Toño Mera, un poeta de frontera

Toño Mera

Toño Mera: Una semana atrás presentó su último libro “Almendros”, el encuentro fue una excusa para conocer la intimdad del autor, un ser de la frontera; chileno y comodorense, técnico agrícola, militante político y militante de la palabra, lector, hacedor cultural, adiestrador de perros, observador de la naturaleza, saboreador de la vida, poeta.

(Por Ezequiel Murphy – Fotos: Alejandra González) El 15 de junio, el poeta Toño Mera presentó su último libro “Almendros”, editado por la editorial comodorense Vela al Viento. Fue una muy buena oportunidad para repasar la trayectoria de militancia poética de este gran autor de frontera. A modo también de homenaje a quien hizo tanto por el quehacer literario y por entablar íntimas relaciones entre Chile y la Argentina. Toño Mera Beltrán nació el 10 de julio de 1942 en Coyhaique. Fue uno de los fundadores de la Sociedad de Escritores de Puerto Aysén. Allí se recibió de técnico agrícola, formación que le dejó una mirada que bien puede evidenciarse en sus textos.

Llegó a Comodoro Rivadavia desde Chile perseguido por la dictadura de su país. De este lado de la frontera fue integrante del “Fogón de escritores” y “Poesía de los viernes”. Ocupó cargos en la Sociedad Argentina de Escritores y es corresponsal de la Red Binacional de Escritores. Sus trabajos han sido publicados en diferentes antologías y compilaciones nacionales e internacionales.

Primer libro

Su primer libro “Casas Brujas” fue publicado en el año 2000 y posteriormente fue musicalizado por el cantautor chileno Patricio Rossi Lobos. Durante 32 años se desempeñó en el adiestramiento de perros, oficio que ya no puede realizar dado un problema de salud. Actualmente participa de recitales de poesía y presentaciones literarias, su último libro “Almendros” es una muestra de su arte de los últimos años.

Toño es el ejemplo vivo, de que la poesía donde menos está es en los libros. La poesía es un lenguaje, que nace de una necesidad y que no puede ser reemplazado por otra cosa. “El zugun del poeta regresa siempre a esa unidad de la existencia, habla con los animales, se duele con ellos”, dice Jorge Spíndola en el prólogo de “Almendros”.

Desde que llegó a esta ciudad Toño ofició de divulgador, fue hacedor constante de la vida cultural de Comodoro. Participó de la organización de la anterior Feria del Libro que se realizaba en la escuela N°83, donde también recitaba. Leía poemas, leía a Neruda y a muchos otros poetas. Activo participante en recitales de poesía y eventos literarios de distintas características y círculos.

Cada vez que Toño se hace presente, es para visibilizar a otro, pocas veces para leer lo propio o hablar de sí, casi siempre un poema de algún consagrado y otro de un joven o una joven poeta. Así se aprecia en uno de sus poemas, del su nuevo libro: “Me iré mañana descalzos los pies por cualquier camino dejando una huella que no es la mía sino la de todos”.

Poeta activo y actualizado que se interesa por lo que se está haciendo, no es como aquellos escritores nostálgicos que creen que lo mejor ya pasó y que no hay nada nuevo que valga la pena. Pero tampoco tiene el elogio fácil, es un crítico respetuoso y sincero. Leer a Toño es leer sabiendo que se lee a un poeta, que está en los libros, pero más está en la vida, en el diálogo con la naturaleza, con todo su entorno, está en el modo de hacer poesía, con los demás.

Durante la presentación: Mera rodeado de afectos, compartiendo su poesía.

La presentación de “Almendros”

La presentación tuvo lugar en el Centro de Información Pública. Al poeta lo acompañaron dos referentes de las letras regionales: Jorge Spíndola, que también tuvo a cargo el prólogo, y Rubén Gómez, editor del libro. Con agradecimientos y remembranzas, con humor y algo de nostalgia, pero sin dejar de tener los pies sobre el presente y con la mirada al futuro, el libro se fue abriendo en boca de quienes presentaron y del propio Toño.

Para acompañar tan agradable noche, un evento con gran concurrencia, el cantor y amigo Patricio Cunningham fue musicalizando y contando historias y anécdotas que completaron la puesta. La presentación formal dio lugar a un compartir entre amigos y lectores, que hicieron una larga fila, para que el autor les firmara el libro. Escritores de la región como Hugo Covaro, Enrique Perea y otros se hicieron también presentes. Una noche muy emotiva, muy plena de legítimo respeto y orgullo. El propio Toño confiesa que le temblaban las piernas y sentía que le cosquillaba la panza. Sus ojos en todo momento mostraban la emoción, por ver su libro andar y sentir el reconocimiento de la gente.

