La guerra fría, la guerra de Malvinas y los conflictos futuros

Por Carlos Alberto Moreno, miembro Correspondiente en la Patagonia del Instituto de las Islas Malvinas y Tierras Australes Argentinas.

A más de treinta años de la Guerra del Atlántico Sur, siguen siendo más numerosos, entre nosotros, los análisis y enfoques que privilegian por sí solos el histórico reclamo argentino a los archipiélagos que los que privilegian las actitudes de los poderes globales que se implicaron en ella, y menos sus proyecciones futuras. Lo cual no va en desmedro de lo que constituye la causa nacional por excelencia pero que nos deja inermes en los procelosos tiempos que vienen. Trataremos, entonces, de acercarnos a ellos porque sin duda los necesitaremos en el futuro.

La guerra de Malvinas aconteció durante la llamada Guerra Fría pero fue excéntrica a ella, a pesar de que fue un conflicto en contra de uno de sus actores claves y este contó con el apoyo de la organización político-militar madre del llamado Bloque Occidental: la OTAN. Con todos sus medios y con información estratégica, aun anticipada.

Esta circunstancia ya nadie la discute y pueden aportarse varias precisiones sobre ello. Refiere Pavel Boyko, académico soviético en su trabajo de 1982 “Expansión de la lucha antiimperialista” al referirse al comienzo de la crisis: “…los servicios de inteligencia norteamericanos y Ronald Reagan, personalmente, estuvieron bien informados respecto de la situación en torno a Malvinas, y no solo ellos. De los sucesos que estaban por ocurrir en el Atlántico Sur que se estaban elaborando en los Estados mayores argentinos, había más personas informadas en distintos países que en la propia Argentina”. Autor citado en la obra ‘La crisis de Las Malvinas, orígenes y consecuencias’.

En 2011, luego de 29 años de la guerra, Juan B. YOFRE editó su obra “1982” donde se da cuenta que, por esos días, “el comandante de la Armada inglesa se va a Gibraltar para presenciar un ejercicio y seguidamente ordena que se prepare preventivamente una flota. Y el 29 de marzo de 1982 el gobierno de Thatcher autoriza que dos submarinos nucleares (Trident y Conqueror) y uno convencional (Spartan) se desplacen al Atlántico Sur. Una flota de esas características es enviada a un lugar adonde no había fuerzas navales que pudieran contender con ella. Esto solo podía responder a una acción preventiva o de advertencia político-diplomática. La GB ya lo había hecho en otros lugares del mundo con anterioridad, como una forma de exhibir una fuerza disuasiva y este parecía ser un caso similar” (“1982” Ob. Cit).

El 23 de marzo en el Parlamento Británico había sido interpelado el ministro de estado Richard Napier Luce acerca del movimiento de unidades navales al sur, respondiendo este: “Mi gobierno está comprometido a apoyar y defender a los isleños y sus territorios con toda su capacidad”. Ante la insistencia de los parlamentarios en saber más detalles se mantuvo en sus evasivas: “no estoy equivocado en señalar que existe también una fuerza británica en el área, además del Endurance” (Lit.fuentes británicas propias).

El declarante había sido el representante inglés en las tratativas diplomáticas bilaterales argentino-británicas ordenadas por la ONU en las reuniones cumplidas en New York a fines de febrero de 1982, las que resultaron infructuosas. En intercambio de pareceres para conformar una nueva Agenda de reuniones futuras, el Embajador argentino Enrique Ros propuso para la próxima reunión al 1 de abril, casi un mes adelante y su contraparte británico, el mismo Luce, respondiendo displicentemente le contestó ¿1 de abril? “Is april fools day” (Es un día de tontos) pero manifestó que igualmente la informaría a su gobierno (“1982” ob. cit.)

