De Comodoro Rivadavia a Nepal: la aventura de Joaquín Guerra en el monte Everest

El deportista local Joaquín Guerra viajó desde Comodoro Rivadavia hasta Nepal para intentar escalar el monte Everest, el más alto del mundo. Si bien no llegó a la cima, su aventura quedará grabada para siempre en la historia del deporte local. A Guerra le faltaron solo quinientos metros para hacer cumbre. Puede parecer poca cantidad de metros, y uno puede preguntarse entonces, por qué el joven no logró hacer cumbre en la montaña más alta del mundo. “Cuando estás a esa altura, casi que no tenés aire. Das un paso y respirás cuatro veces, el cansancio es extremo, tu cuerpo empieza a deteriorarse cada vez más. No es fácil estar a esa altura. Subir el Everest me puso al límite, fue algo muy extremo”, confió a Crónica el deportista comodorense.

Luego de su epopeya en el monte ubicado en la frontera entre China y Nepal, el alpinista de Comodoro quedó seriamente lesionado. “A nivel muscular, quedé muy afectado. Ahora lo siento cuando subo escaleras. Intentar subir el Everest fue algo muy extremo. Fueron cinco campamentos en distintas alturas. Cuando llegué al dos, tuve que volver al uno porque me lastimé los tobillos. Estuve treinta y cinco días en el monte. Me faltaron quinientos metros para llegar a la cumbre, pero si seguía escalando me podía pasar algo grave, estuve muy cerca del edema cerebral”, reveló Guerra.

 

El primer campamento al que llegó el aventurero se ubica a 5.350 metros de altura, el segundo a 6.000, el tercero a 6.500, el cuarto a 7.000, y el último a 7.800. “En la cordillera del Himalaya están todos los montes más altos del mundo, son catorce. Además hay más de cien montañas de 7.000 metros, muchas de las cuales todavía no se han escalado. Yo llegué a escalar 8.350 metros en el Everest, que es el más alto de todo el mundo. Quise hacerlo sin oxígeno, pero cuando llegué allá me enteré de que te pedían cuatro tubos de oxígeno, los usara o no. Tuve que usarlo en el descenso, porque mi cuerpo estaba muy cansado y ya no me podía recuperar. Tuve que estar mucho tiempo a 7.000 metros. Cuando estás a esa altura, sentís cómo literalmente tu cuerpo empieza a morir, es algo literal. Sentís como una resaca permanente”.

“No sabía cómo decirle al sherpa que me dolían mucho los pies y las manos”

Hubo un punto en la expedición de Joaquín Guerra que marcó un antes y un después. En un momento dado, el cansancio del joven comodorense era tal que sus manos y pies estaban congelados y le dolían mucho. La falta de aire y el riesgo de sufrir consecuencias irreversibles eran muy grandes. Había llegado el momento de tomar una decisión.

“Era increíble cómo me dolían las manos y los pies. Cuando abandoné, me saqué los guantes y no podía creer el dolor que sentía en las manos, no sabía cómo decirle al sherpa que me dolían mucho los pies y las manos, el congelamiento era extremo. Cuando salimos del campamento cuatro y encaramos para la cima, yo ya estaba arruinado por el campamento tres. Sentía los pies congelados y un ardor tremendo. En un punto, directamente no sentía los pies. Tuve que tomar una decisión muy importante. Hay gente que muere en el Everest por no razonar, por no tomar las decisiones adecuadas”, contó el deportista.

A 8.000 metros de altura, a Guerra le tocó vivir algo muy fuerte. “Vi a una chica que murió hace años. Los sherpas me contaron su historia. Ella estaba escalando y muy cansada. En un momento, se sentó a descansar y se quedó dormida. A veces se confunde el cansancio extremo con el edema cerebral, no lo diferenciás. Yo sabía que si llegaba muy arriba podía ver gente muerta, pero estaba tan concentrado en llegar a la cima, que no me importó del todo. No tenés tiempo de sorprenderte”.

“Mi sherpa me dijo que estuve muy bien, y que seguramente, si elegía una montaña más baja, la hubiera escalado sin problemas. Yo llegué a los 8.300, solo me faltaron 500 metros”, señaló el joven alpinista de Comodoro.

