Los adolescentes y los límites

Leí en internet que la madre de una hija adolescente disgustada porque -pese a haberla criado con amor- la chica tenía comportamientos cada vez más insolentes, y decidió castigarla por un mes: dormirá en el piso para que valore que tuvo una cama, en su placard tendrá solo tres conjuntos de ropa, para que valore el esfuerzo que hicieron los padres para comprarle lo que le gusta. Tendrá que ocuparse de lavarla y plancharla a mano, para que valore el hecho de tener lavarropas y el trabajo de la madre. Se le retiran celulares, tablets y televisor para que aprenda a entretenerse sin usar tecnología y a leer libros.

Este posteo, publicado en redes sociales, dio lugar a muchos elogios y a otras tantas críticas.

Lo primero que me surgió al leerlo fue qué entendería esta madre por “educar con amor”. Y enseguida pensé en un malentendido imperante en la sociedad actual es que por amor se entiende darle a los hijos todos los gustos y no reprimirlos. Este tipo de amor se llama sobreprotección y lo que logra es que los hijos se sientan amos y señores, que entiendan que los padres tienen todas las responsabilidades y ellos todos los derechos y que no tienen que hacer ningún esfuerzo para obtener lo que desean. Estos padres, como el genio de la lámpara de Aladino, se colocan en el lugar del que da sin esperar ni pedir nada a cambio. Si ponemos a los hijos en el lugar de “reyes”, quedamos ubicados en el de sirvientes. Después no esperemos que nos respeten, ni nos valoren. Lo que fácil se consigue, no se valora.

La principal función de los padres es educar, el amor no consiste en darles todo, sino en prepararlos para la vida. Y la vida no le regala nada a nadie, nos exige esforzarnos para poder lograr lo que necesitamos. Poner límites es dar amor, el amor que necesitan para crecer.

Los padres de antes, los que con una sola mirada ponían a los hijos en su lugar, son recordados con respeto y cariño. En el mundo actual, el respeto no está a la orden del día, tampoco la educación ni los buenos modales. Muchos padres han dejado de ejercer su función como educadores y esa ausencia se hace sentir. La rebeldía adolescente es natural en esa etapa en donde expresa el deseo de independizarse en el camino hacia la madurez.

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Lo natural en los padres, en función de educadores, es moderarlos en un tira y afloje en donde el hijo lucha por tener privilegios (salidas, horarios de regreso, libertades), y los padres aflojan y tiran de la soga. El adolescente en este interjuego, aprende a negociar, a argumentar, a convencer, a hacer esfuerzos para lograr lo que desea. Esta negociación implica un aprendizaje que le va a servir en la vida adulta, en donde las “negociaciones” serán más duras (por ej. para lograr un aumento de sueldo, para negociar acuerdos en el vínculo de pareja). Cuando los padres -en lugar de tirar de la soga- estimulan la rebeldía, no están educando. Se están poniendo, ellos mismos, en rol de adolescentes, de amigos. Los chicos no necesitan la amistad de los padres, tienen su grupo de pertenencia. Necesitan -en cambio- adultos que los guíen en su crecimiento y que les sirvan de modelo en su vida.

La madre del ejemplo decidió tomar las riendas en la educación de su hija insolente, entendiendo que su “educación con amor” no la estaba ayudando a crecer. Un cambio que no es fácil pero sí necesario.

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