Enrique Perea: un médico poeta en la Patagonia

Don Enrique Perea cruzó la Patagonia por la práctica de la medicina en lugares alejados de los centros urbanos. Allí donde estuvo llevó su poesía y amor por la literatura. Río Mayo, Puerto Madryn, Esquel, Zapala, Aluminé fueron destinos a los que llegó tras contiendas con autoridades de Salud Pública. Pero “su” lugar en el mundo, para desarrollar su talento y servicio, fue Alto Río Senguer, pueblo que lo tuvo lejos de su amada Diadema donde alumbró cálida familia numerosa, junto al amor de su vida, Florencia Murtagh.


(Por Marcelo Melo) Un libro publicado por la Fundación Navarro Viola sostiene que la vida del médico rural no es para nada fácil en lo material ni en la convivencia con su mundo espiritual. Lo describe como un ser que está siempre “un poco abandonado a su suerte y mucho a su soledad”. En ese tránsito solitario no tiene a quién consultar sus dudas para sus tareas claves a lo que generalmente se suma la ausencia de tecnología para aclarar sus fundamentos y juicios. Ni hablar de una farmacia cercana para los medicamentos que calmen y curen. No queda ahí el sombrío panorama que describen, también certifican que no tiene transportes para hacer una derivación rápida, que le faltan los medios económicos para pagar vehículos particulares que transporten enfermos o heridos graves a distancias de cien o más kilómetros a centros  hospitalarios importantes.

Acompañado por sus 80 años, quien ha ejercido en esos ámbitos en donde la escasez reina, el médico Enrique Perea espera en la puerta de su casa en Diadema, Dom llega al encuentro de un hombre que acumula historia, y no solo en Salud Pública, trayectoria que ha llegado a su fin hace un tiempo no muy lejano, sino en el inabarcable planeta de la imaginación. Es que ese camino de las urgencias fue transitado jugando con las palabras, creando un mundo que curó con poesía y visiones muy socarronas plasmadas en publicaciones que hoy pone a disposición. Y vaya que tiene material.

Este médico rural chubutense fue el primero en recibir, en 1990, el reconocimiento que la Fundación editora del libro comenzó a otorgar en reconocimiento a tamaño esfuerzo en condiciones desfavorables.

Hoy, el doctor de mapuches y peones rurales ya retirado, está afincado donde su familia siempre lo esperó durante las últimas casi cuatro décadas, Diadema. Escritor e investigador cada viaje y cada estancia alimentaba su prosa e investigaciones. Así surgieron los libros “El asunto de los Santos”, “Poemas”, “Cuentos del Senguer”, “Y Félix Manquel dijo”, “Iconografía del tehuelche”, entre otros.

“La última vez que estuve trabajando bajo supervisión de Salud Pública, estuve en Río Mayo y, luego, fue en La Española donde me retiré. Fui generalista, nosotros tenemos una residencia donde rotás por pediatría, ginecología, obstetricia y traumatología. Una formación deficiente –se ríe-, empecé trabajando como médico en Córdoba, mi familia estaba ahí. Ahí la conocí a esta señora –se refiere su compañera de toda la vida, Florencia Murtagh, la profe de inglés de más de una generación de comodorenses- y ahí perdí. Un día vino a jugar al hockey con mis hermanas, y cuando la despedí por la ventana le di un chocolate y ahí recordé lo que había dicho Juan Gelman: ‘cuando te dije adiós, debí decir te quiero’” comienza narrando sobre su retiro y sobre el amor de toda su vida. Ella fue clave, ya que según relata don Enrique, en ese tiempo de bohemia, no era médico todavía. “Andaba muy desencajado, me iba muy mal y terminé la carrera gracias a ella. Me fui a Buenos Aires y me embalé para concluirla allí. El pase fue un quilombo. Y es ahí donde recibí el título de parte de papá” recuerda hoy con orgullo. “Estaba en bolas, llevando una vida muy bohemia y después caí acá. En 1968, nació mi hija y el padrino fue el doctor Marraco”.

Su figura con guardapolvo y estetoscopio colgando del bolsillo del uniforme, transitó la salud pública en los municipios de Aluminé, Zapala, Puerto Madryn y Esquel, siempre médico rural. Pero un destino resalta entre sus afectos, y Florencia vuelve a aparecer en las coincidencias vitales. “Fue Alto Río Senguer, según mi mujer, el lugar más importante para mí. He trabajado en muchos lugares pero fue allí donde siempre tuve puesto el corazón. Es más, durante un tiempo estuvo conmigo, manejando el Centro Materno, ayudándome muchísimo”.

-Cuánto tiempo los habitantes de Senguer y alrededores contaron con tu servicio, cómo era la compulsa con la autoridades de Salud Pública de cada gobierno provincial…

-Fui y vine varias veces. Me echaban y me volvían a llamar. Reclamaba lo que debía ser y me echaban. José María Ferreyra, abogado, un día me dice “te voy a defender y no te va a costar nada. Ahora quiero saber una cosa, ¿te echan porque te peleás con la gente o con los colegas o con las autoridades o te ibas porque se te daba la gana?”. Aparecían las incógnitas… “Entonces no puedo hacer nada”, me decía. Había veces que se me llenaba el tarro, la capacidad mía de actuar, estaba cansado y rebalsaba –su paciencia, se intuye- cuando me peleaba fuerte y en serio. Me iba a otro lado y al tiempo me volvían a llamar, porque no se conseguían médicos rurales.

