Marina Villelabeitia, atando cabos

Marina Villelabeitia es una hacedora, sus búsquedas son incesantes y plenas de motivación. “Para mí el hacer me define y cuando se traba, me pone nerviosa; no hay nada que me saque más que las cosas que tienen un potencial de ser y se transforman en oportunidades perdidas. El hacer es un acto de rebeldía”. Así se autodefine, así se la ve. Su creatividad es obstinada, no se rinde, tiene mucho de su ADN vasco.

Juntos: Marina y uno de sus contenedores de mano.

(Por Daniela Zamit) Marina hace e impulsa a hacer, este motor la convirtió en arquitecta. “De alguna manera creo que como el diseño, la arquitectura y la planificación son imperativamente darle forma al futuro, yo siempre las veo como herramientas sumadas a la artesanía, al arte, a la creatividad colectiva, para darle forma a lo que tiene potencial de ser”, sintetiza.

Para contener e impulsar proyectos creativos creó “Atando cabos”, una plataforma de gestión y aterrizaje de proyectos vinculados al desarrollo local, desde donde hace más de una década asiste, genera capacitaciones y proyectos de interés local, pero también sus propios diseños.

Sus últimos diseños son una serie de contenedores de fieltro artesanal de lana merino patagónica. Con la colección Fuegia (foto de tapa) logró una Mención Especial en el Concurso Nacional de Artesanías organizado por el Fondo Nacional de las Artes (FNA) y el Museo de Arte Popular José Hernández, en la categoría Textil Contemporáneo.

Esta colección está inspirada en la cultura Selk´nam del sur del Estrecho de Magallanes. Fue una serie creada originalmente para ser rellenada con arena de las playas del Río Grande, Tierra del Fuego, donde se encuentra la Misión Salesiana de la Candelaria, quienes se encargaron de cuidar a los últimos descendientes de esta etnia diezmada por los buscadores de oro y terratenientes ganaderos.

Los exploradores que llegaron a estas tierras llevaron a Inglaterra a una pareja para entregarla a la Reina Victoria. La mujer se llamaba Fuegia, de allí el nombre de la serie, después de unos años los trajeron de vuelta a la Patagonia y fallecieron en la Misión de Río Grande. “Para mí Fuegia es hablar casi de un desaparecido, esto aloja la memoria de una etnia -describe Marina sosteniendo un contenedor rojo- me inspiré en los tajos verticales porque ellos tenían una ceremonia, la de los cuerpos pintados, que era la iniciación de los adolescentes, gráficamente eran una belleza. Pensé en alojar el vacío de la memoria y el concepto de la verticalidad surgió el tajo vertical del contenedor, una herida… es un componente fuerte”. El contenedor cabe en el hueco de mis manos, es pequeño, tiene algo de fragilidad que impulsa a cobijarlo.

La paleta elegida es la de los colores de la estepa, el verde y el amarillo, pero también el naranja del fuego; todos son reversibles, por fuera de color intenso y por dentro, el color del canto rodado de la playa de La Candelaria.

El año pasado esta serie estuvo rodando por el mundo. Fue seleccionada por Cancillería y el FNA para integrar una muestra que fue presentada en varios lugares de Buenos Aires incluyendo la casa de Victoria Ocampo, Roma, Beijing y Nueva York.

“Empecé con los cuencos con lo que yo llamo prácticas de espacio, construcciones textiles. No pierdo nunca mi eje que es que soy arquitecta, lo mío es el espacio, necesitaba atrapar el vacío”, cuenta.

Las técnicas las aprendió de Evelin Bendjeskov, su profesora en Buenos Aires a quien la Guerra de los Balcanes y el amor por un director de cine argentino, trajeron a la Argentina.

Marina cuenta que la lana en la ex Yugoslavia era un material de Estado, un material estratégico, como lo es para nosotros el cuero.

Las poblaciones nómades confeccionaban las “yurtas”, carpas de fieltro en las que vivían y también sus vestimentas. El fieltro lo fabricaban las mujeres con lana a la que enroscaban en un palo que arrastraban los caballos cuando se trasladaban; en el traqueteo el paño se iba amasando. Evelin estudió diseño de indumentaria especializada en fieltro en la Universidad de Belgrado y hoy vive en Tierra del Fuego.

“Nunca lo vi como un material para replicar artesanía sino algo constructivo, me gusta pensar dónde pongo las fibras, la luz, la densidad, la morfología. Empecé una búsqueda muy personal que no deja de lado mi formación como arquitecta, el manejo de la técnica es artesanal pero desde la inteligencia del proyecto y por otro lado desde la cuestión típica del diseño que tiene que ver con la serie”, sostiene Marina. Mientras el artesano confecciona una pieza única y allí reside su valor; el diseñador piensa en la innovación y en la serie, en la familia tipológica. “La innovación no está en la praxis del artesano, sí en el diseñador”, resume. El desafío es inocular innovación, rescatar oficio, patrimonio y tradición.

Los contenedores fueron para Marina parte de la búsqueda de una realización personal. Para ella la confección no solo es terapéutica sino que moviliza en ella lo que define como la “felicidad fáctica de las manos”. A diferencia de la arquitectura en la que los tiempos que lleva corporizar el proyecto son largos y que existe un desfase entre la idea y la intermediación del operario, eso no ocurre en el trabajo manual.

“El trabajo de las manos es maravilloso, no solo porque además es relajante, sino porque es un acto de rebeldía el hacer”.

