Puesta a punto de fuelles de la música popular

Eduardo Hourcade, músico, habitante del barrio cementero, es uno de los pocos y tal vez el único afinador de acordeones y bandoneones que tiene la Patagonia. Estas dos estrellas claves en el tango y el chamamé, llegan deteriorados a sus manos y con las notas en terapia intensiva. Con paciencia y muy buen tímpano para la templanza, él les devuelve la lozanía perdida.

(Por Marcelo Melo) Dos instrumentos de fuelle alimentaron arterias muy importantes en el vasto torrente musical que los inmigrantes del Viejo Continente alumbraron en la Argentina. El acordeón y el bandoneón, estrellas en el chamamé y el tango, por citar dos célebres ritmos craneados por compositores locales deluxe, acompañaron el proceso poblacional que fue dando forma al país, sus provincias, ciudades y pueblos. Y se convirtieron en la columna vertebral de música que se hizo conocida en el mundo entero.

El fuelle de Astor Piazzola enloquece hoy y hasta la eternidad, dispara armonías que cambiaron el curso del tango y se metió en todas las culturas planetarias. Ya nada fue igual desde su irrupción, su legado vive en los jóvenes que reconocen lo que muchos en su época no pudieron ver, provenientes del rock, el jazz; la polirritmia lo adora.

Pero la música popular, fuelle mediante, fue vestida por composiciones inolvidables del correntino Tarragó, por el gran fenómeno de la música nacional y popular de exportación, el misionero Chango Spasiuk, Raulito Barboza, otros próceres del folclore que en sus giras cruzando el Atlántico devuelven los sueños hechos realidad en la música popular que trajeron esos hombres y mujeres que vinieron en la mayoría de los casos con una mano atrás y otra adelante, nada más. Así hicieron “la América”.

Protagonistas de bailes populares en patios y clubes, como así también en escenarios de teatros con muchísima historia en el mundo, el fenómeno llegó a la Patagonia por los mismos caminos que abrieron los fundadores y hoy pululan emitiendo sonidos que transportan ese pasado y proyectan lo que vendrá. El temita es cuando pierden su estado de salud, cuando el sonido se embarra, se distorsiona y desafina. A lo que se suman los achaques que se amontonan en los traslados y viajes en giras, más las huellas que le imprimen las falanges en los recitales.

La lozanía debe recuperarse periódicamente, para seguir sonando como corresponde, cuestión que la audiencia no se tape los oídos.

Pero esta tarea no la realiza cualquier mortal, ni la construcción, ni devolverles el punto de afinado, quedar regulando como el motor de un V8 tras haber atravesado el quirófano de un mecánico muy avezado.

A tal punto es así en la Patagonia, que en el Km 8 de esta populosa ciudad se afinca el único afinador y reparador de fuelles.

Músico, acordeonista desde muy pequeño, tras pasar una década como alumno de la academia del profesor Baldomero Terraza, egresado como Técnico Mecánico en el Deán Funes, Eduardo Hourcade los recibe desde diversos puntos del Sur y los devuelve al dente. Algunos llegan a sus manos muy dañados, como uno que mostró a Dom, que fuera construido en 1920. Un siglo emitiendo belleza en claves de paso doble, tarantelas, por qué no destilando música litoraleña, chamamé de la Tierra Colorada.

“Soy afinador, ser luthier es mucho más complejo, es el que construye los acordeones y vaya si la Argentina tiene un apellido célebre en la fabricación: los Hermanos Anconetani, el Chango Spasiuk toca con ellos. Mucha gente confunde, yo los afino, pero lo que pasa es que meto mano para ponerlos en forma, llegan muy desvencijados y también los reparo, los dejo en condiciones, me cabría más la de restaurador, no sólo es afinarlos, es rejuvenecerlos entregarlos con las piezas rotas reparadas o reemplazadas.

Tiene muchas piezas que se rompen, tiene valvulitas de cuero que se destruyen, tengo proveedores de repuestos de Misiones, y ellos a su vez lo traen de Brasil, una poliritmia impresionante. Ellos llegan a tocar tres ritmos a la vez, las dos manos y el fuelleo” comienza describiendo el enfermero de fuelles. Y se deshace en ejemplos, ejecutando al paciente que va adquiriendo buena salud en taller.

-¿Cómo fue apareciendo ese oficio clave para que estos complejos instrumentos suenen bien?

-Soy técnico, como salí mecánico del Deán Funes, no me costó mucho indagar y empezar a meter mano. Y la primera vez fue el propio. Mi acordeón fue mi escuela, y me lo autoafiné, lo iba a mandar a Buenos Aires y con el envío sumado era un dineral, así que me largué. Y acá estamos, hoy es parte de mi sustento vital.

