lo que pensaba que iba a ser cuando tenía 8 ó 7. A los 10 escribía mis primeros libros, novelas muy chiquititas tipo “Elige tu propia aventura”, después me aburría y terminaba haciendo más dibujos que escritura, pero ponía en la contratapa mi foto, la biografía, próximos títulos. No solamente me gustaba escribir sino me gustaba mucho la figura del escritor como tal. En mi casa había una buena biblioteca, mi mamá nos llevaba siempre a la Feria del Libro. Todavía estaba Borges, yo no lo había leído aún pero me parecía muy importante ver al tipo ahí y que la gente le pidiera la firma y le hablara. Mismo con Bioy Casares. De hecho tengo un libro dedicado por él cuando yo tenía 10 años, mi mamá me lo hizo dedicar y  dice: “Para Enzo, con el deseo de que sea un escritor”. Es de 1987, yo nací en 1977. Después cuando lo conocí a él en el 97 me volvió a dedicar el mismo libro, era muy joven y recién estaba empezando, en ese momento no le pude confirmar pero a la larga se dio. Se siente predestinado pero no como mágico, sino tener una familia que me permitió desarrollar lo que tuve ganas y nunca me dijeron que no, siempre me estimularon, tanto mi mamá como mi papá y mi hermana. Interés que manifestaba, interés que estimulaban. Fui fiel a lo que sentía y tuve gente alrededor que me lo permitió.

-Muchos consideran “Electrónica” (2014) como el retrato de una generación ¿Estás de acuerdo? ¿Era tu intención?

-Una generación es muy grande, pero entiendo que se haya buscado esa etiqueta porque es más fácil de entender desde la crítica. Es entendible pero no creo que retrate una generación. Sí creo que muestra una subcultura que reinó durante los primeros 2000 en forma de moda y que hoy ya es parte de nuestra cultura. La cultura de la electrónica no es solamente la gente que va al boliche a escuchar música electrónica y punto, es todo lo que se desarrolla en el libro. Tiene que ver con la forma en la que nos vinculamos, el consumo que tenemos, consumo de drogas pero también de celulares, de experiencias, de personas; tiene que ver con la deconstrucción de ciertas ideas o patrones. Preguntarse por el romanticismo, por el matrimonio, por el mandato de ser madre, por las instituciones, por el amor, por el sexo, por la libertad de ejercer la sexualidad. Sí quise en ese momento reflejar esa cultura de la cual yo formaba parte y que de alguna manera acompañaba los cambios que hoy vemos afianzarse de la mano del feminismo. En aquel momento había una subcultura que escuchaba música electrónica, que iba a bailar esa música, pero que también contaba con ciertos valores asociados a esa música. La celebración de la diversidad, por ejemplo; el rechazo a la violencia, el amor libre, la igualdad entre los géneros. Aquello que parecía una moda hoy es parte de nuestra sociedad compleja y heterogénea, está en disputa, es parte de nuestro quehacer cotidiano. Hoy discutimos el poliamor, por ejemplo, y la cultura electrónica está muy vinculada con el poliamor. “Electrónica” muestra  el paso de esta subcultura a ser parte de una heterogeneidad y un proceso de transformación a gran escala.

-“Hágase usted mismo” se sitúa en la Patagonia, en el desierto y la desolación ¿Qué es real del relato y qué ficción?

-Hay toda una base, todo un trasfondo de nostalgia del paraíso de la infancia perdido que claramente tiene que ver con la realidad. Hay personajes que se nombran, como el caso de un personaje que termina suicidándose colgado de un tanque de petróleo. Eso fue real, pasó y era el hombre que nos regaba el patio cuando mi abuelo falleció. Gracias a él sigo teniendo los árboles que tengo. Se llamaba Jesús. Eso sí. Toda la parte de la nostalgia, los recuerdos, llegar al aeropuerto y que me recibiera mi abuelo con los brazos abiertos, hablando poco y medio italiano, el cerro, los atardeceres, ir a la playa bajo el Chenque, donde estaba el antiguo cementerio de la ciudad, y encontrar lápidas enterradas. Después hay mucho que  me imagino. Sigo yendo todos los veranos, menos días pero sigo yendo solo gran parte del tiempo. A veces viene mi compañera o algún amigo pero en general voy solo, entonces recuerdo, leo mucho, escribo. Me conecto con el pasado, con las ausencias, con el chico que era en aquellos años. “Hágase usted mismo” surgió en un viaje a Comodoro. Yo había ido a terminar “Electrónica”, siempre voy a empezar o terminar, a concentrarme mucho en algún libro. Había terminado y me quedaba una semana más: “¿Y ahora con qué sigo?” Me fui al cerro de ahí atrás, Hermitte, lo subí y mientras lo subía me iba imaginando cosas: que era explorador, escalador, que estaba escapando de algo. Ahí de golpe empezó a surgir la historia de un tipo que vuelve a la ciudad donde pasó los veranos de su infancia, que escapa de Buenos Aires atormentado por una relación tóxica y por la sensación de que su vida llegó a un techo. Uno de los temas del libro es esto de creer que el arte te va a salvar: “Soy artista, tengo que hacer arte”, pero no ser capaz de hacer nada. El protagonista de “Hágase usted mismo” cree que si se convierte en director de cine, va a alcanzar la felicidad que no alcanza en su vida. Huye, pero también encuentra en la Patagonia un lugar para crear. El problema es que procrastina, no puede, no sabe cómo hacerlo. Mal de época: proclamarte una cosa pero no poder dar un paso en ese sentido. A esa historia inicial le agregué un vecino problemático que se parece a Freddie Mercury, un arma en la casa, la visita de unos policías… El libro se armó con recuerdos y con imaginación, como se arman los sueños. Está vinculado al cine y se puede leer como una película, de hecho hay un gran homenaje al cine, sobre todo al de Fellini.

