Espadas y serpientes

La Selección Argentina de Básquet hizo historia en el Mundial de China. Los “chicos” que cargaron con la comparación innecesaria -pero necesaria para el argento- con la Generación Dorada de Ginóbili, Nocioni y Sánchez llegaron a la final ante España. Un motivo entre miles para charlar con Diego Romero, el emblema de Gimnasia y Esgrima que vivió esta Copa del Mundo con su hijo de cuatro meses y que vivió, hace 18 años, uno de los sucesos más trágicos de la historia de la humanidad cuyo aniversario se cumplió esta semana.

Por Facundo Paredes / Fotos Christian Emmer

George W. Bush estaba en una escuela de Florida escuchando a los niños y a su maestra, cuando de repente le avisan que la tragedia sucedió. En el famoso video capturado por la comunicación oficial de la Casa Blanca, el hombre más poderoso del mundo en aquel momento, no parece desconcertado o al menos eso se ve por fuera. Por dentro capaz que sí lo está, capaz que no, sólo él lo sabe. Esa misma mañana, a Diego Romero también le comunicaron lo mismo en el aeropuerto internacional Hartsfield-Jackson, pero él no entendió. No sabía inglés, estaba totalmente perdido en su primer día en Estados Unidos. Había llegado a las 6 AM a Atlanta y se tenía que tomar un vuelo doméstico hacia Jacksonville, Texas, donde se encontraba Lon Morris Junior College, la universidad elegida para arrancar sus estudios y el sueño en el básquet. Ese día cambió los planes de todo el planeta Tierra. Ni el presidente norteamericano ni el basquetbolista procesaron el suceso. No tomaron dimensión de lo que ocurría en las Torres Gemelas de Nueva York y en el Pentágono de Washington DC. Salvando las distancias, pero con el mismo grado de dificultad en cuanto a su entorno, a ambos les esperaba un día largo, una semana de incertidumbre y un año que marcó su rumbo para el resto de sus vidas.

-Hace poco se cumplió un nuevo aniversario del atentado a las Torres Gemelas ¿Cómo viviste el 11 de septiembre de 2001?
-Fue terrible. La noche anterior salí desde Buenos Aires y llegué a Atlanta a las 6 AM (horario estadounidense) medio dormido. No hablaba inglés, no entendía un carajo. Cuando llegué a la ventanilla de la aerolínea para pedir el pasaje hasta Texas, leí un par de palabras escritas que me había dado mi cuñada y la mujer que atendía se largó a llorar y se fue. Yo dije: “uh, qué hice, la habré puteado”. Al rato viene un vago y me dijo que mi vuelo estaba cancelado…

-¿Y te dijeron el porqué?
-Me habrán dicho el porqué, pero no tengo ni idea. Me acuerdo patente que la gente miraba la tele y lloraba mucho. Por dentro pensé: “están todos locos estos americanos”. Me pasaron el vuelo para el día siguiente y, como a las 10 AM, me fui al centro de Atlanta a pasear para no estar todo el tiempo tirado en el aeropuerto. En la ciudad veía todo normal… normal para mí. Yo no sabía nada, me acuerdo que fui a la cancha de los Bravos de Atlanta (el icónico equipo de béisbol que compite en la MLB), caminé por la avenida principal, donde están los aros de los Juegos Olímpicos de 1996, visité el museo de Coca-Cola y hasta comí una hamburguesa de McDonald’s. Como a las cuatro y media o cinco de la tarde volví para el aeropuerto y cuando llegué vi a unas viejas peleando en castellano, entonces les mostré el ticket y les pregunté para qué lado tenía que agarrar. Me miraron y me dijeron: “¿no sabés lo que pasó? Está todo cerrado”, después me contaron y con todo este quilombo me di cuenta de que no había llamado a mi casa, pero primero averigüé el estado del vuelo hacia Texas. Esta vez me atendió otro chico y me dijo que todos los aeropuertos estaban cerrados y que me tenía que quedar tres o cuatro días con todo pago. Ahí nomás me dije a mí mismo “¿qué hago cuatro días acá?”. No sabía qué hacer, no se me ocurría nada. Por suerte, en Estados Unidos es común que haya locutorios o teléfonos, porque hay mucha gente latina viviendo ahí, entonces puse un par de monedas y llamé al tipo que me llevó (Lisandro Miranda) para que él les avise a mis viejos y a los de la universidad. Me contó que ya había hablado con mi mamá y mi papá y les explicó que no había forma de que el vuelo saliera, pero al rato me dijo: “boludo, son las cinco de la tarde, podrías haber llamado antes” -ríe- y le respondí que ¡estaba Atlanta, primera vez, salí a pasear! Después me pude comunicar con todo el mundo, me putearon un poquito, pero se pusieron contentos que al final del día me encontraba sano -entre risas-. Fue una historia de película. Totalmente perdido, alrededor mío pasaba la peor catástrofe de la historia de Estados Unidos y yo en el medio chocho, sin entender lo que pasaba.

