Víctimas narran las torturas de “Billy el Niño” en la dictadura de España

Antonio González Pacheco

Tres víctimas de Antonio González Pacheco narraron su paso a principios de los años 70 por la extinta Dirección General de Seguridad (DGS) en la madrileña Puerta del Sol, rehabilitada como sede de la Comunidad de Madrid.

Rosa María García, José María “Chato” Galante y Luis Suárez-Carreño son tres de las 18 víctimas -habrá más en septiembre- que recurrieron a la Justicia con la esperanza de agotar la “impunidad” -término utilizado por la Audiencia de Madrid- de un personaje que esquiva a jueces y fiscales al no prosperar ninguna de las querellas por torturas en un contexto de lesa humanidad.

Luis fue detenido tres años después en su casa ante la presencia de González Pacheco que, junto a sus compañeros, ya le iban “preparando” para lo que le esperaba en Sol. Eran los prolegómenos, un estadio previo por el que pasaron los tres protagonistas de esta historia, extensible al resto de las víctimas.

Generalmente arrestaban de noche, en plena calle o derribando la puerta de casa. No informaban jamás de los cargos ni tampoco de su paradero. Su estatus para el mundo exterior era el de desaparecido.

“Mi padre iba a preguntar a la DGS y le decían que allí no estaba, y estaba”, cuenta Rosa. Pasaban días sin saber de ellos. 22 Chato entre sus cuatro detenciones, 6 Rosa y 6 Luis. Ni familia ni abogados. Una vez en sus manos, “eras suyo”.

Tras ‘ficharles’, les subían a los despachos donde Billy se presentaba a base de bofetadas, puñetazos, insultos, amenazas, gritos y humillaciones. Aquello era “una barra libre”.

Su antología de la tortura pasaba por golpear las plantas de los pies, esposar a los radiadores y a la puerta, desnudarte, abrigarte mucho cuando hacía calor o colgarte de las manos, como le sucedió a Chato. “Se dedicaba a darme patadas de kárate dando grititos a lo Bruce Lee. Pensé: esto es un esperpento”.

“Te dabas cuenta de que eras un pedazo de carne en manos de unos tipos cuyo único objetivo era darte el máximo posible para sacarte la máxima información y marcarse un éxito policial”, afirma Luis.

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Esa sensación, Chato la experimentó cuatro veces por sus cuatro detenciones. “La primera es un shock muy fuerte, pero la segunda ya sabes todo lo que te espera, haces el recorrido, sabes cuándo las cosas se van a poner duras…”. Lo peor ocurría en el último piso.

Su plan no era otro que “romperte y desarmarte psicológicamente” para que cantaras. “Que te vieras en una situación tan agobiante y te desesperaras. Es el método de la tortura, no lo ha inventado él”.

Pero sí “lo disfrutaba”, porque tenía mucho afán de protagonismo, era un tipo “entregado” a su trabajo. Los detenidos no paraban de recibir golpes, Billy de darlos. No descansaba. Hacía “horas extra en la DGS”.

Sus víctimas trazan un perfil de “un torturador compulsivo, ambicioso, sádico y morboso” que “planteaba cosas siniestras y enfermizas”, un policía “sin ningún escrúpulo” y “psicológicamente insano”.

CONDECORADO TRES VECES EN DEMOCRACIA

“Eso nos ofende”, dicen. Rosa no alcanza a explicar cómo “ha sido más condecorado en la democracia que en la dictadura” -tres de sus cuatro medallas-, lo que a ojos de Luis evidencia que “ha gozado de todo tipo de beneficios en este país”.

“El que me torturó es un ciudadano ejemplar que cobra un 50% mas de su pensión en función del trabajo que hizo, ¡que consistió en torturarme a mí!”. A sus víctimas, no les basta con una declaración del Congreso, una comisión de la verdad o una investigación que no culmine en un juicio para reparar el daño.

“Queremos que pague por sus delitos, una sentencia para que Billy, de 73 años, deje de pasearse impunemente por nuestro país”, señalaron.

Reclaman una respuesta después de 44 años.

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