Una enfermera del Hospital Regional entrega hoy una placa a familiares de un soldado caído en las islas

Crónica viajó a Resistencia, Chaco, donde se vivirá un momento emotivo. Lidia Rebull de Gammella, una enfermera que en 1982 prestó servicios en el Hospital Regional, entregará a la familia de un soldado caído en la guerra, la placa identificatoria que llevó en el campo de batalla. La placa le había sido obsequiada a la enfermera por uno de los soldados que estuvieron internados en el Hospital Regional, aunque desconoce su nombre.

No fueron solo soldados. La historia no habla todo el tiempo sobre lo sucedido en el terreno de combate, hubo otras historias. La medicina en la Guerra de Malvinas jugó un papel muy importante y destacado, uno que a veces se deja de lado de forma involuntaria. En Comodoro Rivadavia, el Hospital Regional fue uno de los centros de salud más importantes del país, y en las islas, también hubo gente que se destacó en la tarea médica. En este nuevo informe, dos importantes historias que tuvieron lugar en 1982.

Casi por una casualidad, este diario tuvo acceso al testimonio de Lidia Haydee Rebull de Gammella. Tiene 81 años y mucha experiencia de vida, habla con una sabiduría pocas veces vista y relata con un detalle único lo que vivió en 1982 en el Hospital Regional. Cuando se presenta, hace fuerte hincapié en su apellido de casada, es algo que nunca deja de lado, ama a su esposo, ese compañero de vida que eligió hace más de cincuenta años.

Lidia abrió las puertas de su casa a Crónica y contó las vivencias que tuvo hace más de treinta años cuando se desató el conflicto por las Islas del Atlántico Sur. “Teníamos todo programado, sabíamos en qué turno iba a trabajar cada uno, todos sabíamos el horario que nos tocaba en el hospital. El primer estampido de la guerra fue el 2 de abril, a partir de ahí nos pusimos todos en alerta. A pesar de que no lo declararon así, el Regional fue un hospital de guerra, nosotros recibimos más de 600 chicos”, recordó la veterana enfermera al comienzo de la entrevista.

La protagonista de esta historia nació en 1937 en Tolosa, un popular barrio de La Plata, pero se crió en Valentín Alsina, ciudad bonaerense ubicada en el partido de Lanús. Estudió la carrera de enfermería en la Cruz Roja local y cree haberse recibido en 1966, no recuerda con exactitud. Antes de la guerra, ya se encontraba trabajando en el Hospital Regional. “Mi tarea era de atención primaria, todo lo que era detección de enfermedades y vacunación en los barrios y escuelas. Trabajábamos casa por casa, yo tenía un grupo que se llamaba ‘enfermería de terreno’, recorríamos cuadra por cuadra de los barrios, a veces el vehículo nos dejaba en un lugar puntual y nosotros caminábamos hasta llegar al lugar al que teníamos que ir”, rememoró Lidia.

La experiencia de haber sido enfermera durante la guerra
En su casa, la mujer de 81 años conserva muchos recuerdos de la guerra. Un chaleco verde que le regalaron, un llavero del rompehielos ARA Almirante Irízar, la cámara con la que sacó algunas fotos en el hospital durante ese año, una placa identificatoria de un soldado de ese entonces y otras cosas más.

La relación que tenía con los hombres que volvían de las islas era una muy particular, algo que ella calificó como “cariño de mamá”. “Los chicos”, como ella los llama, le escribían mensajes en papeles que ella guardó durante todos estos años. En tono de broma, un día un soldado escribió: “se aceptan visitas para estos tres huérfanos llegados de las Malvinas. Por favor, sin ese aparato con gentamina. Firmado, los pacientes”. La mujer mira el papel con el mensaje y se ríe. Emocionada, cuenta cómo se siente 36 años después de la guerra: “yo le doy gracias a Dios por haberme elegido para esto. Lo que pasó fue muy triste, los chicos venían y además de las heridas que tenían necesitaban amor, a mí estas cosas me marcaron para toda la vida, ellos necesitaban cariño de mamá”.

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“No dábamos abasto, todo el hospital fue como una casa grande. Casos graves no tuvimos, ningún soldado se nos murió, pero sí tuvimos un caso especial de un chico que tuvo un accidente fuerte. Vino con un diagnóstico de traumatismo de cráneo, era como que había retrocedido, casi como un bebé. Me acuerdo que cuando lo acostábamos tenía posición fetal. Su papá lo vino a ver cuando fue el Día del Padre, pero no sé si lo conoció, a mi me daba no sé qué verlo así”, relató.

El terror del 1º de mayo
El 1º de mayo de 1982, a casi 900 kilómetros de Comodoro Rivadavia, en las Islas Malvinas, estaba por desatarse uno de los hechos más emblemáticos que tuvo la guerra: los ingleses iban a bombardear por primera vez a la Fuerza Aérea Argentina. Durante la madrugada de esa noche, aviones Vulcan ingleses bombardearon a los efectivos de la fuerza encargada de proteger los cielos argentinos. El terror no solo se hizo presente en las islas, en la ciudad petrolera también se sintió y Lidia Rebull de Gammella lo recuerda muy bien.

“Estábamos en el hospital y se empezó a desatar una convulsión. Yo siempre recorría las salas y hablaba con los pibes, estábamos charlando y vi a una compañera mía, Perla. La vi muy asustada, le pregunté qué le pasaba y me lo dijo: ‘nos vienen a bombardear’. Yo pensé que estaba hablando tonteras, pero después me enteré por intermedio de un señor de la cooperativa del hospital que supuestamente habían dado el aviso de que venían dos aviones a atacarnos. Nunca llegaron, pero fue un espanto, yo me asusté y pensé en mi hijo. Menos mal que estaba con su papá durmiendo, sino no sé qué hubiera pasado, como estaba en pleno sueño no iba a sentir el horror del bombardeo. Entonces seguí trabajando y al rato llegó una compañera, me preguntó qué íbamos a hacer si nos atacaban. No sabíamos para dónde disparar, nosotros podíamos correr, pero los chicos no. Siempre me pregunté qué hubiera pasado si efectivamente nos bombardeaban, fue algo muy confuso, horrible”, narró la enfermera.

Una anécdota
Lidia recuerda con mucho cariño a todos sus pacientes. En su casa, guarda un puñado de cartas y dedicatorias que los soldados de Malvinas le hicieron en su momento agradeciéndole su afecto y cariño.

Uno de esos soldados siempre buscaba charla con la mujer que en ese entonces tenía 45 años, y un día, charlando descubrieron que los dos se habían criado en el mismo lugar:
– ¿Vos de dónde sos?, preguntó Lidia.
– De Valentín Alsina –contestó el soldado.
– Yo me crié en Valentín Alsina –respondió la enfermera.
– ¿Por dónde vivía usted? –preguntó el joven.
– ¿Viste la estación de tranvía? A una cuadra y media –explicó la mujer.
Lo que Rebull de Gammella no sabía, era que hace mucho tiempo esa estación de tranvía había dejado de existir. El joven tenía apenas 18 años, es decir que no la había conocido. “Hace como treinta años que no teníamos tranvía, el pibe se mataba de risa”.

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