Un día me planteo en Senguer que los chicos, mis hijos, iban a tener que ir al secundario y allá no estaba. “Y a usted lo van pasando de un lugar a otro” -dice citando a su esposa- entonces ella se vino a Comodoro y los fue criando sola.


-¿Las peleas por qué cuestiones básicas se planteaban?

-Las peleas eran por cuestiones que tenían que ver con el proceder de las autoridades, que actuaban con desconocimiento y procedían… te traían una balanza y le decías “ya tengo balanza”. Un día, la hermana de Das Neves me trae una y se encabronó porque se lo dije, ¡cómo no hacen un estudio previo sobre las necesidades de los hospitales! Y me echaban y era el único médico.

Por ejemplo, lo que se da ahora, y lo que se daba en aquel tiempo, para el parto de un chico necesitás un pediatra al lado, y se han muerto mujeres en el camino por tener que atender un parto en la ruta en vez de tenerla en el hospital y tener lo mínimo para hacer una cesárea. En el hospital tenés recursos, en el camino no, entonces tenías que optar por dejar solo el hospital o mandar el chofer con la ambulancia, eso hoy sigue ocurriendo.

Y por todo esto, también me pelee con todos los médicos que llegaron desde afuera, “los invasores”, por eso estaba escribiendo sobre Miguel Marraco cuando me avisaron que se murió -el 4 de octubre pasado-. Él recibió a mi primera hija y con su señora fueron los padrinos. Y me puse del lado de él. Había dos grupos, por más que yo llegué con “los invasores”, me puse del lado de ellos, y eso también me costó que me echaran.

Otra pelea fuerte fue motivada por un teniente coronel que quería que lo atienda primero. Se presenta del Ejército, atropella a los otros y me saluda.  El ayudante enfermero me dice “el coronel quiere que lo atienda’”. “Sí, ya lo vi, que vaya a la cola”, le respondí. Y esas cosas no se las tragaban y escupían al piso. Luego venían y te echaban. No sabías porqué, aparte eran los tiempos duros de la dictadura, los 70, la prepotencia del poder.

Te puede interesar
Los 11 sitios argentinos declarados Patrimonio de la Humanidad

-¿La cuestión poética, la fuiste construyendo con tus vivencias en todos esos lugares?

-No sé cuándo empecé metódicamente, pero es de siempre. Escritos en papeles de consultorios, en recetarios, en momentos que surgía. Me jubilé a los 65 años. Y el balance a esta altura es bueno, en Senguer tengo una biblioteca que lleva mi nombre. Y otra en Tucumán (Don Enrique cuenta que su hijo Tadeo, ingeniero forestal y luthier que vive en Yerbabuena, presentó un violín que causó sensación el año pasado en los 70 años de la escuela de luthería de la capital San Miguel). Hace un tiempito me comuniqué con el hospital de Senguer,  quería saber qué pasaba con la feria del libro, pero no la han podido hacer en la biblioteca de Alto Río Senguer por falta de presupuesto. Pero los libros los he empezado a presentar en la Feria del Libro de Comodoro.

-Estuviste en varios lugares y los pacientes se sucedieron ¿Son iguales sus necesidades o cambian según el entorno, los paisanos? ¿cómo es la cosa?

-Lo que es común en todos los lugares es todo lo que sea aborigen, es la forma de ser, se comportan de igual manera, terminás captando que hay buena voluntad, dulzura. Los indios tienen fama de animales y puedo decir he trabajado con gente de muchísima madurez. El indio es un profundo respetuoso de su compañera, de su mujer. Cada vez que hablo o doy una conferencia, siempre me acuerdo de la forma de Félix Manquel, al que he grabado en tres oportunidades y lo tuve internado en el sanatorio La Española. Un día le pregunto: “¿usted tiene la misma edad que su mujer? “Era mayor que yo”, respondió. “¿Y cómo es eso?”- le pregunté y respondió- “en años andamos igual, pero ella es más sabia que yo, es más conocedora de las cosas. Y lo que para él significaba, se llamaba “Iona”, por eso tengo una hija que se llama así, que es “la preferida, la regalona”.

Don Enrique y Florencia han alumbrado una familia numerosa, sus hijos son Florencia (Lic. Comunicación Social), Enrique José (Ingeniero Electrónico), Ximena (Musicoterapeuta), Iñaki José (Ingeniero Naval), Ruy José (Ingeniero Agrónomo), Iona (Profesora y licenciada en Ciencias de la Educación), Tadeo José (Luthier) e Ianko José (Diseñador Gráfico).

