Respetar al soberano

Fabio Quetglas.

Las reglas electorales y el marco regulatorio de las campañas son algo serio en una democracia. De la calidad y el cumplimiento de los mismos depende, en gran parte, la legitimidad de los representantes electos y la confianza de los ciudadanos en el sistema político.

No hay sistema de representación perfecto, todos tienen ventajas y desventajas, y en ese sentido los ajustes orientados a que el sistema refleje de mejor modo la voluntad de los electores o garantice una gobernabilidad más estable, ocurren frecuentemente en todas las democracias.
Lo que es una particularidad argentina que parece agudizarse de un modo patológico, es “acomodar” en cada elección algún tipo de aspecto de las reglas, con ningún otro sentido que favorecer a quien detenta el poder.
Ahora mismo, luego del fallo de la CSJN en el caso Santa Cruz sobre la constitucionalidad del régimen de “ley de Lemas”, donde el máximo tribunal determinó que la forma de elegir autoridades provinciales es un asunto que no compete al orden federal; varias Provincias parecen aprovechar el impulso e incorporar la Ley de Lemas como mecanismo en la próxima elección.
La pregunta inevitable es: ¿esa reforma mejora la representatividad o la gobernabilidad?
Decididamente NO, esa reforma o bien se orienta a resolver disputas internas de los oficialismos, o bien decididamente a desnaturalizar la voluntad de los votantes.
En otra línea de manipulación, en La Rioja se convocó a una consulta en el mes de Enero para avalar una interpretación constitucional amañada.
En Córdoba se aprobó un régimen electoral, y estando el mismo aún flamante y sin usar se lo dejo de lado, sencillamente para buscar una fecha electoral (supuestamente) mejor a los intereses del oficialismo.
A los cambios inexplicados habría que sumar los casos de reglas horrorosas y estables, como las Provincias donde las aulas escolares quedan pequeñas para dar lugar a la cantidad de boletas que disputan.
Es difícil recuperar la confianza pública, si cada partido lo jugamos con un reglamento distinto o con uno imposible de comprender, al punto que los participantes ya no saben a ciencia cierta como eligen.
La estabilidad y calidad de las reglas electorales, entre otras cosas, permite que los electores (al conocer las mismas) puedan hacer un uso racional de las opciones.
Cualquier acuerdo político futuro, debería incluir un marco razonable sobre los procesos electorales con el horizonte puesto en procesos más claros.
La manipulación de las reglas electorales son un modo de desvalorización de la voluntad popular y una fuente de desprestigio democrático insalvable.

Fabio J. Quetglas
Diputado Nacional (Provincia de Buenos Aires / UCR Cambiemos)

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