-Y comiéndote una hamburguesa…
-Me acuerdo que fui y le clavé: “Wan cheeseburger y couk”. Así fue, indio de Misiones. Estaba re agrandado -ríe-. Imagínate, de Irigoyen a mi primer día en Estados Unidos.

-¿Cómo es Irigoyen?
-Es uno de los cuatro puntos extremos de la Argentina (en este caso, el más oriental). Pueblo chico, donde la economía se basa en la Gendarmería y en el Ejército. Mi viejo era gendarme. Están los chicos que trabajan en la Aduana, los policías, los maestros y nada más. Ponele que son 10.500 habitantes por lo que vi la última vez. Cuando nosotros estábamos allá era la mitad, cinco mil y algo, y dependíamos pura y exclusivamente de la ciudad de Brasil que está pegada. Es todo frontera seca, vas caminando y te cruzás a otro país. Nosotros hablamos primero portugués antes que castellano, es más fácil.

-Sergio (el menor de los cuatro hermanos Romero) dijo en una entrevista que miraba Cartoon Network con vos en portugués…
-Claro, los dibujitos por los canales brasileros. Veíamos más Xuxa que otra cosa. Es una cultura mezclada, en ambos lados se domina los dos idiomas. Sobre todo para los chicos. Por ejemplo, en la escuela, al principio, te costaba escribir bien porque escribías la mitad en castellano y la otra en portugués. En lengua siempre había mala nota -entre risas-. En lugar de decir “negro”, decís “preto”, o “rojo” y “vermelho”. En una prueba escribís rápido, entonces ponés lo primero que te sale.

 

-¿Cuántos años tenías cuando se vinieron para Comodoro Rivadavia? ¿Hace mucho no volvés para tus pagos?
-Vinimos en el 95, tenía 13 años. Volví en el 2014, para el mundial, porque pasé por ahí. Lo que pasa es que generalmente yo no tengo vacaciones, no te da el tiempo, y para ir hasta allá tenés que organizarlo bien. Familiares no tengo, sólo amigos de primaria. Mantengo el contacto, por eso cuando fui, estuve con ellos. Después volví en 2016, no recuerdo bien…