Hace 4 ó 5 años -duda en la fecha exacta- abandonó la áspera vida en el interior de pura meseta, matas, viento y frío para refugiarse en la misma casa que construyeron en Diadema cuando nació Iona, hace 35 años. “Puedo afirmar que hoy estoy muy feliz. Anoche me pasó una cosa muy curiosa.Soñaba que estaba recorriendo en bicicleta todos los pueblos en que estuve trabajando. Y quería volver y seguir laburando, ese fue el sueño. Aparecían compañeros de trabajo: Martín, un enfermero de Senguer, y varios más, apoyando que vuelva a trabajar. Cuando me desperté me dije: ‘menos mal que no’. Pero me iba a ir hasta Aluminé, en bicicleta. Soñar y volver a arrancar en la bicicleta. Ya me ha pasado otras veces, me aparece la cara de la gente, lo que fue mi vida de médico, que siempre fue satisfactoria”.

Una anécdota, de tantas, deja patente el valor de un médico en parajes alejados.  “En Aluminé, destino al que llegué desde acá luego de una de las veces que me echaron, un día con 30 cm de nieve en el que estaba bloqueada la cuesta que termina en esa ciudad, me mandan a llamar. No funcionaban las ambulancias, no se sale con esa altura de nieve. No teníamos pediatra y atendimos a una embarazada en trabajo de parto de mellizos. Estaba por hacer cesárea, pero nunca la había practicado. El enfermero me dice,  ‘¿qué haría usted?’ y le respondo ‘no perdamos las dos vidas, porque si ya tenemos un muerto, no tengamos tres’. Se habían encajado las cabezas de los dos, eran mellizos, con Jorge Ernesto Fuleston- ginecólogo obstetra ya fallecido- había aprendido cómo hacerlo. Los saco y quedan los dos. Tomo la placenta y estaban vivos. Ahora, están por ser los 50 años de esos chicos en Aluminé y me invitaron al cumpleaños. Es uno de los lugares caros a mis sentimientos”.

-Y hoy, apartado de la actividad, ¿cómo analizás la situación de la Salud Pública?

-Está muy mal en toda la provincia, faltan pediatras en los hospitales del interior, eso sigue siendo una carencia. Un hospital que adoro es el Regional y la dirección estaba en manos de una asistente social y no debe ser así. Puede ser parte de un equipo de trabajo, pero jamás director de un hospital, ahí siempre un médico tiene que llevar las riendas. Como tampoco puede ser que Salud a nivel nacional haya pasado a Secretaría, haya dejado de ser Ministerio. Una vergüenza.

Trabajé un mes en el Regional, pero siempre fue del que dependí cuando me desempeñé en las áreas rurales. Siempre hacía derivaciones hacia los médicos Marraco, Sánchez, Amado, varios.

El primer médico rural distinguido

Un médico perteneciente al Jurado del Concurso para Médicos Rurales de la Fundación Navarro Viola, después de estudiar los antecedentes de cada uno de los candidatos, los clasificó tipológicamente y dijo sobre el médico rural tradicional: “profesional abnegado y responsable, residente durante largos años en pequeñas localidades alejadas de centros urbanos, que actúa solo y aislado, supliendo con esfuerzo las carencias y vicisitudes del medio, prodigándose en el trato personal con las familias y proyectando su acción solidaria a la comunidad más allá de lo estrictamente médico”.

Era 1990 y el Jurado del Concurso para Médicos Rurales Sara Navarro Viola, de la Fundación Navarro Viola, otorgó el Primer Premio al Dr. Enrique José Perea, residente en Alto Río Senguer, Provincia de Chubut.

Sobre Enrique José Perea expusieron que “resulta difícil relatar su trayectoria, posiblemente porque son muchas las cosas que hay que decir sobre su personalidad, el lugar donde trabaja, los habitantes de la zona y el desarrollo de su obra. Es un hombre joven. Nace en Buenos Aires en el año 1939. Simpático, inteligente y, más que todo, muy original. Es casi imposible hacerle hablar de su persona, de su obra, de sus méritos -que niega, y no por ser un hombre introvertido, todo lo contrario. Nos encontramos frente a una persona dinámica con un gran sentido del humor, que no parece tomar nada en serio”.

Cuando lo seleccionaron, se desempeñaba en Senguer, “en la provincia del río transparente. Es una zona rural extensa, de unos 22OO habitantes, con una geografía inhóspita caracterizada por bajas temperaturas, nevadas, fuertes vientos, malos caminos y escasas comunicaciones, y un contingente rural disperso formado por pequeños núcleos de aproximadamente 150 habitantes de origen heterogéneo. Se mezclan las distintas corrientes inmigratorias de la población aborigen (tehuelches y mapuches) y se encuentran algunos asentamientos aborígenes puros como la reserva de Arroyo El Chalia”.  Y finalizan refiriéndose a su desempeño profesional,  “en el área rural intentó siempre prestar atención integral a la comunidad con un concepto de equidad, dando más a quien más necesita, luchando con las grandes distancias y la falta de suministros y otros recursos. Pero una de sus principales inquietudes fue siempre la de conocer, rescatar y valorizar estas culturas”.

Comentar
- Publicidad -