Media vida bajo el mar

Luis María Pereyra es un personaje clave de la historia del buceo en la región. No solo para el tiempo recreativo -fue uno de los fundadores del Club Neptuno-, sino como trabajador. Luis Reparó barcos en alta mar, participó en la construcción de los puertos de Comodoro Rivadavia, Caleta Olivia, Punta Quilla y Caleta Córdova; además de ponerse al servicio de la instalación de las primeras boyas suecas para volcar a los barcos la producción petrolera. También montó la seguridad en las plataformas de la Total y Sipetrol en el Estrecho de Magallanes. Multifacético, creó la materia Buceo en el Biología Marina, se desempeñó como preceptor en el Liceo Roca, trabajó en el Banco Provincia y en el Juzgado de esta ciudad.

(Por Marcelo Melo) “El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie los hombres podrán aplicar leyes injustas, pelear, destrozarse unos a otros. Pero a 10 metros bajo el nivel de las aguas, cesa su reinado, se extingue su influencia y desaparece su poder. Sólo ahí existe la independencia. Ahí no reconozco voz de amo alguno. Ahí soy libre…“. Desde 1870, Julio Verne y sus “20.000 Leguas de Viaje Submarino” vino a incrementar, por ser sumamente desconocido, el misterio y terror a las profundidades marinas, haciendo muy elástica la fantasía de los mortales de la superficie terrestre.

Promediando la década del 40 del siglo pasado, los monstruos marinos -esos narvales que arremetían contra las embarcaciones llevándolas hacia el lecho marino y provocaban las fabulosas expediciones profesor Arronax a bordo del incomparable Nautilus del particular capitán Nemo- se desvanecieron. Apareció otro francés a exponer los escenarios vedados a la mirada humana y los prodigios naturales del mundo de agua salada en las pantallas de la tele. En 1950, el Capitán Cousteau compró el Calypso, un antiguo dragaminas de construcción americana. Lo transformó en un barco oceanográfico más famoso que navegó por todo el mundo.

Una vez que el maravilloso mundo acuático fue develado por Jacques, los misterios de las profundidades fueron despejados. Cousteau nos dejó azorados a todos y demostró que la naturaleza desconocida deja boquiabierto aún más que la imaginación de uno de los autores más fantásticos que ha dado la historia de la literatura.

Hoy DOM homenajea a un hombre que transitó media vida bajo el agua, que ha descubierto el oficio del buzo desde la faz recreativa con la caza submarina pero que también, rodeado por un universo adverso a la vida humana, puso su tesonero trabajo en obras de gran relevancia para toda la región patagónica. Luis estuvo al servicio de la construcción de los puertos de Caleta Córdova, Comodoro Rivadavia, Caleta Olivia y Punta Quilla (ubicado en la margen Sur de la ría a unos 17 km de Puerto Santa Cruz, conectándose con la ruta nacional 288 y a unos 4,5 km de la desembocadura del río Santa Cruz en el Mar Argentino). Y, por si esto fuera poco, en las las plataformas petroleras de la multinacional francesa Total y la local Sipetrol, en el Estrecho de Magallanes.

Luis María Pereyra, ante todo, hoy con 74 años –su reloj biológico no va acorde, su reflejo en el espejo atrasa, no parece de más de 60 años- es un hombre que le dedicó a su construcción vital multifacéticos oficios. Fue preceptor en el Liceo Roca, trabajó en Córdoba para el gérmen de Renault Argentina: la IKA, y al volver a su ventoso territorio sumó al Biología Marina la materia de buceo que durante 12 años dio las primeras camadas de buzos, así fue transformándose también en un profesor original. Y como en el tiempo de ocio la imaginación también fluye y crea, junto a un grupo de amigos fundó el Club de Buceo Neptuno en Rada Tilly. También tuvo tiempo para ver si lo suyo era la abogacía o la mecánica dental, trabajar en el Banco Provincia y en el Juzgado. “No me gustaba lo que hacía, por eso cambiaba tanto de laburo, hasta que descubrí la profesión de buzo”. A la par que diversificó sus ocupaciones, fue construyendo una pequeña empresa de servicios que aún hoy asesora en materia de seguridad marítima.

