Temporal de Comodoro: “Cada vez que llueve, temblamos”

“Nos mandamos mensajes con mis primas, no podemos dormir si es de noche”, cuenta Marcela, una joven del barrio Pueyrredón que, hasta hace un año, amaba descansar con el ruido de la lluvia. Ese 29 de marzo entró agua, como ya les había pasado un par de años atrás, y tras un arduo trabajo de limpieza, la casa quedó casi como antes, el 5 de abril, en vísperas de lo peor.

Ante la lluvia anunciada para el jueves 6, colocaron “chorizos” de tela y piedras en las puertas, con algunas tablas y maderas con bloques en el portón que da a la calle. Si entraba agua, iba a ser menos y por lo tanto, más fácil de limpiar.

La intensidad de la tormenta de los dos días subsiguientes hizo que ningún recaudo fuera suficiente. La lluvia no sólo llegó con la fuerza necesaria para correr maderas y bloques, sino que entró e inundó la casa.

La familia salió como pudo, con el agua a la cintura, con lo puesto. Llegaron –todavía no recuerdan bien cómo- al Gimnasio Municipal Nº 2, pero se darían cuenta de eso horas más tarde. Bajo la lluvia, unos voluntarios los habían rescatado y llevado a un lugar que para entonces nada tenía que ver con el gimnasio donde, hasta unos días antes, la mamá de Marcela iba a las clases de zumba.

“Tenía puesto un buzo grande, gigante, que nunca usaba pero ese día me lo puse porque mojada como estaba, era como un refugio más que un abrigo. Para mí, el buzo era como el osito de un nene que lleva al jardín, lo que me quedaba de mi vida hasta ese día”, relata casi un año después.

Como una película

Estuvieron dos o tres días en el gimnasio (ahora no recuerda bien), pero parecieron años. Se encontraron con otros que, como ellos, estaban en shock. Los evacuados se daban ánimos entre sí, se abrazaban, pero “era como si no estuviéramos en ningún lugar, como una película”, agrega.

Y llegó el día de querer volver a su casa. Cuando iban llegando, entre montañas de barro y agua, no se podían imaginar lo que encontrarían. Marcela y sus padres estuvieron un largo rato abrazados en lo que sería la puerta de entrada, que había sido arrasada por el lodo.

Cuando el impacto pasó y pudieron mover maderas y sacar la arena acumulada en la puerta del garaje, vieron la inundación interior. Toda la casa tenía más de un metro y medio de agua y barro.

Los electrodomésticos estaban casi tapados por el barro. Los almohadones de los sillones que tanto cuidaban flotaban entre el agua podrida (porque luego se enterarían de que no sólo la lluvia había ingresado sino también agua cloacal).

“Fue tristísimo, sobre todo, cuando vimos las fotos de mi egreso y el certificado de la escuela flotando, entre unos libros. Ni siquiera teníamos documento, solamente nos quedaba llorar hasta secarnos o ponernos a trabajar para recuperar algo aunque sea”.

Eligieron el trabajo. Llegaron amigos, parientes que tampoco la habían pasado bien, pero no estaban tan mal como ellos. Se pusieron a apalear durante horas, con la esperanza de tener para la noche algún espacio donde descansar. Ilusión que se quebró enseguida. Pasaron días con esa rutina de sacar barro de todos los espacios de la casa.

Llegaron soldados y voluntarios, que los ayudaban, pero el daño era enorme. Sólo recuperaron algunos documentos, algo de ropa, algún recuerdo importante, un par de muebles.

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