-¿Se extraña?
-Después de tanto tiempo… siempre digo lo mismo, extraño Comodoro. Cuando jugaba en Quilmes de Mar del Plata no me iba para allá, porque me venía para Comodoro, me quedaba todo el receso acá. No se extraña, pero cada vez que voy me doy cuenta de lo simple que es la vida. No es como vivir en Comodoro, que acá te exige trabajar y vivir el día a día, la gente está más loca, el bocinazo. En cambio, allá, a las seis de la tarde todo el mundo está sentado afuera de su casa tomando mates con el vecino. Es impagable esa paz y tranquilidad.
La primera pelota que tocó Diego Romero no fue naranja. Como Bernardo de Irigoyen es chico, no hay un abanico de deportes sobre la mesa. Fútbol las 24 horas. Tampoco había clubes, los padres armaban los equipos con chicos de la escuela que competían con los otros colegios. Pero todo eso quedó en el pasado. Hoy, Irigoyen es conocido por dos deportistas. En la Argentina, si nombrás el apellido Romero, lo primero que se viene a la mente es al “Chiquito” atajando los penales contra Holanda en las semifinales del Mundial de Brasil 2014. Eso sucede en gran parte del país, es cierto, pero hay una ciudad patagónica que, además del arquero que quedó en la historia y al quien vio sus primeras “tapadas” en la CAI, imagina a otro Romero, a su emblema, capitán, bandera e ídolo.
-¿Cómo fue tu vuelta al Gimnasia campeón 2006?
-Seguí todas las finales por las radios en internet, en esa época no había streaming ni esas cosas. Gimnasia iba ganando el tercer cuarto en Sunchales por diez puntos, era el juego cinco y, si ganaba, cerraba la serie. Hubo un corte de luz general en la ciudad (en el estado de Florida) y me fui a dormir pensando que ya éramos campeones. Recuerdo que estaba de vacaciones, ya había terminado de estudiar en mi ciclo universitario, me recibí de traductor y estaba entrenando para irme a una prueba a Italia. Al otro día, me sonó el teléfono y vi la pantalla con un montón de números, entonces sabía que era de Argentina. Atendí y era Nicolás Casalánguida desde el aeropuerto, lo primero que hice fue felicitarlo porque pensé que Gimnasia ya había ganado, aunque faltaba el último cuarto. Me contó que se lesionó Ruperto Herrera y yo le ofrecí mi ayuda, imaginé que me había llamado para consultarme sobre algún extranjero. Y ahí fue cuando me dijo que me necesitaba, que me quería, porque yo cumplía con todos los requisitos (tenía que ser un jugador nacional que no haya jugado la liga de aquella temporada). Mario Maldonado me consiguió todo muy rápido, pero yo tenía que organizarme porque una vez que salía de Estados Unidos no podía volver a entrar por la visa, ya me había recibido. Metí todo lo que pude en el bolso, regalé un par de cosas y otras las vendí, también guardé objetos de valor o de recuerdo en lo de un amigo por si algún día volvía, que después volví y lo busqué, y me vine para Comodoro. Llegué el 31 de mayo, ósea el día anterior al partido final, y entrené ese mediodía, aquella tarde y hasta esa noche. Fue sencillo la explicación de Fernando -Duró-, porque era un equipo muy dinámico que jugaba con tres bases: Cocha, Moldú y Haag. Un sistema de juego fácil de adaptarse, con un 4 tirador como Leandro Masieri. Fernando me dijo que la idea era que juegue poco, pero terminé jugando más de veinte minutos, un montón…

Te puede interesar
Gimnasia perdió en doble suplementario

-Igual siempre te caracterizaste por entregarte al grupo, no enfocarte en las anotaciones que, obviamente, suma, pero…
-Sí, sí. Desde chico que soy así. Siempre fui un jugador más de equipo que no estaba preocupado por hacer puntos. Me interesa que mi equipo gane y después vemos quién es la figura. Todos los juegos son diferentes, hay partidos que vas a tomar diez tiros y otros sólo uno. El resultado final es, en este caso, que Gimnasia gane y no quién es el goleador.

-Eras muy joven en aquel plantel. Ahora, ¿cómo tomás el rol de referente y capitán?
-Uno va tomando esa función con los años. Aprendés que no todo es correr, no todo es saltar ni todo es la fuerza. El básquet no pasa por ahí, es un juego que se toman decisiones en milésimas de segundos, es muy pensante. Por eso trato de enseñarles a los más chicos que entiendan eso lo más temprano en su carrera. Cuando ellos comprendan eso, más lejos van a llegar. Es 1+1. Si te adaptás rápido mentalmente siendo joven, hacés que todo sea más fácil. Si yo hubiese jugado al básquet que juego hoy con 25 años, hubiera llegado más lejos, porque hago los mismos puntos y rebotes que hacía cuando era pibe y fíjate que no corro con la misma velocidad ni tengo la misma capacidad atlética. Por eso los chicos que están en la Selección Argentina entienden las dos cosas, saben poner una pausa e interpretar una situación. Cuando yo era chico era todo correr, correr y correr, y tirar, tirar y tirar. Hoy trato de ser un guía para Manu Buendía, Yoanki Mensia o Bernardo Barrera. Cuando entrenamos y sacamos una amplia diferencia, les digo que pisen el freno y que el otro equipo labure para recuperar, y no que en dos carreras nuestras se nos pongan en juego. Esas cosas las asumo, trato de que entiendan que lo esencial es que gane Gimnasia. Hoy en día es difícil porque todos quieren salir en la fotito, en las redes sociales y ganar más plata. Los que ganan más plata son los jugadores que están en los equipos ganadores. El jugador que hace 11 puntos en el equipo que está entre los cuatro mejores es mucho más valorado y más importante que el jugador que promedia 20, 25 entre los cuatro últimos. Un claro ejemplo son las potencias mundiales: Lituania, Serbia, Turquía, Francia. Nando de Colo es el goleador de la Euroliga y en la selección de Francia es suplente, pero el tipo va, apoya a sus compañeros y cuando entra hace su trabajo. Eso es lo que hay que tratar en un grupo profesional.

