Mirta, una tejedora que hila con varas de sauce mimbre

La cestería es considerada una de las expresiones más antiguas de la cultura del hombre. Estudios han demostrado como evidencia vasijas de arcilla en los pueblos primitivos, que tenían huellas de algún cesto usado como molde para contener el barro y ser quemado.

Por ello la cestería ha sido y continuará siendo una de las principales artesanías considerada hoy como un “arte aplicada”, ya que usando técnicas tradicionales se crean piezas utilitarias, como vasijas, canastas, fuentes y hasta muebles.

Es un oficio que requiere de tiempo, paciencia y mucha práctica para dominarlo por completo, algo que Mirta Carranza, la emprendedora de esta edición, ha desarrollado con holgura y que actualmente sueña con transmitirlo mediante la docencia, para que se conozca y crezca en esta ciudad costera que ya adoptó como su hogar.

Acerca de la emprendedora

Mirta Carranza desde pequeña tuvo una vida nómade. Por momentos acompañando a sus padres, otras veces por motus propia, y una vez casada siguiendo los destinos laborales de su marido.

Nació en Catamarca en una localidad llamada Villa Vil a la cual define como “un caserío de unas veinte casas” donde hasta ser adolescente cuidaba las cabras de la familia. Luego se mudaron a Mendoza ya que su padre trabajaba en el ejército. Más tarde el destino fue Comodoro Rivadavia donde conoció a los 25 años a su esposo y con quien se mudaron, también por trabajo, a El Bolsón.

Recuerda El Bolsón como una ciudad triste ya que llegó junto a su marido y sus pequeños hijos durante un invierno muy lluvioso lo que los obligaba a vivir puertas adentro. Un día decidió salir a pasear y vio un cartel que decía que se daban distintos cursos. Le llamó la atención especialmente cestería, averiguó para comenzar y así fue.

Con orgullo manifiesta que de un grupo numeroso terminaron muy pocas por lo laborioso que resultaba y la fuerza que se necesitaba para hacer todo el proceso de manera manual.

Su profesor las incentivó a que empiecen a ir a las ferias a vender los productos así podían, las valientes que terminaran, hacer juntas un viaje de egreso. Eso les sirvió no solo para desarrollar su lado comercial sino también para contactarse con otros artesanos y poder combinar sus productos. Por ejemplo una mujer le compraba sus canastos para exponer las flores secas. Así cosechó varios clientes, otros de otras localidades como una chocolatería de Esquel y un señor de Bahía Blanca que le compraba canastos cuna.

Después de 5 años de vivir en el Bolsón están desde la primavera pasada viviendo en Comodoro Rivadavia y tratando de insertarse en el mercado local.

Su emprendimiento en Comodoro

Uno de los cambios más drásticos con los que se enfrenta es con que acá debe comprar las varillas mediante pedidos a Buenos Aires mientras en El Bolsón solo era cuestión de ir hasta orillas del río a cosechar en los meses de mayo y junio. Sin embargo cuenta que está pendiente ir a Sarmiento para evaluar las varillas de allí, lo que además de brindarle cierta holgura económica, le daría también el diferencial de ser más autóctono e inédito.

Otra diferencia que le causó sorpresa son las preferencias o gustos de sus clientes locales ya que cuenta que en la cordillera uno de los productos que más vendía eran las canastas estilo picnic, y que acá en todos estos meses solo logró vender dos. “Me resultó increíble Comodoro en el sentido que allá me compraban muchas canastas en verano para ir al río y me imaginé acá iba a ser igual para las personas que van a la playa pero no fue así” comenta la emprendedora que está en pleno proceso de conocer a su público para poder realizar los productos que más les satisfagan.

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Ahora a las fuentes les está agregando detalles de tela “totora” lo que los hace más modernos y seguirá creando hasta lograr insertarse en el mercado local ya que asegura que le encanta vivir acá y que ya no piensan irse.

Gajes del oficio

Cuenta que hacer por ejemplo un canasto mediano, no es mucho trabajo -aunque promedia unas cinco horas de tejido según indicó- sino que la parte más larga del proceso y que pone en juego la paciencia y dedicación, radica en la recolección, ya que implica ser un buen observador porque no todas las varillas sirven por igual y más tarde el proceso de remojo y secado reiterado. Una vez listas se deben pelar y “abrir” lo que significa que de una vara saldrán dos o tres más pequeñas.

Una vez obtenidas esas varas se deben planchar, hacer que queden aplastadas para recién ser utilizadas como tejidos.

Al contrario de lo que uno podría imaginar cuenta que un canasto pequeño le lleva muchas más horas de trabajo que un canasto grande ya que uno grande requiere menos trabajo de las varillas que se requieren más gruesas y resistentes.

Preparación del mimbre para el proceso de tejido

El corte debe hacerse cuando las hojas maduran y toman un color verde amarillento.
Después de que la materia prima es cosechada es transportada y se sumerge en agua con el fin de facilitar posteriormente el descortezado.

Luego del corte se debe proceder en el menor tiempo posible al descortezado de la vara, si esto no fuese posible se deben colocar las varas en agua para evitar que la corteza se adhiera a la fibra. Existen varios métodos de descortezado: a máquina, a vapor y manual.
Luego de ser descortezado se colocan las varas de algunas horas al sol, para luego terminar su secado a la sombra, ya que una sobreexposición al sol hace que el material se torne de un color verdoso.

Una vez secadas las varas pueden guardarse en un lugar fresco, con poca luz y cierta una humedad donde se pueden conservar durante varios años.

Transmitir el conocimiento

Si algo sueña en este momento es poder dar clases y enseñar a otras mujeres este oficio que a ella le robó el corazón. “Yo no sé si alguien puede vivir de esto pero yo te aseguro que todo lo poquito que ganaba en las ferias me ayudaba a comprar cosas para el colegio de los chicos y otros gastos chiquitos lo que me hace hoy por hoy ser una agradecida de la cestería y me gustaría que otras personas puedan aprender”.

Ya tiene pensado cómo hacer para que sus alumnas no “deserten” como observó en su época de aprendiz donde comenzaron veinte y terminaron unas cinco alumnas.

“Yo ya tengo pensado cómo hacer y la idea es que comiencen tejiendo y no preparando las varillas ya que esa es la parte que hace que dejen. Quiero que se enamoren de tejer y que vean sus canastas listas hechas por ellas mismas. Después ellas solas van a querer ir incorporando otras partes del proceso” asegura mientras aguarda tener esa oportunidad de dar clases cerca de su hogar en el barrio de Ciudadela.

Contacto

Su celular es 2944-584-576 y se la puede encontrar en las ferias de artesanos y las diferentes ferias que se organizan desde la Municipalidad.

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