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-El personaje principal busca escapar de la mediocridad ¿Qué es la mediocridad para vos? ¿Cómo se escapa?

-Creo que la mediocridad tiene que ver con no escuchar la propia voz, no escuchar tus deseos y peor, permitir que los demás interfieran. Sos un mediocre si sabés que te gusta el tenis pero te vas a jugar al fútbol porque te obligan, por la plata, por lo que sea. Ahí sí, porque no vas a ser lo que tenías que ser. No tener la capacidad ni la fuerza de voluntad para impedir que los demás interfieran ni escucharte a vos mismo. Hágase a usted mismo, como dice el libro…  De todas maneras, no siempre depende de uno escapar a eso. Hay un gran componente de responsabilidad propia, pero el contexto juega y no todos pueden tener un sueño, perseguirlo y alcanzarlo.  Y, por otro lado, la realidad es que los sueños que se cumplen tampoco son la salvación de nada. Nuestras vidas están condenadas a tener sabor a poco, siempre.

-Dijiste: “No me interesa ser un autor que escribe y se encierra en su casa para que solo lo lean los entendidos, los especialistas u otros autores. Me interesan los artistas comprometidos con su tiempo, que además de entretener, de jugar con el lenguaje, de expresarse, también denuncian, molestan, corrompen el pensamiento único que nos llega impuesto a través de los medios de comunicación” ¿Qué batalla sentís necesaria hoy?

-Hay varias. Hay una que me parece importantísima que está sucediendo pero creo que todavía falta mucho y falta que nos unamos los varones, es la del feminismo. Estoy convencido de que es la gran batalla pero me parece que falta que los varones nos comprometamos más, que se entienda que el feminismo no solo es importante y necesario para liberar a las mujeres del patriarcado porque el patriarcado también nos oprime, de otras maneras. A veces por supuesto somos nosotros los que oprimimos, sin dudas, pero somos oprimidos y oprimimos. A Fernando lo acaban de matar 8 ó 10 machirulos a los golpes porque ellos tenían la fuerza, el poder, el falo y él no. Ese pibe fue víctima del patriarcado y esos 10 rugbiers que a sus 20 años van a perder años de su vida en la cárcel también son víctimas del patriarcado. Ellos están ahí por obedecer un mandato de violencia, de agresividad que está vinculado a lo masculino, del mandato de ser hombre de una manera determinada. Esa es la gran lucha que hay que dar, romper con el mandato de una masculinidad violenta, agresiva, egoísta, competitiva…. En ciertos casos hay una resistencia a entender esto, ahí tenemos que estar mujeres, hombres y no binaries en esa lucha. La otra batalla necesaria es contra el colonialismo cultural.Esa idea de que el 14 de febrero estamos todos hablando de San Valentín, por ejemplo. O que tendemos a ver lo norteamericano o lo europeo como bueno y despreciar lo latinoamericano. Tenemos que ser más latinoamericanos en todo sentido, creer en nosotros, en nuestra gente, en nuestra capacidad. Parece que ahí tenemos mucho que hacer y esa vieja dicotomía “civilización y barbarie” no está resuelta, los 500 años de conquista no están resueltos y esa es una lucha que tenemos que dar.

-Poliamor, taxi boys, fiestas electrónicas, Auschwitz, el ARA San Juan ¿Qué crónica te impactó más? ¿Cuál fue irreversible para vos?

