¡Rorcuales a la vista!

Con cada vez mayor frecuencia son avistadas ballenas rorcuales desde el Área Natural Punta Marqués en Rada Tilly. Su presencia motivó el inicio de las primeras investigaciones sobre estos cetáceos en el área. Después de décadas de ser cazadas vuelven a poblar las aguas que antiguamente visitaban sus ancestros, las del golfo San Jorge.

(Por Daniela Zamit) Dos imágenes. Una es una foto en blanco y negro, en la que ocho hombres permanecen de pie escoltados por 16 banderas de diferentes países; dos están sentados en una enorme mesa que también ocupa todo el ancho de la fotografía. Uno de ellos firma una de las varias hojas de una carpeta mientras el otro mira a cámara. Con gesto adusto la mitad de los hombres de trajes oscuros, observa los papeles que están siendo firmados. Hay algo de “estamos haciendo historia” que flota en el aire y se estampa en el registro. Era 2 de diciembre de 1946 y luego de más de una década de intentos se conformaba gracias a la rúbrica de esos hombres, la Comisión Ballenera Internacional (CBI), el primer organismo dedicado a regular la caza y comercio de cetáceos que finalmente en 1986 dictó una moratoria que puso fin a la cacería, cuando muchas de las especies se encontraba agónicamente al borde de la extinción.

En la otra foto Melina Páez, estudiante de la licenciatura en Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional San Juan Bosco (UNPSJB), escanea con la ayuda de binoculares el mar que rodea Punta Marqués, el Área Protegida de Rada Tilly. Con el pelo al viento en una mañana radiante de verano escruta cada m2 de azul en busca de una aleta, una respiración, las huellas que deja la natación en el agua. El escaneo lleva más de una hora y se repite tres veces al día. A lo lejos divisa un grupo de ballenas rorcuales, con una mezcla de alegría y ansiedad toma el registro. Otra vez rorcuales en el golfo San Jorge.

Estas dos fotos que parecen inconexas están relacionadas tan íntimamente como una causa y su efecto. Desde que el ICB prohibió la cacería de cetáceos -ojo la batalla no está ganada- los cetáceos de todo el mundo recuperan sus poblaciones y reconquistan las aguas que antiguamente fueron sus hogares.

Entre ellas se encuentra el golfo San Jorge y Punta Marqués, ese trozo de tierra que ingresa unos 2 kilómetros dentro del mar como un buque gigantesco, se convirtió en un vigía de este proceso. La singularidad de los registros de ballenas tomados en este área protegida es la gran cantidad de rorcuales avistados. No se trata de ballenas francas, esas que se convirtieron en emblema del turismo en la provincia. Acá se ven rorcuales ¿Cuáles son? Son ballenas con barbas que integran la familia Balaenopteridae.

Los nombres en latín suelen ser complejos pero muy poéticos, balaenopteridae significa “ballena alada”, el nombre posiblemente esté inspirado en las yubartas que integran este grupo y se caracterizan por sus enormes aletas dorsales con las que parecen volar en el agua. Estas fueron la musa del film de Disney “Fantasía 2000”, en el que las ballenas volaban desde el mar hacia el cielo. El nombre genérico del rorcual proviene del noruego que significa “surcos en la garganta”, otra de las características de esta familia.

Dos ejemplares de ballenas francas en Punta Marqués.

El creciente registro de este grupo de cetáceos movilizó la presentación de un proyecto de investigación en la UNPSJB en conjunto con el Área Protegida Punta Marqués, en el que colabora la Municipalidad de Rada Tilly, Pan American Energy (PAE) y el Club Náutico Rada Tilly. De este proyecto se desprende también la tesis doctoral de la bióloga Marina Riera cuyo objetivo es realizar estudios genéticos en las ballenas que surcan las aguas del golfo.

“Los rorcuales se ven cada vez con más frecuencia en Punta Marqués, esta es un área que no sabíamos que era frecuentada por rorcuales hasta hace unos años atrás y ahora la frecuencia de los avistajes que hay en la zona hace que hayamos comenzado el proyecto de investigación para saber qué especies hay, cuántos animales son, cuándo vienen, cuántas hay, qué vienen a hacer, cuáles son sus parientes…”, sintetiza el investigador Mariano Cosacarella, director de la investigación, que trabaja en el Centro para el Estudio de Sistemas Marinos (CESIMAR) del CENPAT en Puerto Madryn.

Para el investigador el aumento de registros de rorcuales en la zona se vincula con la recuperación que vivenciaron los stocks de la mayoría de los rorcuales en los últimos 30 años. Cuando las poblaciones crecen comienzan a aparecer en lugares donde las ballenas eran vistas antes de la cacería (Ver recuadro). “No es una zona ajena a la presencia de ballenas, lo que sucede es que tardaron muchos años en regresar”, sintetizó Coscarella. La investigación comienza a sentar bases con registros meticulosos. El año pasado fueron vistos desde Punta Marqués 43 delfines, 55 ballenas francas y 133 rorcuales.

