Cristian English arte arte arte

Hay músicos, hay pintores, hay escritores y hay artistas, esos que hacen todo. Cristian es uno de ellos. Sus obras tienen ritmo, su música colores, sus palabras poesía y él, magia.

(Por Flor Nieto) – Todo lo que toca se transforma en arte. “Aquel que no vive para servir no sirve para vivir” dice y pinta a pedido. Pinta cuadros, murales, growlers. Pinta todo lo que se pueda pintar. Una réplica de su obra estuvo colgada en la casa del mismísimo Charly García, el premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel guarda uno de sus bocetos. Hace arte, Hace videos, hace música. Su primer disco, El viejo entre los animales, reunió a íconos y promesas del Rock Nacional. “Si lo sueño es por algo” canta, y claro que sí.

-¿Qué sucedió primero la música o la pintura? La pintura. En realidad el dibujo.

Mi vieja es docente entonces cuando hacía carpeta nos ponía a dibujar. Nos daba unas lapiceras Bic, azul, verde, roja con suerte, negra. En el mejor de los casos teníamos esos lápices de colores que cuando les sacás punta se rompen. Así que era una aventura poder hacer algo lindo. Si no agarrábamos crayones con mi hermana, que también pinta, y los derretíamos con velas. A mí nunca me gustó pintar, siempre pensé que no sabía porque claro, usaba materiales de mala calidad -risas-. Pasó el tiempo, entré a la Escuela de Arte y tenía que elegir entre plástica y música. Frente a esta situación, que para mí era la realidad, elegí música. Ahí empecé a estudiar con Morelli. Tenía coro, flauta, audioperceptiva, entonces la verdad que me enamoré de la guitarra.

¿Y cómo fue aprender guitarra con Alberto Morelli?

Estuvo buenísimo. Morelli es un capo. La verdad que un fenómeno, buen tipo. Él enseña con el método de Irma Costanzo. Ahí empecé a tocar la guitarra. Hasta ese entonces yo dibujaba a mis compañeros, venían y me pedían que los retrate.

-¿Cuántos años tenías?

Y…hasta los 12. Ahí empecé con la guitarra y una vez que agarré la guitarra no agarré nunca más un lápiz. Encontré lo mío y le di. Empecé a avanzar mucho más que mis compañeros, eso también me hizo sentir más animado a aprender más. Dejé el dibujo y no lo agarré hasta los 23 años.

-Con 23 años te fuiste a Europa acompañado por tu guitarra…

Me fui a Buenos Aires a estudiar Recursos Humanos, porque bueno, había que estudiar algo para tener un trabajo. La idea que uno compra cuando es chico, lo que te venden. A la mitad de la carrera entré con una pasantía al sector de liquidación de sueldos de una empresa, pero mi expectativa era otra. Yo no quería liquidar sueldos. De repente pasaron 2 años, me pasaron a planta permanente, trabajando 9 horas por día. Tocaba en 2 bandas, con Jay Mammón y con una banda de unos locos de Buenos Aires, el batero era de Comodoro, se llamaba Luxor. Tenía expectativas pero no llegó a ningún lado. Las dos bandas se desarmaron y me quedé en la nada. Estaba sin banda y con un trabajo que no me gustaba. No tenía tiempo para practicar, me la pasaba laburando, llegaba a cualquier hora y no tenía vida, imaginate, trabajaba de liquidar sueldos. Agarré, mandé todo a la mierda y me saqué el pasaje a Madrid. 3 meses, 83 días. Me fui con la guitarra por las dudas: “Si me animo toco, si no, no”. Ya la primer noche me encontré a un argentino tocando la guitarra, me senté con él y de repente ya estaba tocando. Me mantuve con eso durante el viaje. Toqué en casi todas las ciudades que estuve, en 5 países. Viajé solo así que hacía lo que quería, o lo que podía. Aprendí muchísimo.

-Un viaje siempre significa un cambio ¿Cómo volviste?

Como pintor -risas-. Me acuerdo que fui al Museo del Prado, en un momento miro y estaban Las meninas de Velázquez. Es un cuadro grande, prácticamente un mural sobre un lienzo. Está Velázquez, se ve él en el espejo, están las meninas, el perro, el rey y la reina, toda una historia. La verdad que en persona es increíble, es una foto. Es maravilloso. Te acercás y ves las pinceladas. Eso me impactó, yo no pintaba y sin embargo me quedé fascinado mirándolo. Saturno devorando a su hijo de Goya, esa pintura me impactó mucho. Después vi Los girasoles de Van Gogh en Londres, el Museo Reina Sofía está el Guernica de Picasso. Conocí otra realidad en Europa, que no es tan distinta a la de acá pero es otra. Cuando volví justo mi hermana estaba haciendo retratos y me invitó a pintar. Yo era medio reacio, la pintura era una frustración que tenía, no quería. Mi hermano se puso a pintar, quedé solo y dije: “Ya está, me pongo a pintar con ustedes”. Él se fue a mirar la tele, ella le aflojó y yo seguí y no paré más. El segundo dibujo que hice lo vendí.

