La fuerza que no se ve, se siente…

Domingo frío el del fin de semana. Desafiante, provocador y bien rebelde. A las nueve y media de la mañana llegó el primer auto, enseguida una camioneta, dos, tres… Y fueron llegando poco a poco al punto de encuentro.

Bajaron chulengos, mesas, cajones con frutas, bolsas de pan, tapers con tortas fritas, termos de café, otros de agua para mate. Varios temblaban de frío, se frotaban las manos y cerraban los ojos por la tierra blanquecina que remolineaba en el bunker a la intemperie.

Faltaba algo así como hora y media para la largada, pero había que preparar todo y lo fundamental, recorrer el circuito para chequear si el viento no había arrancado las marcaciones del día anterior.

Eran varias manos unidas en una sola causa: tejer una bufanda de solidaridad que agrupe a todos. Como un manto sagrado que reúne voluntades y se convierte en un músculo enérgico. La fuerza que no se ve, que se siente…

Se siente en esos pequeños que ponen cara de atletas y hacen gestos para convencer a los papis que van a dejar todo en la pista.

Se siente en ese carisma de los paya-médicos que se convirtieron en paya-runners para acompañar y entretener a los niños antes y durante la carrerita entretenida.

También se siente en ese sudor frío que estremece la médula cuando se presenta el momento de la largada. Una sensación casi helada, pero que no es precisamente por la temperatura, sino por saber que cada paso dado hacia la llegada tiene un significado: la solidaridad.

Se percibe en las manos frías pero el corazón caliente, en las mejillas manchadas con el polvillo pero el alma limpia de buena intención.

Se nota en ese aire oscuro de tierra pero límpido de entereza para interpretar que no hay padecimiento si lo que mueve es ayudar a quien lo necesita.

Ahí está la fuerza que no se ve, pero que se siente. Está también en aquellos que se acercaron a inscribirse pero que no pudieron ir a trotar.

Se siente en esos ojos húmedos no por la tierra, sino de interpretarse conmovidos por el mensaje de Ana Antipán, la atleta que pelea y no se rinde. Que dijo “Gracias” de una manera tan simple como grande, tan enorme como esa fuerza que reunió a todos un domingo frío, ventoso, pero tan maravillosamente cálido de voluntad solidaria.

Nota: La 2º Corrida Solidaria se realizó para reunir fondos que respalden a Ana Antipán y su hijo Marcos (14 años), quienes están en Buenos Aires hace tres meses y medio para realizar el tratamiento contra la leucemia.

Alejandro Carrizo

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