Para ser afinador tenes que conocer al músico que lo ejecuta, qué ritmos toca, ser cuasi músico, cada uno de ellos tiene su afinación específica, también lo hago con bandoneones, pero al acordeón lo desarmo por completo.

-¿Cuáles son los gajes del oficio?

-Es un secreto, como todo lo artesanal, y no se pasa mucho. Es un oficio, es complejo y podés hacer una macana muy grande si sos un improvisado, podés arruinarlo. Todos los problemas lo encontrás cuando lo abrís, ves el estado de las lengüetas, que van pegadas con cera, y están separadas por dos milímetros, cuando improvisan en lugar de cera utilizan poxiran y los arruinan, no digo que no tengan solución, pero es como hacerlos de nuevo. Muchos lo arruinan. Las voces salen 300 pesos cada una y me sale 500 pesos el envío, es una de las partes más afectadas siempre. Y mi primer afinada fue terrorífica, todo mal, pero las historias, las buenas, muchas veces nacen de fracasos, de aprender de los errores.

-Contás que hay un fuelle lugareño…

-Hay un acordeón chubutense, se engendró aquí, no se le hizo ningún cambio, sino en la forma de ejecutarlo, en la gente que lo toca. Los originarios tocan el diatónico de ocho botones y dos hileras, mapuches y tehuelches tocan ese acordeón, chamameseros chubutenses que tocan más valseados.

Hay dos tipos, el cromático y el diatónico, son de un laburo artesanal monstruoso. Los Hermanos Anconetani (ver aparte), fueron grosos, eran tres, el último se fue hace poco. Son muy bellos, muy decorados y suenan excelente, algunos son de los años 30 ó 40, hasta los años 70 estuvieron fabricando, si no me equivoco.

-Imagino que la mejor publicidad es el boca en boca.

-Sabía que había varios fuelles en la región porque vengo de familia de acordeonistas, primos ligados al chamamé y el tema es que arreglás uno, se corre la voz y empiezan a llamarte, porque no abundamos. Y hay que hacer bien las cosas porque las malas referencias también corren.

Me relaciono con otros en la misma profesión, de Santa Fe y Misiones y mucho para encontrar repuestos.

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De Madryn me llamaron, me han traído otros unos catamarqueños y los tiempos que se manejan son bien laxos, porque cada uno tiene sus tiempos. Un acordeón te lleva un buen tiempo, a veces para afinar una flauta –parte del instrumentoestoy dos días, siempre depende del problema que tienen. También me relaciono con casas de instrumentos, como una de Sarmiento que me los envía cuando necesitan alguna reparación.

Todo el conocimiento es autodidacta, y después me fui educando por internet, me voy manejando entre conocimiento y las diferentes necesidades de cada instrumento. Pasaron seis años desde ese primer momento con el propio y que me animé a arreglar el de otro, fue el tiempo que tuvo que pasar y sentirme capacitado.

Siempre es mejor un fuelle ablandado, que haya sido tocado un buen tiempo, las maderas van mejorando con su antigüedad, es la que alberga la resonancia. Y al fuelle lo entrego totalmente reparado, porque es el elemento fundamental.

Regresando de Marruecos a bordo del bandoneón

Juan Núñez, para el mundo de la música popular argentina “Pico”, es la media naranja de un dúo que está dejando piezas exquisitas en la rítmica litoraleña que se proyecta desde la Tierra Colorada al mundo. Son Los Hermanos Núñez, Juan y su hermano Marcos. Con periódicos viajes a Europa, primero como parte de la orquesta de Chango Spasiuk, acordeonista muy virtuoso, recién llegado de una gira por el norte africano, con muchas paradas en Marruecos, atendió la requisitoria de Dom para dar a conocer cómo se maneja para mantener en estado al instrumento que le da de comer y cubre todas sus necesidades: el bandoneón.

“Con relación a mis bandoneones tengo lutieres y afinadores, pero las afinadas urgentes las voy haciendo sobre el pucho.

Imaginate que me relaciono con él desde muy pequeño y conozco casi todos sus vericuetos. Siempre hay que ir a las giras munido de algunas herramientas y repuestos, resortes que se reemplazan a último momento. Lo vas conociendo porque va siendo parte tuya, me animo a desarmarlo, investigarlo y conocerlo.

En el plano general: de la afinación de la maquinaria se encarga Fuelles del Sur, los tanos de la afinación, dos jóvenes que te lo dejan cero kilómetro, son mis amigos y lutieres”.