-Tu obra de Charly García se viralizó por todos lados ¿Casualidad o estrategia?

Hubo algo de estrategia, sí. Cuando lo pinté, lo primero que hice fue mandar a imprimir mil postales. Se lo mandé al manager de Charly. Le dije para regalarle el cuadro a Charly pero es muy difícil. Más ahora, en los últimos 10 años. Quedamos como que sí, pero quedó ahí. Agarré y lo subí a todos los grupos de Charly y en alta definición a Google. Eso también hace que salga primero en las búsquedas. Lo subí a Taringa, a todos lados, yo estaba difundiendo. De repente la gente lo ponía de foto de perfil, hice un video de cómo lo pinté, de principio a fin. Cuestión que pasó el tiempo, estaba en un bar que ya cerró, que iba gente re interesante. Tenía dos pianos, guitarras, podías ir y zapar. De repente, estábamos tocando la guitarra con una mina, la conocí en ese momento. Toca una canción de Charly, le digo: “Ah mirá, yo lo pinté a Charly”, le muestro el cuadro y la mina me dice: “¿Vos pintaste eso? Ese cuadro estuvo colgado en lo de Charly por años”. No me olvido más, se me puso la piel de gallina. Ahí me contó que ella es artista plástica y colaboró en la contratapa de Sinfonía para adolescentes, de Sui Generis. Dijo que el cuadro estuvo colgado mucho tiempo y que después lo grafitearon y terminó en un basural. Era una réplica, era una impresión. El cuadro lo pinté en el 2010, en un bastidor de 60×60, ni me fijé en las medidas. En el 2011 salió el disco de Charly 60×60. Justo al año siguiente cumplió 60 años, hizo un show con 60 canciones y se llamó 60×60.

-¿Y el original?

El original lo tengo yo. Estuvo colgado en algunos lugares pero menos mal que no se lo regalé, mirá si terminaba en el basural. Lo transformé en mural en Caballito. La comuna lo llamó a Charly, al manager, para que vaya a la inauguración, no fue pero sabe que existe.

-Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz, tiene un boceto de tu obra ¿Nos contás la historia?

Eso fue hermoso. No sabía muy bien qué hacer, estaba pintando retratos, en crisis, me iba a volver a Comodoro. En un momento me pongo a laburar sacando fotos en un evento en la Embajada de Chile y nos pusimos a hablar con la mina que estaba filmando, le cuento que pinto, pegamos buena onda y al otro día me etiqueta en un flyer: buscaban muralistas. Me presenté, me dijeron: “Mirá, cierra mañana, venite con un boceto. Presentate y si quedás, quedás”. Me pareció re loco, dije: “Esto es una señal”. Cuando voy, llevo la foto que quería pintar. Le mostré mis cuadros, hice un boceto de Adolfo Pérez Esquivel. A la mina le gustó pero dijo: “Mirá, vamos a ir a verlo a Adolfo, vamos a llevarle todos y que elija”. Fuimos a verlo, yo no le dije cuál era el mío y lo eligió. Él es muralista así que buena onda, se lo regalé. Lo pintamos en el Hospital Rivadavia. Ahora ya no existe más, es una pena pero es lo que tienen los murales.

-En el Paseo de la Fama, distrito Audiovisual, pintaste murales basados en El secreto de sus ojos, Gitano, Esperando la carroza, Tango Feroz, Relatos Salvajes y Un novio para mi mujer ¿Qué te llama del cine argentino como para pintarlo?

A mí me encanta el cine, la cultura argentina me gusta mucho. De hecho cuando estuve en Europa yo elegí volver. Tuve la posibilidad de quedarme, me habían ofrecido ir a Andorra a laburar pero me quise volver. A nivel cine somos referentes en el mundo aunque nadie pueda competir contra Hollywood. Son películas muy lindas pero en este caso no las elegí. Fue una convocatoria del Gobierno de la Ciudad. Se presentaban bocetos y la gente votaba en las redes sociales.

¿Los murales te llaman?

A mí me gusta trabajar a pedido. Hay una frase muy linda que dice: “Aquel que no vive para servir no sirve para vivir”. Es conocida. Creo que de eso se trata la vida también, de hacer algo para ayudar al todo. En el Kin Maya yo soy de azul, soy transformador. No creo en la realidad, yo la transformo. Ese es mi rol en la vida. Agarro algo, lo mejoro o por lo menos lo llevo hacia donde creo que es el mejor lugar. Trabajo a pedido, me gusta que me digan: “Mirá, acá me gustaría que me hagas un perro”, “¿Qué perro?”, “Este” y pin, elijo la foto que más me gusta y lo pinto. Es la forma en la que trabajo.

Los Growlers también…

Sí, aunque pinté algunos por mi cuenta. El de Maradona y el de: “Dice mi mamá”. El de Maradona lo uso, se la re banca, también hay que ponerlo a prueba -risas-. Los primeros los pinté para Barket. Uno de los dueños me pidió que hiciera a los jugadores históricos de la selección y fue virando.