Desde la Pampa Húmeda

Sus padres no tuvieron nada que ver con la actividad que dominó la faz profesional de Pereyra, eran ingenieros agrónomos. “Nací en Temperley, me vine con ellos cuando tenía seis años. Nos radicamos en Km. 3”. Muy cerca de aquí, en otra tradicional barriada, en la pileta del Km. 5, inició la actividad que lo uniría al agua: aprender a nadar. Y tiene un mal recuerdo con un histórico comodorense. “Nuestro padre nos mandó a que aprendiéramos con el profesor Mora y la verdad es que tengo recuerdos muy desagradables, como profesor de natación era un excelente jardinero. Estábamos en la pileta, apenas me mantenía sobre la superficie, íbamos agarrados del borde, y uno de los chicos se iba al fondo. Viene Mora y lo saca, y me dice: ‘el que está más cerca tiene que auxiliar’ ¡Qué lo iba a sacar, si todavía no sabía nadar! entonces me agarra y me lleva al medio de la pileta, me hunde y apoya los pies sobre el hombro. Nunca más fui a sus clases”.

Cuando cumplió 20 años, se trasladó a Córdoba, para trabajar en la IKA (Industrias Káiser Argentina, la base de Renault Argentina). Empezaba la conexión con el buceo. “Allí había un grupo que hacía buceo en los arroyos, con botellones de oxígeno caseros. Regreso a Comodoro y me contacto con Miguel Durbas -cazador submarino- él me inclinó a esa actividad, con el cacé mi primer mero”. Al poco tiempo salió la oportunidad de hacer un trabajo. “Fue tapar un rumbo (un agujero en el casco de un barco) en Puerto Deseado, el Río Bermejo, que había sido comprado como sobrante de la Segunda Guerra Mundial. Chocó con una piedra que estaba al final del muelle del puerto, que le había provocado un tajo de 11 metros. Ahí ayude a otro buzo. Todo sumaba: en IKA aprendí a soldar; con Durbas fui entrando en los detalles técnicos del buceo. Fue mi primer trabajo, y empecé a educarme, fui autodidacta. Hoy eso no lo aceptan” narra yendo más de 40 años atrás. Sin perder tiempo se inscribió en el Registro Permanente de Buzos Profesionales. “Me dieron el número 156, no debería haber más de 50 trabajando. Me habilitaron, y empecé a aprender con distintos colegas”.

Creador de la materia buceo en el Biología Marina

Luis María Pereyra descuenta que en la actualidad habrá unos 150 profesionales buzos en todo el país. En Comodoro en particular, da el dato que una empresa se dedica al mantenimiento de las boyas suecas –cargan petróleo- en la zona y tiene un plantel de buzos permanentes. “Tengo un orgullo: que muchos aprendieran conmigo cuando fui docente en el Biología Marina. Son los únicos buzos profesionales que salieron de la entidad. Hoy no existe más esa materia, que fundé con mucha dedicación” detalla.

Un día me viene a buscar Linares, fundador del Biología Marina, una persona con mucho ímpetu, muy honesta y me dice: tenemos interés en hacer un taller-cátedra de Buceo en el colegio -al mismo tiempo era preceptor en el Liceo General Roca-. Dispusimos que fuera dos veces por semana, una parte teórica y otra de práctica; en 3º, 4º y 5º año. Y cuando estaban a punto de recibirse, venía Prefectura con una comisión a tomar exámenes y recibían el carnet de buzos profesionales. Estuve más de 12 años”.

Cuando vinieron los franceses de la empresa Geomater, a instalar las primeras boyas suecas, en Biología Marina egresaban los buzos y no tenían salida laboral. “Voy y hablo con ellos, el gerente me pide que le arme el elenco de buzos, nuevamente Prefectura tomando examen, aprobaron e ingresaron a la empresa que tenía obras por realizar en Caleta Olivia, Mosconi y en el puerto local y Caleta Olivares. Me pusieron como jefe de base en Mosconi”. Eso fue 1978, esos jóvenes hoy están jubilándose. Además, laburó en la instalación de esos instrumentos de carga de petróleo en el mar para la empresa Total en el estrecho de Magallanes.

Eso es justo en la salida del estrecho, en Cullen, está sobre el continente, donde está Punta Páramo. Ahí está la Total y actualmente, además viajo y realizo el trabajo de seguridad para la empresa Sipetrol, es en el límite entre la Argentina y Chile, en las plataformas submarinas. Allí hago todo lo que es los botes de abandono (en caso de incendio y otro accidente, sirve para que los tripulantes de las plataformas salgan de la emergencia)”.

Puertos importantes de Chubut y Santa Cruz

Comencé buceando, pichando pescados, fundamos el Club Neptuno y desde ahí seguí hasta hace seis años”. Dejó de sumergirse a los 68 años, en esos años hizo de todo, “desde arreglar barcos a construcciones civiles, los puertos de Comodoro Rivadavia, Caleta Olivia, Caleta Córdova, Punta Quilla (Santa Cruz)” confiesa con avidez, dejando afuera otro orgullo de su CV, haber trabajado en el montaje de la seguridad para las monstruosas bases marítimas de la Total francesa en el extremo Sur.