-La de Anfibia “Sufrir por amor” fue creo la primera que hice. Esa me impactó bastante. Siempre de chico tuve un tema con la sexualidad y la muerte muy fuerte, probablemente porque soy de escorpio -risas-. También hice la primaria en colegio de curas y era todo muerte y sexualidad, eso también es lo que trabajo en “Ruda Macho”, mi primer libro. Esa crónica me impactó mucho primero porque soy amigo del dueño de ese bar sadomasoquista, por lo tanto si bien sabía más o menos qué cosas hacía mi amigo, en esas circunstancias fue impactante. Me sentí honrado de tener un amigo así, capaz de romper con lo que se supone que está bien o que se considera normal. Segundo porque conocí aspectos de la sexualidad humana que no sabía que existían o que había escuchado pero una imagen vale más, cuestiones físicas que pensé que eran imposibles. Después cuando entrevisté a  Hanka Dziubas Grzmot, sobreviviente de Auschwitz fue muy fuerte… Es un tema que me interpela mucho, que me conmueve,  y escucharlo en primera persona fue revelador. Antes leí el libro del mismo relato, fue muy fuerte. También la que hice en Comodoro sobre el ARA San Juan, que me permitió acercarme a esta tierra y a su gente desde un lugar distinto al que me vinculé toda la vida.

-En una entrevista dijiste que tenés una relación de dependencia-odio con las redes sociales ¿Todavía es así?

-Creo que tengo menos dependencia y probablemente menos odio. Por lo menos ya no le doy tanta importancia a Facebook, a Twitter un poco más e Instagram estoy tratando de usarlo lo mínimo posible. Por un lado creo que son necesarias, son útiles para conocer gente, mantenerse informado, todo lo que ya sabemos, pero también ahí hay una tercera batalla para dar y es que la tecnología no nos domine ¿Viste ese texto de Cortázar “Instrucciones para darle cuerda a un reloj”? Que dice que vos sos el regalado al cumpleaños del reloj, y no al revés. Creo eso, que nosotros somos los regalados al celular y no hay que permitir que eso suceda. Cuando voy en el subte, en Buenos Aires, todos están mirando el celular como robots, todos con el mismo gesto, todos con el dedito pulgar sobre la pantalla, algunos chateando, otros jugando a cualquier cosa, algunos leyendo, algunas cosas están buenas otras no pero todos con el mismo gesto. Todos con la cabeza gacha a merced de los mensajes, de las notificaciones, de los descuentos, de los mails. Es mucho y es muy difícil de controlar, pero lo tenemos que hacer porque sino vamos a terminar trabajando para ellos. Ya estamos ahí.

-¿Tenés algún consejo para los escritores de la Patagonia?

-Primero me gustaría conocerlos. Es un reclamo permanente que acá en Buenos Aires los escuchemos, les demos bola, los leamos. Siempre lo escucho en todas las ferias del país y es válido, pero  no funciona esperar llegar a Buenos Aires. Lo que funciona es hacerse fuerte donde uno está con la gente que tiene alrededor. Lo que sucede también con el colonialismo que hablábamos antes, que nos impuso una forma de vernos a nosotros mismos, también ocurre entre Buenos Aires y las provincias. Buenos Aires aparece como la centralidad impuesta, y el resto del país parece estar a su sombra. “Las provincias nos ven de esta manera, nosotros los vemos de esta otra”. Hay que romper con eso. Se rompe con eso siendo fuerte en lo propio,  en lo autóctono, en el color local, y nos podemos relacionar desde ahí. A mí me encantaría una línea de autores de la Patagonia por ejemplo, con una literatura que acá se lee muy poco y se conoce muy poco. Yo leí hace muchos años “Memorias de un carrero patagónico” de Asencio Abeijón, ese libro me encantó y me formó también. Siempre que paso por el monumento en el Chenque me acuerdo, es un librazo y acá lo conoce poca gente. Hace falta un editor que sepa o se dé cuenta, alguien de allá que lo muestre, creo que no hay que esperar tanto ni dejarse pisar por lo poderoso de los emblemas culturales sino hacer fuerte la cultura nuestra. Muchos escritores de las provincias se vienen a Buenos Aires y a la larga terminan siendo otro escritor de Buenos Aires y se pierde lo auténtico. No es “Si no podés vencerlo únete a ellos”, si no podés vencerlos hacete tan fuerte como ellos. Juntate con los que están en tu misma situación y hacete ver, si no te dan bola hacete ver. Hágase usted mismo, otra vez. Hay que hacer una autocrítica en ese sentido, no tanto reclamar sino hacer. Todos tenemos responsabilidad en lo que nos pasa.

-¿Cómo sigue el 2020?

-Justamente recién vuelvo, estuve este verano en Comodoro, fui a escribir una novela. Hace 10 años le estoy dando vueltas con la reescritura, las correcciones. Soy discípulo de Liliana Heker y tiene una frase, dice: “La primera versión, ese mal necesario”, el acto creativo no está en la escritura sino en la reescritura. Muchas veces empiezo por “a” y termino con “xyz”. Borro, reescribo, le voy buscando la forma a lo que estoy escribiendo como un escultor le busca la forma a la piedra. Este verano por lo menos pude cerrar qué forma va a tener. Tengo todo el año para trabajar ese texto y espero volver a Comodoro el verano que viene para ponerle el punto final a una novela nueva.

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