-Vamos virando porque hay mucho para charlar. Mediante Panal de Ideas, financiaste tu primer disco…

Amanda Palmer hizo una Charla TED, es una genia, se llama: “El arte de pedir”. Ella cuenta que hizo su disco con Crowdfunding, financiamiento colectivo, y me pareció alucinante. Ella se dio cuenta de que a la gente le gustaba ayudar pero que no sabía cómo. Estas plataformas son geniales. Me tomó un año preparar todo, hasta que hice el video, lo edité, junté a los músicos, conseguí el estudio, todo eso llevó tiempo. Era todo o nada. Si no llegaba al 100% no cobraba nada. No puse el total del disco, me salió el doble pero ya tener la mitad es un montón. Con lo que cobré pagué el estudio, el trabajo del productor musical y a los músicos. Ahora estoy juntando el dinero para terminarlo porque en este último año aumentó todo.

-Trabajaste con Anael Cantilo, Esteban Morgado, Miguel Cantilo, Kubero Díaz, Felipe Barrozo ¿Qué aprendiste de figuras tan icónicas del Rock Nacional?

Todo y de todos. Cada uno fue distinto. Morgado se sentó y en dos horas ya estaba la canción lista. Grabó cosas de onda, fuimos charlando, me contó su trayectoria. Yo no lo podía creer. Grabó en el último disco de Goyeneche. Un animal. Kubero Díaz, que fue guitarrista de Los Abuelos de la Nada, fue profesor de guitarra de Skay. Me quedo con las historias, además del hecho de haberlo cumplido. Yo quería grabar con ellos pero no los conocía. De repente, a Cantilo me lo encontré en la puerta del edificio. A Felipe Barrozo me lo encontré en un evento, en La Casa Surrealista, yo estaba pintando y él tocaba. Esas cosas son maravillosas, en definitiva te da fe. Te da la esperanza de que si se quiere se puede, solo hay que tener paciencia y enfocarse en que eso se cumpla.

-Además de creatividad tenés una visión comercial, quizás sin querer queriendo ¿Lo aprendiste o es inherente?

Mi viejo siempre trabajó en empresas y tiene esa mentalidad. En las cenas se hablaban de esas cosas y yo las asimilaba. Después estudié, trabajé en empresas, entonces eso me dio una visión de cómo se trabaja en una profesión. La teoría de la contingencia, pensar siempre un plan b, ese tipo de cosas te hacen armar la estrategia de otra manera. Conocer la Ley de Atracción me hizo un click. Ya pasaron varios años pero un día vi la película What the Bleep Do We Know ¿Y tú que sabes? Fue un antes y después. Después vi El Secreto, que explica más como Sprayette pero muy bien. Ahí entendí y empecé a aplicar la ley de atracción. De hecho el disco está basado en eso y en la programación neurolingüística.

-¿De qué se trata El viejo entre los animales?

Son 12 canciones que las pensé para usarlas en mis videos. Me filmo pintando y después hago un video. Primero usaba las maquetas pero me di cuenta de que el video estaba mejor que las canciones. Al estar grabado en mi casa era todo más rústico, pero le metía batería, bajo, teclado, guitarra, voces, coros. Ahí empecé a concebir la idea del disco porque tenía canciones sueltas. Tenía que haber un conector. Comencé a analizarlas, a ver por dónde venía la mano. Ahí me di cuenta de que si bien no eran tristes, tenían bastante melancolía. El Rock en general tiene eso. Con las canciones, lo que estaba haciendo era crear mi realidad. Tenía una que decía: “Sueño con perderme en esta historia de locura, maldita compañía. La cordura fue extraviada, la razón una visión distorsionada”. Me pareció re bajonero, todas palabras fuertes que a nivel de la programación neurolingüística juegan en contra. Agarré y dije: “Tengo que aplicar la ley de la atracción en mis canciones”. Se transformó en: “Vivo conectado con la eterna sincronía y el mundo se hizo magia. El presente se organiza cuando creo intensamente en mi destino” y es mucho más lindo -risas-. Eso me abrió un escenario distinto, cambiás un par de palabras en una canción y cambia todo. Una vez estaba viendo Encuentro en el Estudio con Lerner y dice: “Hay que ser valiente para cantar canciones de amor”. Y sí, tiene razón, te la tenés que bancar. Cantar canciones tristes canta cualquiera. Yo canto lo que me gustaría que sea mi vida, lo cual no quiere decir que sea color de rosa pero cada vez es más linda. Es una propuesta artística también, yo quería escuchar música feliz pero no feliz de amor, sino que levanten el ánimo.

-No Color Esperanza en repeat…

Claro, tal cual. Canciones que me la suban pero que hablen de cosas


Los recomendados de Cristian

Un disco Fuerza Natural de Gustavo Cerati.

Un libro La novena revelación de James Redfield.

Una obra de arte Las meninas de Velázquez.

Una película What the bleep do we know.

Una frase “Si lo sueño es por algo”.

Un deporte Una disciplina, Tai chi.

Un momento del día La noche -risas-.

Un paseo por Comodoro El Faro.

Un paseo por Buenos Aires La Boca.

Un lugar para encontrar paz En tu interior.

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