La primera dificultad que plantea este grupo de ballenas es que su identificación es compleja. “Uno tiene que guiarse por la coloración, el tamaño, la forma de nadar y de todas maneras si uno mira las guías existentes se da cuenta de que no siempre coincide con lo que uno ve en el campo. Lo que estamos empezando a hacer es poder saber cuáles son las especies y poder confirmarlo con estudios genéticos, ver cuál es la frecuencia con la que aparecen, si las diferentes especies están en el mismo momento o en diferentes momentos, si vienen a aparearse, a comer o solo están de paso. También qué relación tienen las ballenas que están acá con otros stocks de alrededor del mundo y principalmente del Atlántico Sur, cuál es el comportamiento que tienen acá y cuántas hay” explicó Coscarella desde Puerto Madryn.

“Año tras año estamos viendo ballenas con mayor frecuencia, pero no podemos decir que hay mayor cantidad porque no sabemos si son siempre las mismas las que vemos. No sabemos, por ejemplo, si estamos contando siempre al mismo ejemplar, pero sí tenemos días en los que contamos grupos de por lo menos 10 individuos y al día siguiente grupos de 20, entonces evidentemente hay un recambio o estamos viendo más individuos. Antes no lo veíamos”, cuenta Melina Páez mate en mano mientras levanta la vista y mira por la ventana del refugio de Punta Marqués con un gesto cotidiano, es el hábito de estar atenta al mar.

Si bien para su tesis de grado estudia los lobos marinos que descansan en la colonia que en verano llega a los 3000 animales al pie de la reserva, ella forma parte del equipo de cinco personas que trabaja en el área protegida e investiga la presencia de ballenas en los alrededores. El paso siguiente en la investigación será tomar muestras genéticas de la piel de los animales que pasan por el área de la reserva. “Estando embarcados con una ballesta se colecta tejido de piel, se envía a analizar y se extrae el ADN para compararlo con bancos de datos ya existentes para saber si el ejemplar ya fue identificado” explica Melina. Para identificarlas se ayudaban con fotografías pero desde el año pasado con la incorporación de un dron que aportó el municipio radatilense, los investigadores obtienen más información y más detallada.

“Con el dron vemos mucho más de lo que veíamos desde los miradores, porque podemos seguir al animal, podés ver el comportamiento que está realizando, cómo es su desplazamiento, su natación, ver patrones de pigmentación y eso es lo que nos ayuda a ver qué posible especie es la que estamos viendo en el área”, ejemplifica mientras comenta que, contra lo esperado, la semana pasada vieron rorcuales aunque no esperaban su llegada hasta el verano cuando son más habituales. “Eso nos abre la pregunta ¿son individuos que están acá en la zona y que no se van o se van y algunos quedan? Con los estudios que vamos a realizar podremos ir respondiendo estas preguntas”.

Machos, hembras y cachorros en la colonia de lobos.

¿Quién sos?

El año pasado una ballena jorobada permaneció durante casi diez días en las inmediaciones de la reserva. Comía cerca de la plataforma de los lobos marinos que se aprovechaban de los peces que huían de la enorme bocanada de la ballena, descansaba, nadaba. Cuando las ballenas permanecen cerca del área y durante varios días es mucho más sencillo identificarlas. Pero muchas veces los investigadores solo ven un soplido a varios kilómetros de distancia, en esos casos la identificación es muy difícil.

Las ballenas francas tienen callosidades sobre su cabeza que actúan como las huellas digitales para los humanos, cada una forma un patrón único e irrepetible que permite identificar no solo a la especie sino individualizar cada ejemplar. Mientras para reconocer una ballena franca solo es necesario una foto de la cabeza, en los rorcuales la identificación no es sencilla, Melina explica que “dependiendo de la especie, cambia la coloración del dorso de la cola, además tienen aleta dorsal a diferencia de la franca y cada especie de rorcual -sei, minke, fin, jorobada-tiene una aleta dorsal con particularidades”.

“Podemos determinar el comportamiento de las que están más cerca de nuestra zona pero no de las que están más lejos, si están lejos solo registramos respiraciones, pero es difícil diferenciarlas a la distancia con el viento, entonces nos concentramos más en la aleta dorsal para descartar que sea franca o rorcual, pero dentro de las rorcuales no podemos saber cuál es”. El dron se transforma en este proceso en una gran herramienta.

Las imágenes que toma Daniel Lucchetti son analizadas por el equipo cuadro por cuadro. Gracias a la calidad y cantidad de los registros en video pueden conocer de qué especie se trató, aún cuando la ballena ya no esté en el área. “Con las cámaras podíamos ver el comportamiento pero no el individuo” añade Pablo Saavedra, otro integrante del equipo de la reserva.