Su primera construcción civil fue la planta de tratamiento de agua de mar en Caleta Olivia, ubicada en aledaños al puerto, “hacían recuperación secundaria, tomaban agua de mar, la procesaban y la mandaban a Cañadón Seco para la industria petrolera. Hubo que hacer un edificio, con las bombas, se hizo con bloques de cemento de 20 toneladas. Realicé el estudio del lecho marino y fui hasta completar el edificio, sobre una profundidad de 8 metros”.

En ese tiempo trabajaba en el Juzgado por la mañana y a la tarde se trasladaba a Caleta con la empresa Sade. En un futuro cercano se abocó a la construcción del muelle de Comodoro Rivadavia, el rompeolas, acomodando más de 2.500 acrópodos (piedras de hormigón de más de 22 toneladas, que encastran en el lecho), luego de realizar el estudio del lecho y construir el talud.

Tras perfilar los taludes -interior y exterior- con el tamaño de roca adecuado, posteriormente se ejecutó la capa protectora exterior con los famosos acrópodos, colocados con una grúa provista de un gancho disparador adosado al cable, Pereyra trabajaba bajo agua acomodándolos. Todo eso ocurrió en los 90. “Fue la última gran obra que se hizo en el puerto, la ampliación de la escollera, junto con el dragado, que profundizó, ese trabajo se hizo una sola vez y ahora hay menos profundidad por la acumulación de sedimentos, de 10 metros hoy debe tener, por desidia, unos 6 metros” atestigua sobre un mantenimiento que nuestra conexión con el mundo no debe jamás dejar de realizar.

Para todos estos trabajos tenía que tener una persona de extrema confianza que sepa qué hacer, el guía del que está sumergido, una labor que no es para cualquiera. Pereyra da algunas cifras, “solo el 10% de la población mundial está preparado para sumergirse, se trabaja con muy escasa visibilidad, por eso se utiliza mucho con el tacto y la persona que está en superficie es clave, vital”.

Un laburante todo terreno

A Luis María Pereyra lo contrataban por su eficacia y talento para trabajar bajo el agua. Lo clásico: los barcos pesqueros tiran la red y cuando la están recolectando a bordo, mediante el malacate, el barco se voltea a un lado y otro por el oleaje, y se engancha la red en las hélices y el timón, se queda sin propulsión, se les rompe el cardan o un palier, queda sin tracción. “Ahí bajábamos y la desenredábamos, lo hacíamos mar adentro o en puerto. Lo podía hacer tanto de noche como de día, tenemos luz propia, lo que sí no me arriesgaba cuando el tiempo estaba feo, con temporal”. Enseguida condena un comportamiento habitual en la industria pesquera “antes que arregle, me ofrecían de todo, una vez arreglado un poco más me echaban al mar. Son muy interesados. Y no me llevaban a tierra hasta que algunos de los barcos terminen de pescar, pase y nos regresen”.

 

Inventor

Pereyra investigó y realizó muchas de las herramientas claves para su oficio de buzo, desde confeccionar su traje de buceo, “con pedazos de neoprene sueltos, me lo fui diseñando”, al sistema que permite respirar en la profundidad, “el primer regulador también me lo fabriqué, es el que va en la boca, regula presión del tanque al cuerpo”. Y porqué no su primer fusil de caza submarina: “Es un circuito de aire comprimido que se recomprime, aún hoy funciona y me permitió estar cuarto a nivel nacional en caza submarina con competencias en Puerto Madryn y Comodoro”. Narra que, los hermanos Nicoletti, Bruno y Pino, dedicados a esta actividad, los construían bajo ideas y planos suyos. Ese fusil, llamado Huija, -dice señalándolo- fue campeón de caza submarina patagónico.

 

Creación del Club Neptuno

Cuando conoció la práctica que abrazó durante toda su vida, con Durbas, no había clubes de buceo ni en Comodoro, ni en Rada Tilly, sí había uno en Madryn, “La Hermandad del Escrófalo”, fundado en 1967. Desde éste volvió contando fantasías con ceremonias de fábula, de iniciación. “Ahí dijimos tenemos que agruparnos en un club. Fue en una de las playas de la zona Lobería. Estábamos sin poder bucear, tomando unos mates y tirando unas piedritas a una lata. Ahí decidimos fundar el club, tiramos varios nombres, hasta que salió Neptuno. Todos de acuerdo”.