Junto a su hermano Marcos, para todos “Chavo”, brillante guitarrista, un Jimmy Hendrix del chamamé, acaban de ser las figuras centrales de la décima edición del Festival de Invierno “Chamamé”, en el Teatro Oficial Juan de Vera de la capital correntina. Hoy están muy enfocados al cincuentenario del Festival Nacional de la Música del Litoral que se desarrolla todos los años en el anfiteatro de Posadas, “al que llegamos muy niños con el Chavito y nos proyectó a lo que somos hoy. Ahora estamos preparando un nuevo disco, que saldrá a fin de año, además de una colaboración con Litto Nebbia. Ya llegaremos a Comodoro, ciudad desde la que nos llegan muchas adhesiones por las redes, por suerte” se despide desde la capital misionera.

Luthier en vivo: Eduardo con Los Intermitentes, su banda actual tras su proyecto inicial “Hasta el Alma”.

Mini Bio: Las clases con don Baldomero Terraza.

“Soy nacido en Comodoro Rivadavia, con un paso de cuatro años por Neuquén, echando raíces en Ciudadela, en Manantial Rosales, primaria en la Escuela Punta Médanos y la secundaria en el salesiano Deán Funes” deja constancia la biografía del afinador del Km8. Tras culminar el colegio profundizó su faceta musical, con el rock, incorporándole un fuelle, componiendo temas, viajando y respirando el aire de su acordeón. Ha fundado dos bandas que han dejado huella, como Hasta el Alma y hoy sale a escena con Los Intermitentes. Pero su conecte con las notas musicales comenzó a los diez años, con el profesor formador de muchos talentos locales: don Baldomero Terraza, un profesor de Km5. “Un prócer que te enseñaba en su casa, con un piano, pero además tocaba el bandoneón y el violín, imaginá el viaje que nos pegábamos desde tan pendejos. Y a todos los ejecutaba muy bien, enseñaba acordeón y ahí me prendió, fuimos parte de una orquesta de 15 pibes, con búnker en el barrio Ferroviario. Estuve unos diez años, me formó totalmente, llegamos a la amistad con don Baldomero. Tocaba el acordeón clásico, con vals, pasodoble, los bailes con orquesta todo un tema en la Patagonia” rememora Hourcade.

Para pintar un mural de lo atractivo que es el mundo de la música popular, la historia de esos intérpretes pueblerinos desconocidos, que entregan momentos de alegría únicos que se lleva el viento y luego dejan en las manos del restaurador pacientes muy afectados, entrega una anécdota maravillosa. “En Buen Pasto se corta la luz a las 22 y el que lo hace es acordeonista. Se lo afiné y me dice: yo soy el que corta la luz, soy el ser más odiado del pueblo, pero ¡es acordeonista!, contrabalancea, les corta la luz, pero luego larga la música con su fuelle. Tengo primos en Sarmiento, éramos muy chicos y nos llevaban a los carnavales de Buen Pasto, mi viejo tocaba el acordeón y lo tenían tocando toda la noche, se prendían todos, tocaba dos piezas, o una, “Bailando con Acordeón”, que la toca muy bien Oscar Quintonahuel, el acordeonista ciego del centro comodorense, todas las mañanas en la San Martín”.

Historia de una pasión familiar

(Por Adolfo Martínez) Calidez y recuerdos. Sobre la base de ambos elementos transita este documental (“Anconetani: historia de una pasión familiar”) que habla de un hombre que, a los 91 años, continuaba la tradición familiar de construir acordeones.

Por su lúcida memoria se recrea la única fábrica de esos instrumentos musicales fundada por su padre, Giovanni Anconetani, a principios del siglo XX, quien había nacido en Loreto, Ancona, una región italiana especializada en la construcción de acordeones.

Nazareno, fallecido en 2013, el menor de cinco hermanos, es quien narra la historia comenzada por su progenitor llegado a la Argentina como representante de los famosos acordeones Paolo Soprani.

Al dejar de venir las piezas importadas para armar estos instrumentos como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, Giovanni funda aquí su propia fábrica de acordeones. Nazareno, quien heredó el oficio, recrea frente a la cámara su artesanal manera de trabajar y la magia de sus relatos.

Por ese taller que encierra la magia de la tarea diaria de un Anconetani siempre sonriente, que no deja un solo día de elaborar con sus manos los más difíciles artilugios de la fabricación de acordeones, pasan Raúl Barboza, Chango Spasiuk y Tarragó Ros.

Los directores Silvia Di Florio y Gustavo Cataldi lograron un film emotivo que es, a la vez, un homenaje a los inmigrantes que dedicaron su pasión y su trabajo a construir un patrimonio y una identidad cultural.

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