Podría resultar una respuesta sin ninguna segunda implicancia y quizá lo haya sido. Pero, llama la suspicacia que en esos mismos momentos, al otro extremo del mundo, una flota argentina, en absoluto silencio de radio, navegaba más allá del punto de retorno hacia el archipiélago malvinero adonde desembarcaría sus efectivos el 2 de abril de 1982

La respuesta de la OTAN con el Reino Unido aconteció prácticamente desde que se produjo la ocupación argentina, abriendo sus arsenales a la fuerza de tareas británica. Por razones de síntesis, se circunscribe el enfoque a los miembros propiamente Atlánticos de la alianza.

El Gobierno de España de Calvo Sotelo mantuvo una distancia de conveniencias, no así el pueblo, que se expresó en distintos ámbitos por la causa argentina. Sin embargo el gobierno no puso reparos al uso de las instalaciones y diques de GIBRALTAR por parte de la flota inglesa y en el mes de junio de ese año ingresó como miembro pleno de la OTAN, incluyendo su membrecía el asumir responsabilidades militares. El caso de Portugal fue de directa colaboración con la flota inglesa, ofreciendo sus puertos marítimos de las islas Azores para el reavituallamiento de la misma. Mucho más aptos que la Isla Ascensión, solo apta como un gran aeropuerto.

En el caso de Francia, restringiendo por embargo las aeronaves y la misilería ya adquirida por Argentina, mientras dure el conflicto, hace innecesario detenerse en ampliaciones. En el caso de la Alemania Federal de entonces merece hacerse una distinción poco difundida, cual fue haber colaborado en la corrección, aun en pleno conflicto, del sistema de torpedos de los submarinos adquiridos por Argentina. Lamentando que el fin de la contienda evitó el aprovechamiento.

Existen dos casos poco difundidos de países Atlánticos cuya implicancia probritánica merecen detenerse en ellos: Noruega o su neutralidad y abstención de Sudáfrica. Para el primero fue que, utilizando su sistema electrónico secreto ubicado en la isla Fauske II cercana a la ciudad noruega de Nordland, destinado a la lectura vía satélite de las comunicaciones soviéticas provenientes del Atlántico, proporcionó dicha información decodificada al centro de inteligencia anglo-británico integrado de isla Ascensión. Lo que resultó indirectamente apto para el rastreo de barcos y aeronaves argentinas. Y, suponiendo, aunque sin confirmación expresa, que ello fue lo que permitió la ubicación del crucero ARA Belgrano.

Y el segundo caso se trata de un país atlántico africano que no era miembro de la OTAN, pero que durante la guerra fría colaboraba también con el bloque occidental en el control comunicacional de la navegación soviética frente al Cabo de Buena Esperanza, haciéndolo desde su estratégica base naval de Simonstown. Durante el conflicto del Atlántico Sur mantuvo una estricta neutralidad y, según lo confirmó el después embajador sudafricano en Argentina Francis Toothill, se negó sistemáticamente a aportar información estratégica de posible uso militar a la fuerza de tareas británica y a su gobierno.

Cada uno de los protagonistas principales de la Guerra fría alcanzados por las implicancias de la guerra del Atlántico Sur en 1982 evaluó el final del conflicto del Atlántico Sur acorde a la percepción de sus intereses propios y se hace una corta consideración de ello. Para EEUU se consideró beneficiosa la recuperación insular por parte de un aliado principal, el Reino Unido, de los archipiélagos australes, anudando un esquema defensivo a futuro contra la Unión Soviética. Los costos invertidos en el apoyo al aliado inglés implicado en la recuperación superó los 60 millones de dólares en armas de distintos tipos, incluyendo los decisivos misiles Sidewinder de última generación y autorizó a los mandos de la OTAN la entrega de 57 millones de litros de combustible para los aviones ingleses.