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Para concluir la entrevista con este medio, Joaquín Guerra hizo un último comentario sobre cómo se sintió estando en el monte Everest, su aventura más grande hasta la fecha: “Llegaban las siete de la tarde, oscurecía y yo me abrigaba mucho. No servía, porque igual me moría de frío. Cuando estás en esa situación, valorás todo, lo simple de la vida. Tener un lugar en donde dormir, una cama calentita, un pedazo de pan con fiambre, comer cuatro veces al día. Extrañás muchísimo a tu familia, compartir un momento con ellos. Estar allá, en esa situación, es algo realmente muy duro”, concluyó Guerra.

Siete días en soledad y prácticamente sin comida

La aventura de Joaquín Guerra en el monte Everest tuvo algunos condimentos que lo llevaron a vivir una situación límite. Desde el momento en el que decidió viajar a Nepal para intentar escalar la montaña más grande del mundo, Guerra supo que corría riesgo de perder su vida, pero eso no le importó y fue igualmente por la gloria. Si bien no lo logró, volvió contento, porque al menos lo intentó. En un momento del trayecto, debió permanecer solo siete días, prácticamente sin comida ni agua, algo que fue “muy extremo”, en palabras del propio deportista.

“Mi sherpa tuvo que bajar por un problema que tuvo un compañero, y yo tenía comida para tres días nada más. Tardó siete días en volver, estuve solo todo ese tiempo. Tenía que derretir nieve para tomar agua, pero en un momento, eso ya no me convenía, porque estaba tomando agua sin minerales. Durante esos siete días, esperé a mi sherpa y no subí, y el cuerpo me pasó factura, allá el frío es muy extremo. No podía aclimatarme porque comía muy poco, perdí ocho kilos de peso. Estuve con otros sherpas que estaban en el campamento, pero a la noche dormía solo”, contó el joven deportista a este diario.

Guerra estuvo muy cerca de padecer un edema cerebral y tuvo congelamiento de segundo grado. En el campamento cuatro, tuvo que usar un poco de oxígeno, y para el descenso también tuvo que usar, porque las consecuencias que había sufrido su cuerpo ya eran extremas. Él no fue el único que tuvo que abandonar la hazaña, un compañero suyo de España, que estaba altamente preparado para expediciones de este tipo, también tuvo que abandonar. El caso de un canadiense tampoco pasó desapercibido. “El sherpa también sufre, obvio, pero está más preparado, ellos asimilan mucho mejor la falta de oxígeno.

Cuando encaramos la cumbre, yo decía ‘bueno, son las ocho de la mañana, o sea que a las dos de la tarde debería llegar a la cumbre’. Tenía unas ocho horas hasta la cima, pero en ese momento ya estaba muy cansado; si seguía, corría riesgo de que me diera un edema cerebral”.

Joaquín Guerra estuvo treinta y cinco días en el monte Everest. Casi sin quererlo, pasó a la historia de los grandes libros de la historia del deporte local, porque es uno de los primeros chubutenses que intentó semejante hazaña. “Estaba muy bien de glóbulos rojos, si no, no hubiera llegado ni siquiera a los 6.000 metros de altura. Hubo cosas que me jugaron en contra, comí muy poco. Al estar a esa altura, la sangre se pone más espesa y se te empiezan a formar coágulos. En un momento, tenía las piernas llenas”. No conforme con esto, al descender del Everest, el joven se movió unos kilómetros hacia la cordillera del Pamir, en donde escaló una montaña de 7.000 metros de altura.

Sin lugar a dudas, su aventura en Asia lo marcó para siempre. Hubo momentos muy duros en los que, él mismo confesó, se preguntó qué estaba haciendo en ese lugar. “Por momentos estaba enojado. Pensaba que, tranquilamente podría haber gastado la plata en otra cosa, me podría haber ido al Caribe, pero decidí hacer esto. No me arrepiento, me gustaría volver e intentarlo de nuevo, pero tiene que pasar un tiempo, es algo muy caro de hacer”.

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