Hasta estudiaron los colores que iba a tener. La combinación del negro y amarillo fue la elegida, que no eran más que el cromatismo de sus trajes neoprene. Hoy funcionan con mucha eficacia el Neptuno en la villa balnearia y el Náutico en la ciudad petrolera. “Ya no pertenezco, me vinieron a buscar años y no me sumé por el exceso de trabajo que tenía. Básicamente lo que buscábamos era promocionar el buceo, desde su faz deportiva, hasta enseñar la actividad. Las primeras inmersiones en los pozones, técnicamente de ahí a subirte un bote y tirarte mar adentro no hay diferencias, pero sí es muy distinto en la faz psicológica”

El mar como tumba

Dos barcos pesqueros marplatenses –con un año de diferencia entre un acontecimiento y el otro- se hundieron en el Golfo San Jorge. En junio de 2017 fue El Repunte, y en junio de este año, tras 26 días de búsqueda, el Rigel, que fue encontrado a 93 metros de profundidad a la altura de Punta Tombo. En julio, al español Dorneda se lo tragó el mar. Las diferencias en número de muertes evidencia que en nuestros país hay graves falencias de control, desidia, voracidad empresarial y falta de mantenimiento.

En el barco de bandera española solo falleció un tripulante, y los 25 restantes fueron rescatados sanos y salvos. En la tragedia de El Repunte hallaron sin vida a Silvano Coppola, Jorge Luis Gaddi y José Ricardo Homs; aún hay siete desaparecidos: Horacio Airala, Néstor Paganini, Claudio Islas; Fabián Samite, Isaac Cabanchik, Gustavo Sánchez (capitán) y José Omar Arias. Era un buque del tipo fresquero, de 35 metros de largo y 55 años de antigüedad había zarpado del puerto de Mar del Plata y estaba afectado a la pesca del langostino.

Al segundo lo encontró el buque Víctor Angelescu del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP) que realizó un barrido de la zona con un sonar de última generación entre el 18 y el 26 de junio. “No queremos que los dejen abandonados en el fondo del mar”, piden a gritos los familiares de la tripulación del Rigel.

Para Luis María Pereyra no hay sorpresas en estas muertes evitables y confluyen en estos dramones, dos factores muy importantes: el control de los elementos de seguridad cuando zarpan y que los pescadores sepan cómo utilizarlos, pero además el diseño en la construcción de las embarcaciones.

“Analizando lo que dejó la catástrofe el Rigel y el español…en el nuestro murieron todos, en el español solo uno, eso habla de los elementos de seguridad y su conocimiento de manipulación. Esta diferencia hace que no se vayan a saludar a San Pedro, no hace a la navegación en sí, sino al cuidado de su tripulación, tienen que tener una balsa salvavidas arriba, chalecos salvavidas para ellos y ahora los trajes autoexposición que son para evitar la hipotermia porque mantienen la temperatura del cuerpo por unas cuatro horas, pero todo esto es la última gota del vaso. El capitán antes de hundirse hace el SOS, da la posición, da la orden de abandonar el barco, tirar las balsas, ponerse los trajes, pero ¿qué pasa cuando están todos dormidos inclusive el capitán y se da vuelta el barco?, comenzó describiendo y aventuró que “la tripulación del Rigel está adentro”.

Yendo a la segunda parte de su hipótesis con conocimiento de causa atestiguó que “se tienen barcos que se diseñan como hace 200 años, que sea nuevo dice que se construyó recientemente, pero con los planos de hace 200 años -mientras lo explica dibuja el plano con un lápiz, tras referenciar todas las partes, va al sollado, que es donde duerme la tripulación- para ingresar hay un pasahombre que debe tener 60 por 70 cm de ancho, una escalera vertical, en este lugar puede haber durmiendo 6 a 10 personas. Cuando ocurre el accidente, todos queriendo salir por ahí, ¿Cómo hacen?. Si el barco se tumbó, vuelta campana, ¿cómo salen por ahí?, están todos dormidos, y de repente ocurre, ahora la salida le queda abajo y usted busca inconsciente la salida en lo que sería el piso, queda golpeando allí?”.

Finaliza, con una mezcla de pesadumbre y enojo: “¿cómo es que después de 200 años se siga construyendo así?. ¿No han podido modificar este diseño y lo siguen aprobando? Para mí es por costumbre, es posible de modificarlo, pero se siguen ahorrando costos, no puedo mandar a 12 tipos en un sucucho abajo, hacinados, está todo entreverado mal”.

Comentar
- Publicidad -