Equipo: Alberto Loizaga, Daniel Lucchetti, Melina Paez y Pablo Saavedra.

Las francas suelen pasar por Punta Marqués durante los meses de invierno y las rorcuales comienzan a avistarse con mayor frecuencia a partir de diciembre. Entre agosto y septiembre pudieron registrar grupos de cópula de ballenas francas y también madres con crías de uno o dos años de edad. Los años de mayor presencia de esta especie coinciden con los aumentos que se observan en Península Valdés.

Las minke que fueron registradas suelen formar grupos grandes de más de 15 individuos, en cambio las jorobadas, como máximo, se ven de a dos. Los investigadores saben que las ballenas se alimentan cuando permanecen en aguas del golfo pero no tienen datos sobre qué es lo que consumen. Melina añade que para conocer de qué especies se alimentan es necesario tomar una muestra de materia fecal, un trabajo nada sencillo.

Las ballenas avistadas se desplazan nadando en círculos o de Norte a Sur, cuando se alimentan permanecen en el lugar. Suelen ser más activas durante la mañana y retomar la actividad por la tarde. Muchas veces se las ve junto a grupos de delfines u orcas. Son varias las especies registradas en el área, hay registros de grupos grandes de delfines de risso, pero también toninas o delfín austral y oscuro.

En el Mar Argentino se están realizando investigaciones sobre rorcuales también en el canal de Beagle y en Quequén, provincia de Buenos Aires, comenzaron a registrar igualmente un aumento de la presencia de este grupo de cetáceos. En Ushuaia investigadores confeccionaron un catálogo de identificación de las rorcuales vistas en el canal de Beagle. Con los datos genéticos en Punta Marqués estarían en condiciones de saber si las que visitan el golfo San Jorge son las mismas que llegan hasta el Sur del país.

“La presencia de estas ballenas nos indica que nuestro ecosistema es saludable, nuestros estudios tienen el objetivo de cuidar el ambiente. Esta investigación nos va a abrir un panorama para ampliar los estudios en la zona, hay muchísimo para hacer”, sostiene Páez explicando que el conocimiento científico que se obtengan podrá derivar en medidas de manejo para ayudar a preservar a estas especies.

Para Coscarella la mayor presencia de rorcuales se corresponde a una nueva dinámica, una dinámica que no conocemos “estamos en un sistema que está cambiando porque las poblaciones empezaron a crecer después de que las dejamos de cazar. Tardaron unos años pero ahora estamos comenzando a ver los resultados de las acciones de conservación que comenzaron en la década del 50”. Un signo de mejora, una luz en la búsqueda del equilibrio de un ecosistema que persigue con su fuerza vital alcanzar la armonía perdida.

Tiempos de cacería

“De lo que yo me acuerdo es de haber pasado por ahí y ver una fábrica grande y ver osamenta de lobos y en una ocasión vi cómo estaban arriando una ballena. Eso siempre lo recuerdo (…) Resultaba un poquito raro. Era una fábrica, era una novedad, pero ahí había, querida, desde la Lobería hacia acá, cinco kilómetros de lobos tomando sol (…) Uno veía que era una fábrica que se dedicaba a matar lobos”, dice Doña Nieves, una española cuya estancia se encuentra varios kilómetros al sur de La Lobería y sus recuerdos se basan en los momentos en que pasaron por el lugar. Este testimonio está recogido en el trabajo “Barriles de aceite, la caza y el faenamiento de lobos marinos y ballenas en la costa atlántica patagónica (bahía del fondo, 1923-1933 )” de Patricia Sanpaoli de Bocacci, profesora de la Univesidad Nacional de la Patagonia Austral, Mágister en Historia, especialista en Patrimonio Cultural, Identidad, catalogación y criterios de conservación.

Otro testimonio es de un alemán también nacido en el Sur en 1917. Walter cuenta que la empresa C.A.B.A.C. montó una factoría en la zona de La Lobería y trabajó en la obtención de aceite de lobo de mar y sus cueros hasta el año 1928. “Luego se instaló la ballenería, ocurre que en el golfo había por temporada muchas ballenas y los productos que se obtenían de ellas eran muy buscados”. “La empresa Weigel y Bohnen consiguió permiso del Gobierno Nacional para industrializar la ballena en el mismo lugar donde estaba la lobería, readecuaron las instalaciones y comenzaron a faenar ballenas (…) Yo trabajé más que nada cuando ya no había ballenas, en el desarme del año 32 en adelante…” Todos estos datos fueron corroborados contrastados con documentación del Archivo Histórico de la Provincia de Santa Cruz y corroborados en el diario inédito de don Magnus Fratzscher, arribado a la región desde Alemania en 1908 quien fundó la Estancia San Jorge y escribió sus memorias en alemán antiguo.

Comentar
- Publicidad -