Toño Mera

Un poeta autodidacta

Para completar este homenaje, no quisimos dejar de entrevistar a este gran hacedor. Generosamente nos invitó a su casa, como es propio de su conducta en todo momento, nos brindó su tiempo, su poesía y sus palabras, siempre optimistas. Apenas uno entra puede observar la marca del poeta, hay un cuadro del Che, un afiche de Víctor Jara, un batik de Neruda y otro de Violeta Parra. Hay libros por todas partes, hay revistas y borradores con sus manuscritos. Así habita la literatura a Toño.

-¿Cuáles fueron sus inicios en la literatura?

-Yo tengo un origen campesino y he sido y soy un buen lector. Nunca me voy a olvidar de los primeros libros serios que leí. Porque empecé leyendo novelas malas, tipo Corín Tellado. Uno o dos años leyendo eso. Hasta que me di cuenta que me estaban hueveando y de repente mi padre me dijo. “Tú lees tanto, porque no lees Memorias de un Buey”, que es de un autor chileno Pierre Faval. Yo justo también se lo recomendé a mi nieto. “Lo vas a disfrutar”, me dijo. Le dije entonces a mi profesora la Señora Josefina Aguirre, que era profesora de letras, fue una pionera.

Le dije yo contento que mi papá me había recomendado el libro. “No, no, me dijo, ese libro no, no lo leas”. Pero lo leí igual, tenía la autorización de mi padre yo tenía unos 12 ó 13 años. Es la historia de un adolescente, de un niño de campo, me sentí muy identificado con esa historia.

Me hacía reír, pero también lloré, lo compartía con mis amigos. Incluso es un libro muy inocente. Lo recomiendo igual que leer a Jack London: “El llamado de la selva”, “Colmillo blanco”, “El boxeador”, etc. Está vigente todavía. Hay un sentido ético, la observación, el silencio. Hay que mirar más, observar y poner más el oído que hablar. Es una gran satisfacción encontrarse con esa literatura. También un profesor, Don José del Tránsito Vidal Cárdenas, me enseñó a leer, era un hombre socialista.

-¿Y luego la poesía?

-Bueno, en esa época solo en el colegio. Teníamos obligación de leer a Gabriela Mistral a Neruda, José Hernández, El “Martín Fierro”, Silva, etc. pero en ese momento ninguno me llenó. La poesía la hallaba monótona. Leyendo a Oscar del Castro un escritor chileno, poeta, encuentro una poesía que se llama “El estribo”, me gustó por origen campesino y por las monturas que hacía mi padre que era talabartero. Me la aprendí de memoria.

-¿Cómo fue la experiencia de la organización de la feria del libro que se hacía anteriormente en Comodoro?

-Sí, participé desde el inicio, cuando estaba Tadeo Cáceres, ayudé. No como parte de la organización estrictamente. Trabajaba, sí. También estaba Aida Lazara y Rubén Pissani. Aida fue generosa conmigo, ella me costeó mi primer libro “Casas Brujas”. Es una poeta muy buena. Acá también estaba en distintos movimientos culturales. Hacíamos teatro, canto y poesía en el local del PC, baile también. Buenos espectáculos.

Eso fue por el 85 y 86. Muchas actividades hacíamos. También íbamos a hacer poesía a Caleta Olivia. No teníamos dónde reunirnos así que nos reuníamos en las casas. Yo lo que trabajé bastante fue con Poesía de los viernes y la Sociedad de Escritores.

-¿Por qué no publicó más libros? Pasaron casi 20 años entre el primer libro y el segundo.

-Porque a mí no me interesa mucho publicar y porque también soy muy autoexigente. Soy severo conmigo mismo y no me apura publicar. Soy exigente también con lo que leo. Si un poema no me llega, lo descarto. No me gusta el falso elogio tampoco o el aplauso fácil. La escritura es un trabajo; yo llevo cuarenta y tantos años y nunca me he sentido conforme, uno sigue aprendiendo.

-¿Cómo surgió “Almendros”?

-Tengo muchos borradores ves (me muestra sus cuadernos, de hojas amarillas y escritos con biromes y lápices de distinto tipo) están algunos descangallados ya. De ahí fui recuperando los textos. Hay textos de 1995, como este, pero tengo cosas del 76. De la época cuando se empezó a gestar “Casas Brujas.” Yo ya venía hace como tres años con la idea del libro. Pero no tengo una disciplina como otros poetas. Este libro me permitió recuperar y reencontrar la poesía.

-¿Cómo es su relación con Jorge Spíndola?

-Yo lo conocí en el 74 cuando era un “cachorrito”, siempre hablamos de poesía, en los encuentros allá en Chile. Lo empezamos a invitar a ir a allá, y lo supe siempre un buen poeta. Nos hicimos amigos.

-¿Con qué nos encontramos al leer “Almendros”?

-Yo creo que uno encuentra en el libro, mucha remembranza, mi edad también tiene que ver con eso. Ya tengo setenta y siete. Uno empieza a recordar con mucha nitidez la infancia.