Dominando las técnicas Marina comenzó a trabajar los cuencos divididos en dos grandes familias: una de boca horizontal y otra vertical, que corresponde con la línea Fuegia.

Los cuencos de boca horizontal evolucionaron en lo que llamó la línea Doberti, de colores neutros, manteca, blanco, visón, gris y negro; que se contrapone a los colores intensos de Fuegia. “Para mí son esculturas, los uso para poner condimentos, plantas, pero me gustan como objetos”. El nombre lo eligió en honor a su profesor de Morfología de la universidad.

Nuevas evoluciones

El año pasado los cuencos formaron parte de una exposición en el Centro Metropolitano de Diseño (CMD) de Buenos Aires y en el stand de Chubut de Puro Diseño y finalmente también comenzaron a venderse en la exclusiva tienda del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA).

“Para el MALBA hice una variante de los Fuegia pero gigante, los llamaba ‘Perezosos’. Les mandé uno y me dijeron que era muy grande porque la tienda es muy pequeña”.

Sin embargo este enorme perezoso se vendió enseguida, lo compró una señora para hacerse una cartera. “Vas a tener que pensar en hacer carteras”, le dijeron del MALBA donde las carteras de diseño son unos de los objetos más buscados. Marina aceptó el desafío “le voy a dar la vuelta -pensóvan a tener que ser contenedores pero de mano o de colgar”.

Como seres vivos, sus creaciones van evolucionando. “Siguiendo con la idea, con la pertinencia rural, porque no soy una empresa marroquinería, no pierdo mi eje arquitectónico-constructivo.

Cuando comencé a pensar cómo los convierto en cartera empecé a mirar herrajes y elementos que además de caros, no iban con los contenedores. La voluntad de ser del fieltro era otra y la de mi proyecto también, que es la economía de recursos, porque tiene que ver con la idiosincracia rural”.

Siguiendo la consigna de minimizar recursos, no tercearizar y no perder el espíritu de campo, Marina decantó por unas arandelas de hierro, broches imantados que permiten el cierre cruzado del contenedor y lonjas de cuero. Elementos que se pueden encontrar en un galpón patagónico.

El resultado fueron manijas con contundencia corporal. Son manijas muy pesadas con solidez identitaria. También le dio vida como clutch con una manija de madera atornillada. Como Marina lo define “es constructivo, no hay costuras. Lo resuelvo con lo que tengo, es ingenio puro, inteligencia proyectual. La serie la tengo que resolver con pocos elementos, con recursos totalmente disponibles”.

Intermediación y acción creativa en el territorio

En 2003 Marina Villelabeitia se presentó a la primera convocatoria para incubar empresas de diseño del Centro Metropolitano de Diseño en Buenos Aires (CMD) y ganó en la categoría de “Productos y servicios con identidad destinados a turismo” con los productos de cerámica “ARS” que desarrollaba junto a su cuñada bióloga Silvia González.

Estos diseños habían surgido como consecuencia de una exposición del libro que González había editado junto a María Elena Arce, “Patagonia, un jardín natural”. “Se trataba de la aplicación de ese imaginario basado en la flora natural y el libro reinterpretado desde el diseño. En 2001 mandé el primer cargamento en medio de la crisis”.

ARS fue el germen de todo las actividades y proyectos que Marina gestó. Realizó dos encuentros denominados PatagoniaOtra para pensar nuestro territorio desde la gestión del diseño, la arquitectura y el arte. En 2010 PatagoniaOtra se trasladó a Aldea Beleiro donde diseñadores, arquitectos y sociólogos tenían el propósito de trabajar junto con las comunidades para dinamizar las economías rurales promoviendo el emprendedurismo con capacitaciones y talleres en el que puedan utilizar los recursos disponibles, principalmente el ovino era de más fuerte identidad, para minimizar el desarraigo rural generando oportunidades de autoempleo, empoderando su identidad, para contener la migración por no falta de oportunidades laborales. De este impulso surgió “Patagonia bioceánica” aplicando lo aprendido en Aldea Beleiro a la curtiembre del curero de pescado, entre otras iniciativas.

Mundo petróleo

El actual Centro Cultural de Km8 era el Club Social del COMFERPET. Marina Villalabeitia realizó la restauración, intervención y reciclado del club en un trabajo al que dedicó más de diez años para un cliente particular. El proyecto fue parte del Pabellón Argentino de Arquitectura en Venecia en 2018. Fue el único proyecto de Patagonia que integró el envío federal.

Finalmente el edificio fue convertido en Centro Cultural lo que Villelabeitia valora como positivo, “el espacio del ocio, intercambio social, recreación, en esta cultura del trabajo era contado con los dedos por lo que este espacio tiene el valor es de ser un espacio para la socialización. Su trabajo de intervención del edificio fue encuadrado dentro de su investigación “Mundo petróleo, paisajes de la energía”.

Low tech Concepto: “Los contenedores de fieltro artesanal de lana merino patagónica son producciones low tech: neoartesanías, objetos con inteligencia cultural en el cruce entre la artesanía y la producción semi industrial. Pueden ser interpretadas como construcciones textiles que incorporaan diseño bajo un sostema de patrones que resignifica la sustentabilidad y la ecología cultural”.

Vidriera: Además de la tienda del MALBA, desde el aniversario de Comodoro Rivadavia los contenedores están a la venta en Tienda Más del Hotel Austral y desde el Día de la Mujer en los dos locales de Buenos Aires -Recoleta y Palermo- de Solsken. También se puede contactar a Marina a través de Facebook.

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