¿Somos seres racionales?

Observando cómo nos comportamos diría que a veces sí y otras somos y actuamos como seres pasionales. Explotamos de furia, nos enamoramos “ciegamente”, la culpa nos carcome con frecuencia, nos avergonzamos de nuestras reacciones impulsivas, odiamos a los que no piensan como nosotros, lloramos y nos enfurecemos cuando Argentina pierde en el mundial, defendemos nuestra bandera “a muerte” y cantamos “la argentinidad al palo” con toda la emoción. Gritamos, nos reímos, lloramos y queremos, con todo el corazón.

Y sin embargo seguimos siendo “seres racionales”, eso que la raza humana defiende con orgullo porque nos hace, junto con el lenguaje, superiores a otros seres vivos. ¿Qué significa? Que podemos pensar y comunicarnos por medio de la palabra.

Pensar… ¿qué queremos decir con esto? Siendo niña recuerdo preguntarme dónde terminaba la lluvia e imaginarme un lugar en el que la cortina de agua se interrumpía como una pared de gotitas y al otro lado ya no llovía. Exploraba con la intención de encontrar ese mítico lugar. Nunca lo hallé pero al menos lo intenté. También me entretenía pensando de dónde habían salido las palabras, cómo se habían inventado, jugaba con las ideas. Cuento esto como ejemplo de uno de los caminos del pensar, que parte de la curiosidad y lleva a la investigación y a la exploración del mundo. No me dediqué a la meteorología pero la lingüística sigue siendo un interés y los psicoanalistas trabajamos con la palabra. Mi curiosidad me llevó a interesarme por el ser humano, sus conductas, sus emociones.

Llegamos a la idea de entender el pensamiento como un  preparativo  para la acción (en mi caso, ir a la universidad) Mi curiosidad me llevó a estudiar psicología y a ejercerla, a explorar el psiquismo humano. El pensar es una especie de preliminar, un ensayo en el que tanteamos opciones, nos imaginamos tal o cual curso de acción, nos preparamos y finalmente hacemos. Este sería el punto de llegada del pensar. ¿Y el punto de partida? ¿Será la curiosidad? ¿Y qué es la curiosidad? …

La curiosidad parte de un deseo, el deseo de saber y de una carencia: “no sé”. Tendríamos que explorar en la idea de que tal vez todo pensamiento parta de una carencia y del deseo de satisfacerla. Veamos. Tengo hambre (carencia), deseo comer. Entonces… ¿qué tengo en la heladera? … pan hay, y jamón, uff…me quedé sin queso… Tendría que llegarme hasta el almacén… ¡Estoy pensando! Y me estoy preparando para actuar; hacerme un sándwich, ir a comprar queso. Ajá, acá de nuevo el pensamiento preparándonos para la acción a partir de un deseo. Imaginen otros deseos: ¿sexo?… Tengo pareja, no tengo, dónde busco, a quién llamo… muchos ensayos y opciones para llegar a la acción eficaz. Y se trata solo de sexo, no de buscar pareja.

Hasta aquí hablamos de deseos o necesidades básicas cuyos cursos de acción nos resultan bastante conocidos y no requieren de pensamientos tan complejos. Sin embargo no todos nuestros deseos son así. Buscar trabajo por ej., requiere un esfuerzo intelectual mucho más complejo con variados mapas de opciones y cursos de acción posibles, ensayos y errores, capacidad de espera, perseverancia, tolerar la frustración del tiempo que lleve la tarea, búsqueda de soluciones intermedias, etc. Pensamiento y emociones trabajando en conjunto para el logro de una meta.

A veces es así y nuestra razón arma equipo con nuestras emociones, pero la cosa no suele ser tan simple. Hay casos en los que no se ponen de acuerdo. Necesitamos buscar trabajo pero… este no me gusta mucho, puedo esperar un tiempo, tal vez consiga algo mejor pago o más cerca o… Tira para abajo, ¡tira! Hay situaciones en las que tal vez el miedo (a equivocarnos, a sufrir, a…), la inseguridad (¿y si no sé lo suficiente? Y si…), nos “tiran para abajo” demorándonos en el camino hacia el logro. En estos casos nuestras emociones no trabajan en equipo con nuestra razón, esa que nos dice “tenés que buscar trabajo”. En su lugar “nos damos manija” con dudas, elucubraciones, etc. Darse manija no es pensar. En todo caso no prepara para la acción sino que la demora aliándose con nuestros temores e inseguridades.

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Diariamente tomamos decisiones sobre muchos temas. A tal efecto tenemos que observar la realidad (¿lloverá? ¿Hace frío?), establecer un juicio: hay nubes de tormenta, es probable que llueva. Y decidir la acción: llevo paraguas. En estas decisiones entra en juego nuestra memoria (experiencias previas de haber observado el cielo y reconocerlo como tormentoso).

A veces no nos tomamos el tiempo para pensar y actuamos impulsivamente: no tengo ganas de ir a trabajar, falto, ¿qué me puede pasar? El actuar impulsivamente muchas veces tiene consecuencias poco agradables. También suele ocurrir que no pensemos bien, que nuestras ideas estén distorsionadas por no evaluar bien la realidad (negar por ejemplo un peligro), o por dejarnos llevar por nuestras pasiones (lo golpee porque me ocupó el lugar para estacionar).

No estamos acostumbrados a reflexionar sobre nuestra vida, sobre por qué actuamos de tal modo y no de otro o sobre por qué no nos va tan bien como esperábamos. Este tipo de pensamiento que parte del “conócete a ti mismo” no es habitualmente enseñado ni en la familia ni en la escuela. Y es sin embargo la mejor herramienta para el buen vivir. Cuando nos conocemos, sabemos cuáles son nuestras fortalezas y cuáles nuestras debilidades y cómo aprovechar las primeras y cuidarnos de las segundas. Para lograrlo hay que estar dispuesto a emprender un trabajo de pensar distinto al pensar práctico. Es el pensar reflexivo sobre las propias acciones y conductas, sobre los conflictos que nos llevan a hacer malas elecciones, sobre nuestras dificultades y errores. No es fácil y requiere coraje, el valor de enfrentarnos a nuestras sombras, a nuestros puntos negros.

No es fácil pero sé que vale la pena.

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