El Centro Cultural de Km. 8 toma vida

El viernes pasado quedó inaugurado el Centro Cultural de Km. 8, una obra de restauración que estuvo a cargo del Estudio 3S LAB Arquitectura, diseño y planeamiento estratégico urbano. Un lugar que, sin duda, viene a saldar una deuda con los vecinos, desde el cierre del Cine de Comferpet.

Ante el mal estado en que se encontraba el edificio, el estudio se planteó -en un primer momento- la demolición, sin embargo trabajaron arduamente, con el deseo de dejarlo en pie como testimonio de la historia del barrio.

Se realizó para ello: la consolidación estructural con refuerzos en hormigón armado y perfiles IPN; la reconstrucción de planos murarios portantes utilizando los ladrillos originarios; el techado de las grandes superficies con cubiertas metálicas nuevas, siguiendo las líneas del proyecto original; nuevas carpinterías en madera; postigos y celosías en chapa oxidada; refuncionalización de entrepiso y terraza con sistema de construcción en seco; nuevas instalaciones y solados y la redefinición de espacios exteriores y paisajismo.

Dada la magnitud de esta obra, fue presentada en la Bienal de Arquitectura de Venecia 2018 y ha sido publicada en el libro Principios de la primera bienal de arquitectura de Argentina BIA-AR 2014, y en 2018 durante 7 meses exhibida y publicada en el libro de la Bienal de Arquitectura de Venecia.

Marina Villelabeitía, quien pertenece al estudio encargado de la remodelación del centro cultural, explicó que esta obra “es parte de una serie de intervenciones que abordan la relación entre el patrimonio industrial y la dimensión cultural del territorio: el problema de las ruinas y equipamientos desafectados por los procesos de reconversión productiva en la cuenca petrolera del Golfo San Jorge. La novedad de este enfoque radica en poner en relación el concepto de patrimonio histórico con los restos materiales de la industrialización, reformulados como bienes culturales en su triple condición de recurso para la dinamización socioeconómica, memoria del lugar y seña de identidad colectiva”.

Un poco de historia

La historia de kilómetro 8 nació el 28 de septiembre de 1911, cuando se obtuvo el permiso para realizar una explotación petrolera en la zona. En principio, se instaló un grupo de hombres, quienes vivían y trabajaban en condiciones muy precarias, logrando escasa producción minera.

En 1915 comenzó a producir el primer pozo de petróleo en Kilómetro 8 y en 1917 ya eran 120 los habitantes del sector. En 1920, la Compañía Argentina del Petróleo quedó en calidad de empresa subsidiaria de Ferrocarriles Sud, Pacífico y Oeste, transformándose en Compañía Ferrocarrilera de Petróleo, con capitales ingleses, dando comienzo a una gran actividad industrial.

Ante la falta de viviendas, durante los primeros años, los operarios dormían en carpas y casillas de madera. Más tarde se construyeron cinco pabellones de chapa y madera. Cada uno tenía 12 habitaciones y se instalaron también comedores denominados “gamelas”. Este Edificio se conoció como la Gamela Yurrebaso, que contaba con la gamela, la confitería y el cine-teatro.

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Aquí se pasaban películas mudas, en blanco y negro, los vecinos asistían también a fiestas bailables y a los actos escolares de la Escuela Nro. 50 (hoy Provincial 126) y estuvo habilitado como tal, hasta la inauguración del Cine Teatro Comferpet en 1946.

Desde ell estudio de arquitectura, responsable de la recuperación de este edificio, señalaban que “es un exponente de las típicas construcciones industriales ladrilleras implementadas por las empresas petroleras fundacionales para alojar funciones sociales en las distintas locaciones, cuyos materiales eran traídos en barco desde el exterior”.

El mismo “se encontraba en estado de ruina absoluta, quemado, sin cubiertas ni aberturas y totalmente abandonado”.

Por eso, es importante destacar la labor y el compromiso hacia la comunidad barrial, tanto del propietario, como de los profesionales a cargo de esta obra, al hacer frente al arduo trabajo, dedicación y esfuerzo de restaurar un edificio de estas características, otorgándole la Municipalidad de la ciudad una nueva función social y cultural.

Observar a los antiguos vecinos del barrio entrar a este nuevo Centro Cultural, con ojos vivaces, buscando entre estas paredes, pequeños detalles que le recordaran aquello que fue la gamela de Yurrebaso; escuchar relatos y verlos incluso emocionarse, recordando algún baile, una película, un beso, una declaración de amor… permite sin duda a quien lo hizo, sentir que la tarea está cumplida.

Se trata de un edificio, reflejo de un tiempo lejano del barrio. No hablamos de un “simple rescate”, sino de una puesta en valor, con una visión más compleja, porque deja reflejado cómo la sociedad se apropia de su historia y hacen uso de este bien.

 

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