Es un recorrido a mi infancia campesina, hablo de las ordeñas, los injertos, las bandurrias, hablo del cilantro, del árbol que produce cereza en verano, el arroyo y los salmones que pescábamos. Éramos varios hermanos, éramos pequeños y medianos campesinos, no ricos, nunca, con una norma en que ahí no había el hijo del patrón, trabajábamos a la par como cualquiera. Estudiábamos y trabajábamos ordeñando. En este libro también nombro a personas como Paulino Ibáñez, un tehuelche nacido en Santa Cruz que ayudó a fundar Coyhaique. En esa época no había xenofobia, como se dio después.

Pero también he sido severo con la sociedad comodorense, y lo digo ahí también, en “Casas Brujas”, en el poema “Gualato” sobre todo. (Aquí hacemos una pausa y me lee “Gualato” publicado en una antología chilena).

No mires ignora los altaneros vanidosos déjalos con la estéril arrogancia sigamos con el alimentario destino multiplicador de muchos caminos” (Fragmento de Gualato)

Hay cantos propios, que me gustan más que otros ¿No? Este es para mí muy lindo y significativo.

-¿Su formación política cómo se fue produciendo?

-Me empecé a definir poco a poco, pero primero me definí filosóficamente. Mis padres eran cristianos, mi padre era un libre pensador. Yo fui católico en un principio, pero ya con la primera comunión me revele, no quise seguir y mi padre lo aceptó. Con todas mis lecturas incluso los específicos de la ganadería, también empecé a leer algunos pensadores, leí la biografía de Napoleón. Pero de pronto llegó a mí esta cosa de la evolución, la teoría de la evolución que me generó grandes discusiones con la religión. Hasta que un día me definí y dejé de ser católico en mi época de estudiante, en un bosque de pinos en los Ángeles (al norte de Temuco). Luego en mis estudios superiores, me distinguía en los eventos culturales.

También militaba. Ahí empecé a conocer amigos socialistas y comunistas. Éramos allendistas. Ahí, ya más definido, me hice ateo, no es fácil, me llevó varios años reconocerme ateo y hasta la fecha. Después un profesor que me vio en esas actividades y me invita a su casa, él era un hombre de cuarenta y tantos, le decían “El Allende de Molina”. Tenía una gran oratoria.

Era comunista y muy honorable, era lo que sería acá un concejal, pero no cobraba un peso por eso. Tenía una hermosa biblioteca y un manuscrito en la pared, que era de Neruda dedicado a él. Era amigo de Pablo Neruda. Así fue, yo siempre fui de la juventud comunista, hasta que después vino el golpe militar en Chile. Fui muy castigado por la dictadura, me echaron, vivíamos con mucho miedo. Pero yo no he claudicado en mis pensamientos, yo creo que mis libros me denuncian.

Hay un libro que me marco políticamente mucho, “El suplicio de los avaros”. Lo presté una vez al libro y ya no volvió. Lo leí en el 61 ó 62. Era un libro de un comunista, un tipo fabuloso, me encantó ese libro.

-¿Cómo quiere que lo reconozcan o cómo le gustaría ser recordado?

-Yo creo que la poesía habla por mí y de primera me daba pudor, ahora ya no tengo pudor. Porque yo escribo visceralmente, me sale como una vertiente. Esa impresión me da. Como la lluvia, natural, yo soy un autodidacta, lo confieso por ahí en algún texto. Pero este es un oficio, que a mí me ha hecho muy feliz y me ha servido de catarsis. Yo me decidí por esto, el hacer poesía, los borradores que tengo que están amarillos, manchados, esos los va a tener mi hija. Entonces yo creo que la sencillez de mis palabras, la humildad, que hay, eso quisiera que quede. Que se reconozca eso.

Lo que aquí queda es una breve parte de la entrevista, que más bien fue una charla, donde no faltó tema de conversación: política, literatura, ciencia, amores perdidos, libros, ovejas y mares. Luego nos quedamos leyendo en voz alta su poesía y nos quedamos prometiendo encuentros. Toño, un ser de la frontera, de este lado y del otro de la cordillera, chileno y comodorense, técnico agrícola, militante político y militante de la palabra, lector, hacedor cultural, adiestrador de perros, observador de la naturaleza, saboreador de la vida, poeta.

Toño Mera

El libro: El nombre del libro se vincula a un árbol de almendras que está en la calle Belgrano. Cuando Toño trataba de adaptarse a la difícil situación de desarraigo, sufriendo además el frío e incluso el hambre, con los zapatos rotos y sin ropa adecuada. Con ganas de regresar a su patria, caminaba por la calle, lamentándose de su suerte, hasta que de pronto ve a un árbol todo blanco, de lejos le parecía que estaba cubierto por estalactitas de hielo. “Pero cuando me acerco me doy cuenta que no era hielo, sino flores. Me di cuenta que se podía vivir y florecer en climas adversos y que ya tenía que dejar de quejarme. Me acomodé a partir de allí y la seguí luchando” recuerda el poeta.

(Sobre la calle Belgrano pervive el almendro al que Toño escribe.)

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