Con 37 años recién cumplidos, Diego es el motor del “Mensana” que conduce Martín Villagrán y Eduardo Opezzo. Para la entrante temporada de la Liga Nacional, que comienza en diez días, se preparó personalmente en el gimnasio del profesor Claudio Pessolano, en Pico Truncado. Viajaba un par de días a la semana desde Comodoro hacia la ciudad santacruceña para estar a punto y, en los viajes, aprovechaba para escuchar la canción “espadas y serpientes”, de su banda favorita de rock, que la tiene representada en su camiseta.

– ¿Hace mucho nació el amor por Ataque 77?
– Creo que son esas bandas que te pegan desde muy chico, te quedan grabadas para toda la vida. Mi hermano Oscar escuchaba mucho rock y Marcos, el mayor, iba más para el lado de la fiesta, el cachengue. Y yo me fui para el bando de Oscar. Ataque siempre me gustó, tuve todos los CD. También Los Redondos, Los Piojos, La Renga, que la fui a ver millones de veces acá en Comodoro, Catupecu Machu, Divididos, Las Pelotas… Comodoro es rock.-

¿Cuál recital te quedó grabado?
-Me acuerdo que fuimos a ver a Ataque a los Años Dorados en el noventa y pico, todavía no era el año dos mil. No arrancaba más el recital y se hacía tarde. Si había 60 personas esa noche era un montón. Lo que pasó es que acá todavía no estaba el furor, pero nosotros apenas nos enteramos, fuimos a comprar las entradas y recuerdo que llegamos re temprano, pensando que iba a reventar -ríe-. Resulta que éramos pocos y, por eso, pensamos que los vagos se iban a ir y no iban a tocar. Pero pasó todo lo contrario, tocaron como tres horas, sacaron todos los temas que tenían, como si estaban en el Monumental o en el Estadio de la Plata. Lejos, uno de los mejores recitales. Después me acuerdo uno de Las Pelotas con Sokol, que la descoció toda. También cuando venía La Renga. O Catupecu cuando vino al Socios Fundadores, ese día lo invité a un amigo y quedó fascinado, Catupecu es una banda que está a mil durante todo el show, no baja la intensidad nunca.

-Y este año fuiste padre por primera vez, ¿cómo la llevás?
-Es genial, ya son cuatro meses… Román.
-¿Por Riquelme?
-No, no. Sí soy hincha de Boca y fanático de Román. Capaz tendrá algo que ver, porque tanto mirar a Boca por ahí me quedó el nombre, pero no. Fue una lista que hicimos con mi señora, cada uno tenía cinco nombres y ella igual lo tenía. Seguro fue culpa mía por el fútbol, fue un laburo fino -ríe-. No quedan dudas que es lo mejor que me pasó en mi vida, ahora estoy disfrutando cada momento, cada cosa que hace, desde cambiar un pañal hasta darle la mamadera.

-Indudablemente, ahora tu hijo es tu prioridad principal, ¿cambia la concentración en cuánto al básquet?
-No, siempre supe, por ejemplo, separar las amistades con el básquet y ser profesional. Lo que sí es que tengo que regular las horas de descanso, son más cortas. También las comidas, tienen que ser más prolijas, pero el enfoque es el mismo. Ahora tengo más trabajo en casa, pero el básquet es mi pasión y mi trabajo, así que estoy tranquilo. Es más, estamos viendo nuestro primer Mundial juntos, así que lo estoy despertando temprano, pobrecito…

-¿Sale basquetbolista o futbolista?
-Que elija el que le guste. Que va a jugar todos los deportes como el padre es seguro. Va a jugar hasta béisbol, no tengo dudas.

Comentar
- Publicidad -