¿Qué leía María Elena Walsh?

Fue una ávida lectora desde muy joven, conocedora de limericks y rimas, se inició con Dickens y Verne, fue fanática de Jean Genet y Simone de Beauvoir, y especialista en Michel Foucault, Roland Barthes y Susan Sontag. Te invitamos a conocer el universo literario de la artista que construyó el imaginario cultural de nuestro país.

Los libros que leemos, en mayor o menor medida, pasan a formar parte de nuestra vida. Su padre, ferroviario y pianista, le recitaba limericks ingleses cuando todavía era una niña. Los limericks son una forma poética anglosajón, formada por cinco versos en rima, que María Elena utilizaría como inspiración para escribir sus poemas y componer las letras de sus canciones, desopilantes y profundas.

En su primera niñez, María Elena leía a Charles Dickens y a Julio Verne. También las colecciones de cuentos infantiles como Araluce, con clásicos y los cuentos de la editorial española Calleja. Quedó fascinada por los cuentos de “Las mil y una noches”, y disfrutaba leer las revistas “Pif-Paf”, “Billiken” y las historietas del suplemento infantil en color del diario Crítica. Además, sus padres le narraban cuentos. Su casa, si bien no era de académicos, se caracterizó siempre por una gran afición a la lectura y a las bibliotecas.

María Elena publicó su primer poema a los 15 años en la revista El Hogar. Tiempo después comenzó a colaborar en el diario La Nación y Revista Sur, de Victoria Ocampo. En 1947, con sus ahorros, se autofinació y editó su primer libro de poemas, “Otoño imperdonable”. Sus influencias para escribirlo fueron T.S. Elliot, Ezra Pound y Paul Válery.

Por este libro recibió el segundo premio Municipal de Poesía y fue alabado por la crítica y por los más importantes escritores hispanoamericanos como Rafael Alberti, Eduardo Mallea, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Manuel Mujica Láinez y Luis Cernuda.

Luego publicaría para el sello platense Ediciones del Bosque, dirigido por el poeta Raúl Amaral y patrocinio de Josefina Passadori, formando parte del gran movimiento literario de dicha ciudad. Desde ese momento empezó a formar parte de un círculo literario selecto e invitada por Juan Ramón Jiménez a pasar una temporada en Maryland a modo de beca para mejorar su escritura. Sin embargo, luego de esta etapa de aprendizaje, María Elena decidió no pertenecer más a lo  estrictamente académico.

Su fanatismo por Virginia Wolf

En su juventud se obsesionó con la idea revolucionaria del cuarto propio que proponía Virginia Woolf. En un artículo del diario Clarín de 1993, Walsh reflexiona sobre su obra: “Virginia Woolf escribió dos ensayos y una novela, considerados una trilogía: “Un cuarto propio”, “Tres guineas” y “Los años”. (…) Son obras para leer hoy y sin duda durante un largo porvenir. La bronca acunada en “Tres guineas” nos resultaría inspiradora cada vez que se nos solicita “poner el hombro” para financiar guerras, pagar impuestos que no redundan en beneficios, colaborar con causas dudosas. El cuarto propio, por otra parte, es una metáfora de un ámbito mental, una manera de ordenarnos interiormente y escapar a la locura impuesta a las mujeres (y los pobres) por el discurso autoritario y represivo, sea de la Inglaterra victoriana o del presente tercermundista. O lo que el actual psicologismo llamaría “defender el propio espacio”, en la casa (si se la tiene) y en la sociedad (si así se la puede seguir llamando).

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Victoria Ocampo “descubrió” a Virginia Woolf y sus libros circularon en la Argentina décadas antes de que los reconocieran en París, durante una de las tantas resurrecciones del feminismo”.

Su inspiración para componer canciones provino tanto de las nursery rhymes que su padre le enseñó como también de la poesía popular latinoamericana que leía, el Cancionero popular de La Rioja, de Juan Alfonso Carrizo y algunas recopilaciones folklóricas españolas con letras y música populares, como el caso de Federico García Lorca.

Leía también a  Pedro Salinas y admiraba especialmente a poetas como Enrique Molina, Olga Orozco y Alberto Girri, que gozaban de prestigio en los años cuarenta, pero les interesaba solo escribir buena literatura, principio que se adecuaban más a los valores de María Elena.

Walsh mencionó en su entrevista con Gabriela Massuh, en “Nací para ser breve”, que las lecturas que la formaron fueron las de Jean Genet y las de Simone de Beauvoir. “El segundo sexo”, obra feminista por excelencia de la filósofa francesa, fue uno de los libros preferidos de la escritora.

También leía exhaustivamente a Michel Foucault, Roland Barthes, Susan Sontag y sus lúcidos ensayos, especialmente “La enfermedad y sus metáforas”. En literatura norteamericana, John Cheever (el “Chéjov de los barrios residenciales”) y Ezra Pound, poeta de la denominada “Generación Perdida”. En relación a sus contemporáneos, leía a Libertad Demitrópulos, Tamara Kamenszain, (poeta neobarroca de los años 70 junto a Néstor Perlongher y Arturo Carrera) y Miguel Bonasso, con su libro “Recuerdo de la muerte”.

Admiraba muchísimo a Doris Lessing, referente del feminismo, autora de “El cuaderno dorado”, a quien tuvo el placer de entrevistar en un viaje a Londres con Sara Facio, en 1981. El artículo periodístico fue titulado “Doris Lessing, esa bruja”.

De sus colegas dedicados a la escritura de literatura infantil, mantuvo amistad con Graciela Montes, Laura Devetach, Elsa Bornemann, Ema Wolf, Gustavo Roldán y Ricardo Mariño. En su carrera escribió nueve libros de prosa y poesía para adultos, y 43 libros de literatura infantil (www.cultura.gob.ar).

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