Y en lo estrictamente bélico, dejó varias enseñanzas que no cayeron en saco roto, siendo, a mí entender, la que se refiere a que un país aunque sea tecnológicamente modesto puede igualmente causar graves complicaciones a una potencia más dotada de medios. Una en especial me parece la más adecuada para esta evaluación, la declaración del analista norteamericano Norman Friedman, experto en guerra submarina, en nota publicada en junio de 1986: “la marina (norteamericana) da por sentado que solo se enfrenta a los soviéticos, cuando es un hecho de que también deberá enfrentarse con el 3er mundo”. Y en su carácter de miembro para cuestiones de seguridad del Hudson Institute avanza sobre el tema: “los EEUU deberán defenderse de posibles ataques provenientes de países incontrolados del tercer mundo que adquieran armas nucleares transportables en pequeños submarinos diesel, con el fin de mantener bajo control su plataforma continental “(Lit.)

Para el Reino Unido, la reocupación militar de 1982 involucra un doble mensaje bien perceptible. El leit motiv usado y abusado de justificación por la defensa y el estilo de vida de los isleños británicos tan paladinamente esbozado por el Ministro Luce cede frente a razones de estado totalmente perceptibles en documentos británicos inocultables, veamos. El varias veces citado e indiscutible Zonas de conflicto: Atlas de Conflictos Futuros de John Keegan y Andrew Wheatcroft (Reedición inglesa 1986) llama a las cosas por su nombre desde el subtítulo: Antártica y Falklands (MALVINAS) El Acceso Sur. Aquí se dice: “las Falklands y otras posesiones británicas ocupadas en torno al Pasaje Drake pueden controlar los accesos desde el Pacifico o el Atlántico a un espacio clave. Si se prueba que el aprovechamiento comercial de la Antártica no es ilusorio, se debe estar en control de esa línea de acceso evitando su dominación por manos inamistosas. Esa es la llave secreta de la Fortaleza Falklands” (Lit. traducción propia).El cartógrafo francés Gerard Chaliand en su Atlas Estratégico y Geopolítico (Edición Alianza 1983) arriba a una breve conclusión similar respecto del espacio en cuestión: “Pese al desarrollo de la flota soviética, desde hace dos decenios los puntos estratégicos marítimos principales están controlados por EEUU y sus aliados. Su seguridad es absolutamente necesaria para los intercambios marítimos de las potencias occidentales” (Lit. obra citada)

Respecto a las experiencias bélicas aquilatadas por GB en la guerra de 1982 resalta, por sobre toda otra, sus logros indudables en el denominado “air to air refuelling (reabastecimiento de combustible en vuelo) que, salvo escasos inconvenientes, le permitió operar su aviación de transporte, de bombardeo estratégico y de vigilancia marítima durante todo el conflicto. Abarcando desde isla Ascensión todo el Atlántico Sur. Esta experiencia fue aplicada en 1986 dando abastecimiento a la aviación de ataque norteamericana que operaba desde las mismas Islas Británicas en sus bombardeos a LIBIA. Esa vez también ambos gobiernos, de EEUU y de GB, dijeron que los medios de la OTAN eran susceptibles de usar en conjunto cuando se afectan los “intereses de Occidente”, aunque no esté involucrada la URRSS.

No resulta extraño entonces, venidos a tiempos más cercanos, de que a la fecha y con experiencia y medios más avanzados, sea posible en tiempo menor y sin escalas utilizar medios aéreos directamente desde las Islas Británicas para arribar a la Patagonia Central. Por ejemplo, en el caso de un siniestro como la no debidamente explicada desaparición en noviembre de 2018 del sumergible argentino ARA San Juan. O usando el mismo eufemismo cuando se comprometa un “interés de occidente” fuera del “área de la OTAN”. No debe tomarnos desprevenidos y no es ningún hecho de política ficción sino una lúcida observación de la realidad geopolítica planetaria, ante los reacomodamientos vertiginosos de los poderes mundiales. Deberíamos preguntarnos entonces eso a nosotros mismos ¿Y el Estado Argentino también debería hacerlo? Bien gracias.

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