Ataque de pánico

Es uno de los motivos de consulta más frecuentes hoy en día. De sintomatología amplia, puede abarcar mareos, náuseas, palpitaciones, dificultades para respirar, sensación de desmayo, transpiración, etc.

Se lo describe como de aparición brusca y sin causa aparente, pudiendo presentarse en cualquier lugar y momento: en la calle, en el supermercado, al ir manejando. Como un enemigo que ataca de un modo imprevisible y sin que el afectado entienda ni por qué ni de dónde puede provenir el ataque.

Siendo que nada de afuera puede justificar el malestar, no queda más remedio que pensar que el enemigo está adentro nuestro. “Eso” que nos asalta a traición, solo puede residir en nuestro interior. Podríamos pensar que se trata de una enfermedad, ¿un virus tal vez?-Y sin embargo ningún chequeo es capaz de detectarlo. Los médicos, conocedores de esta sintomatología, puede que realicen algún estudio para descartar un trastorno orgánico, pero finalmente derivan al psicólogo.

Crisis de angustia

¿Son síntomas imaginarios, me estoy volviendo loco? Nada de eso, los psicólogos lo conocemos como crisis de angustia. La angustia, como cualquier otro afecto, se expresa también con síntomas físicos. Cuando sentimos miedo, tenemos palpitaciones y sudoración, en el enojo la sangre se nos sube a la cabeza y todo nuestro cuerpo se prepara para el ataque (aunque solo levantemos la voz), nos ponemos colorados con la vergüenza, se nos caen lágrimas cuando estamos tristes y así con cada afecto que sentimos.

La angustia se acompaña de todos esos síntomas físicos que hoy conocemos como “ataque de pánico”. Solo que en este caso no los reconocemos como angustia porque no aparece en nuestra conciencia la idea que despertó la angustia, solo los síntomas físicos. Como si “por arte de magia”, la idea angustiante y sus síntomas se hubieran dividido, la idea se perdió por el camino y a nuestra conciencia solo llegaron las palpitaciones, el sudor, las dificultades para respirar, etc.

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Energía pulsante en busca de su salida

Muchas ideas o pensamientos pueden despertarnos angustia, tantas y tan diversas para cada persona, que sería difícil hacer una lista. Basten unos pocos ejemplos: “ya no me banco a mi marido/esposa”, “estoy harta de la vida que llevo”, “quisiera dejar todo e irme a un lugar donde nadie me conozca”, “gano bien pero no me gusta para nada este trabajo, no puedo más”, “estoy harta de mis hijos, no sé cómo lograr que obedezcan”. Estos pensamientos son muchas veces conscientes, y en tal caso se suelen acompañar de angustia, ya que nos plantean un conflicto a resolver. El conflicto ocurre porque nuestros sentimientos en torno a ellos son ambivalentes, y nos generan culpa. Un modo de defendernos de tan doloroso conflicto es desalojar el pensamiento incómodo, cajonearlo y olvidarnos de que alguna vez lo pensamos.

Pero no es tan fácil cajonear el afecto, porque es energía pulsante que busca su salida. Y sale en forma de los síntomas descriptos, pero privado de su significado original. Así llegamos al “ataque de pánico”, que tantos inconvenientes causa.

Enfrentar el conflicto

Para curar el síntoma es necesario atreverse a enfrentar el conflicto que a toda costa quisimos evitar. Y este es un trabajo que no será ni fácil ni rápido. Como pacientes nos defenderemos con uñas y dientes, porque si con tanto esfuerzo lo escondimos, no será fácil desenterrarlo.

Como psicólogos estamos entrenados para luchar con estas resistencias, pero no podemos forzar al inconsciente a mostrarse. Será un trabajo en el que habrá que fortalecer al paciente para que se anime a enfrentar sus fantasmas, en el tiempo en que él lo tolere. Haciendo de guía y acompañando en el proceso. Lamentablemente no existen soluciones mágicas, pero es nuestra tarea ayudar a quienes estén dispuestos a enfrentar los conflictos que le impiden vivir con plenitud.

Lic. Diana Ponce MP 0040

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